LAS VIOLENCIAS QUE LLEVAN GLITTER. SOBRE LOS CUERPOS QUE CREEMOS ELEGIR Y LOS ESPEJOS QUE NOS ELIGEN PRIMERO
La palabra “elección” es un fraude mientras la gente
elija sólo lo que le han enseñado a elegir.
Idries Shah
Hay violencias que no hieren la piel sino la percepción. Violencias que no necesitan alzar la voz porque se deslizan en la vida cotidiana, en las imágenes que consumimos sin darnos cuenta, en los mandatos que parecen decisiones personales. Cuando una violencia se vuelve costumbre deja de verse y empieza a sentirse como libertad.
Pierre Bourdieu advirtió que existía una forma de dominación tan silenciosa que se naturalizaba hasta confundirse con lo inevitable. La llamó violencia simbólica. No hace falta memorizar teoría para reconocerla: aparece en la exigencia de juventud perpetua, en la mirada que valora el cuerpo femenino como si fuera una credencial, en la disciplina estética que se vuelve deber tácito para permanecer visibles. Es esa mano invisible que decide por nosotras antes de que podamos advertirla.
En México, ese mandato se expresa en los números. La International Society of Aesthetic Plastic Surgery registró más de un millón setecientos mil procedimientos estéticos en el país durante 2023. Más de novecientos mil fueron quirúrgicos y más de setecientos mil no quirúrgicos. La toxina botulínica y el ácido hialurónico encabezan la lista. Son cifras que no hablan de vanidad sino de un clima cultural. Miles de mujeres hemos sentido esa presión. En mi caso fueron algunas intervenciones pequeñas, decisiones que en su momento viví como algo personal, aunque ahora entiendo que también fueron respuesta a expectativas que nunca cuestioné del todo. Entre amigas, estos procedimientos se comentan con la naturalidad de una tarea pendiente, casi como si la juventud fuera un idioma que hay que seguir hablando para no desaparecer.

A veces la violencia simbólica no se manifiesta en una orden directa sino en una expectativa que parece inocente. Se cuela en los comentarios sobre cómo una mujer debe cuidarse, en la facilidad con la que se opina sobre el cuerpo ajeno, en la costumbre de asociar belleza con valor. Allí empieza la desigualdad: en esa vigilancia constante sobre la piel, la ropa, la edad, la voz. Hilos delgados que, juntos, definen lo que se espera de nosotras: ser agradables sin exagerar, jóvenes sin ostentarlo, cuidadosas sin parecer vanidosas. Una cuerda floja que solo las mujeres están obligadas a cruzar.
Esa vigilancia se vuelve más clara cuando contrasta con otras realidades. Mientras yo me acomodaba la frente con botox, una mujer indígena cruzaba un semáforo con un trapo en la mano. Lleva sobre la piel el trabajo del sol, la historia de un país que rara vez mira la belleza fuera del canon que producen las pantallas. No es comparación ni dramatismo, es una evidencia: dos mujeres, dos vidas, dos formas de ser leídas por un mismo sistema que reparte expectativas de manera desigual. En esa escena se muestra la jerarquía estética del país: lo que se celebra en los anuncios y lo que se permite apenas como subsistencia.
La violencia simbólica opera también en la lectura moral del cuerpo femenino, en esa tendencia a convertir la apariencia en un juicio. En México, si una mujer se arregla demasiado, es superficial; si no lo hace, es descuidada. Si ocupa un espacio de poder, se le acusa de fría o ambiciosa; si muestra sensibilidad, se le tacha de inestable. Los hombres no cargan con estas contradicciones. Es una exigencia exclusivamente femenina que se cuela en conversaciones, noticias y gestos cotidianos.
La aparición de Yalitza Aparicio en espacios de prestigio desajustó esa lógica. No era ella quien incomodaba, sino lo que revelaba: que la belleza no es propiedad de quienes cumplen un molde estrecho. Las reacciones en su contra mostraron un malestar profundo, una resistencia a aceptar que los cuerpos históricamente silenciados también pertenecen al centro. Esa incomodidad no nació de Yalitza sino de lo que obligó a mirar: que la diversidad confronta prejuicios que creíamos superados.

