Recuerdo de Margit Frenk, un siglo de historias fabulosas
La “gran sabia” falleció el viernes pasado a la edad de 100 años. En 2015 recibió un homenaje en ocasión de su cumpleaños 90. Horas antes Equisgente la entrevistó y, ella, abrió el baúl de sus recuerdos. Presentamos un extracto de esa charla.
“¿Por qué salimos de Alemania? Por el antisemitismo”, respondió Margit Frenk, serena pero con firmeza. La hispanista, folklorista e investigadora de la lengua española habló la mañana del día en que por la noche, fue objeto de un homenaje por parte del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas.
Recordó que nació en Hamburgo, el 21 de agosto de 1925. “Alemania no era un país querido por nosotros”, afirmó. México fue su país, a donde llegó, cuando apenas tenía cuatro años, acompañada por sus padres y un hermano. De esta nación conoció y siempre recordó las más variadas y extrañas canciones populares, según evocó la investigadora
Con el paso del tiempo, Frenk reunió en cinco tomos todo ese material bajo el nombre de Cancionero folklórico de México, una obra con varias reediciones. Ese es uno de los trabajos por los que es reconocida; toda la lírica, en parte de origen medieval, que surgió y se puso por escrito a partir de fines del siglo XV al XVII, fue estudiada a fondo por ella.
Actualmente, Margit Frenk es una autoridad en el mundo de la lírica popular hispánica, y su logro es haber logrado que ahora estos estudios sean reconocidos como un género que ya forma parte de las academias y de los capítulos de historia de la literatura. “Había que desenterrar esa poesía que estaba dispersa en libros de en los siglos XVI y XVII”, dijo.
Y a esa labor se dedicó durante muchos años. Cada vez que podía ir a Europa visitaba la Biblioteca Nacional de España (BNE), y revisaba libros de poesía y de teatro, novelas y tratados. “Fui hallando cancioncitas que fui clasificando”, añadió quien realizó su tesis de licenciatura en la UNAM, bajo el título de La lírica popular en los siglos de Oro.
“Esa tesis la hice yo sola. En esa época los maestros casi no asesoraban a los alumnos. Yo quería estudiar filosofía y psicología, carreras que iban de la mano en ese tiempo”, sin embargo, resultó que su economía no era tan buena y, además, su única probabilidad de trabajo al egresar sería dando clases en secundaria. “Así, la carrera obvia era Letras”.

Al trabajar sobre esa tesis, a Margit Frenk se le abrió un campo de estudio que le fascinó y determinó su futuro. “Descubrí que lo que yo quería era investigar. Descubrí el placer de la investigación. Fue darme cuenta qué bonito es eso de ser investigadora. Dije: ‘Eso es lo que quiero ser, quiero ser investigadora de literatura’”, recordó sonriente, feliz.
Sin embargo, la lectura de los románticos alemanes significó mucho en su vida. Encontró en ellos el inicio de su interés por la lírica antigua. “A muchos de ellos les gustaban las canciones populares. Eso debe haber influido en mi gusto, pues desde joven yo cantaba canciones populares de México y de España; las aprendía de libros, no porque las oyera”.
Margit Frenk ocupó diversos cargos académicos y fue condecorada varias veces. Fue presidente de la Asociación Internacional de Hispanistas, miembro correspondiente de la British Academy, miembro honorario del Institute of Romance Studies de la Universidad de Londres, y miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua.
Igualmente, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua e investigadora emérita en El Colegio de México. Obtuvo doctorados honoris causa de la Sorbonne Nouvelle, París III y de la Universidad de Sevilla. En México recibió los premios Universidad Nacional, Nacional de Ciencias y Artes, y el prestigiado Alfonso Reyes.
El estudioso Manuel Alcalá alguna vez la llamó “gran lectora y sabia”. Pero ella siempre rechazó el segundo adjetivo. ¿Qué les diría a todas esas personas que piensan que usted es una sabia? “Les diría que están muy equivocados; pero si sabia es dar buenos consejos, entonces sí, soy sabia”, rubricó con una sonrisa que, a sus 90 años, mantenía la dulzura de una chica de 15.