A veces miro hacia las mujeres musulmanas que viven bajo códigos estrictos sobre qué pueden mostrar y qué deben ocultar, y noto cómo ciertos sectores aquí las juzgan con rapidez, como si nosotras estuviéramos libres de mandatos. Pero la verdad es incómoda: también nosotras hemos aprendido a cubrirnos y a descubrirnos según lo que convenga a los ojos ajenos. Ellas enfrentan la imposición directa del velo; nosotras enfrentamos la imposición disimulada de mostrarnos jóvenes, armoniosas, deseables. A ellas se les exige recato, a nosotras exhibición. Son formas distintas de un mismo control sobre el cuerpo femenino. Y si duele verlo es porque revela algo que no queremos admitir: que muchas de nuestras decisiones también son obediencia maquillada de libertad.
Esa tensión también se replica en los medios. Los encabezados aún describen la ropa de las mujeres que triunfan, su vida sentimental, su edad, su apariencia. Los méritos femeninos suelen acompañarse de adjetivos que no se usan para los hombres. La violencia simbólica se filtra en esa forma de narrar, en la sorpresa con la que se celebra el éxito de una mujer indígena, en la condescendencia escondida en frases como “a pesar de todo”. Es un recordatorio silencioso de que para muchas mujeres la legitimidad siempre está en disputa.
Y esa vigilancia no se queda en las pantallas. Cruza las calles, las oficinas y los hogares, y termina por infiltrarse en las instituciones que deberían ser las más neutrales. La violencia simbólica llega a los tribunales no como un grito sino como una suposición sensata, como la idea de que una buena madre debe estar siempre disponible, o que una mujer con ambición profesional sacrifica afectos. Son prejuicios que se disfrazan de sentido común y que se vuelven criterios implícitos al decidir quién cuida, quién merece, quién puede y quién no.

En 2021, la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió un caso en el que se retiró la guarda y custodia a una madre porque su trabajo jurisdiccional “exigía demasiado tiempo”. No se valoraron sus redes de apoyo ni su capacidad de crianza. Se asumió que una mujer con un empleo demandante estaba incapacitada para ser madre. La Corte corrigió la sentencia y sostuvo que juzgar sin perspectiva de género reproduce estereotipos que penalizan a las mujeres que ocupan espacios públicos. Marcó una línea clara: el derecho no puede justificar una visión que confunde dedicación profesional con falta de afecto.
Ese caso no es excepción. Durante décadas, la justicia ha replicado la idea de que las mujeres deben cumplir un rol doméstico absoluto. La violencia simbólica opera ahí: convierte un estereotipo en criterio jurídico, penaliza a una mujer por tener un trabajo que exige lo mismo que los empleos de los hombres, exige entrega total al hogar como si la maternidad fuera una institución inmóvil. No es que las mujeres incumplan un deber, es que el deber fue escrito sin ellas.
Las pantallas pequeñas completan el ciclo. Miles de jóvenes ajustan su rostro con filtros antes de mostrarse. Los algoritmos premian formas específicas, proporciones repetidas, colores uniformes. No es casual que tantos rostros filtrados se parezcan entre sí. La repetición crea un estándar. Las niñas aprenden a posar antes que a jugar, a suavizar un ángulo antes que a reconocer lo que sienten. La estética se vuelve territorio de obediencia que no parece obediencia.
Nombrar la violencia simbólica no la elimina, pero abre una grieta. Nos permite dejar de fingir que todas nuestras decisiones nacen de un deseo íntimo. No es una renuncia a la estética ni un juicio moral. Es preguntarnos si cada elección es realmente nuestra o si nació de un mapa que alguien trazó antes.

La violencia simbólica funciona porque se disfraza de libertad. Porque aprendimos a desear lo disponible, no lo posible. Porque la elección se volvió un menú reducido que confundimos con autonomía. Y en ese aprendizaje, las mujeres hemos cargado con siglos de silencios convertidos en destino.
Quizá el punto de partida esté en reconocer que no todas caminamos desde el mismo lugar. Que algunas podemos elegir un tratamiento estético y otras ni siquiera pueden elegir un descanso. Que la belleza no debería ser moneda de cambio para la dignidad. Que los espejos físicos o digitales no pueden seguir decidiendo por nosotras.
Y entonces surge una idea que acompaña como un murmullo cuando bajamos la velocidad: la libertad empieza cuando una mujer se atreve a reclamar decisiones que no nacieron del mandato, sino de un espacio que por fin siente propio. Allí se abre una puerta. Allí comienza lo que podría ser, esta vez sí, una elección verdadera.
Este texto forma parte de la serie “Violencias de las mujeres”, publicada en el marco del 25N, dedicada a reconocer las múltiples formas de violencia que nos atraviesan y a las mujeres que, desde distintos lugares, siembran justicia.

