EL LENGUAJE JOSEALFREDIANO

El autor dolorense tocó el alma popular

con el uso magistral del habla cotidiana

“No hace falta que salga la Luna

pa venirte a cantar mi canción

ni hace falta que el cielo esté lindo

pa venir a entregarte mi amor…

Serenata sin luna”, José Alfredo Jiménez

¿A qué poeta se le hubiera ocurrido escribir el apócope “pa” en sus obras? Tal vez ha habido alguno —lo desconozco—, pero posiblemente habría sido, por lo menos, cuestionado en tal caso. Por la élite cultural, claro, mas no por la gente, perfectamente familiarizada con dicho término y su significado. ¿Y “cantar mi canción” no suena a pleonasmo? Tal vez, pero en la melodía de que forma parte (Serenata sin luna) se escucha maravillosamente.

En esa virtud, la de saber usar profusamente y con maestría el lenguaje de los simples mortales, radica gran parte de la trascendencia de la obra de José Alfredo Jiménez, de quien recientemente (enero 19 de 2026) se celebró el centenario de nacimiento, cuyo legado sigue tan presente que prácticamente cualquier cantante de música mexicana siente el gusanito de interpretar alguna vez una de sus muchas melodías.

El niño José Alfredo Jiménez Sandoval.

Hijo de un farmacéutico, parece indudable que el compositor dolorense tuvo acceso a una formación de cierto nivel pues, aunque el vocabulario por él utilizado rarísima vez se sale del ámbito popular, la manera de recrearlo encuadra con técnicas de versificación evidentes, si bien se detecta un alto grado de inspiración instintiva derivada de experiencias personales, así como un profundo romanticismo a la mexicana.

Si en ese otro genio de la música popular que fue Agustín Lara existen líneas dotadas de cierto rebuscado barroquismo (“mujer alabastrina / tienes vibración de sonatina… pasional“), al compositor guanajuatense le basta con ser directo para remover sentimientos en quien lo escucha: “Yo no sé lo que valga mi vida / pero yo te la vengo a entregar / Yo no sé si tu amor la reciba / pero yo te la vengo a dejar”.

La casa museo del compositor en Dolores Hidalgo.

Incluso en las piezas compuestas a ritmo de vals, Jiménez es claro, contundente: “Es inútil dejar de quererte / ya no puedo vivir sin tu amor / No me digas que voy a perderte / No me quieras matar, corazón“. Cualquier persona, sea político, profesionista, burócrata, campesino o albañil capta de inmediato el mensaje de alerta ante la inminente pérdida de la pareja y el anunciado pesar por dicha causa.

Por otra parte, con José Alfredo el género ranchero oscila en la ambigüedad geográfica. Ya no tiene su médula en el ámbito rural, sino en el emergente México urbano de mediados del siglo XX. Atrás han quedado las canciones que hablan de jacalitos, milpas y arroyitos de décadas anteriores; ahora se habla de León y “su feria con su jugada”, y en un trágico corrido el borracho y el cantinero van de una cantina a otra, algo poco probable en una comunidad pequeña, donde se puede tomar cerveza en cada tienda, pero difícilmente habrá alguna cantina.

Boda de José Alfredo y Paloma Gálvez.

La destreza descriptiva es otra de las características en la obra del dolorense, que nos da toda una lección de la geografía del noroeste del país cuando hace viajar a su mítico caballo blanco desde Guadalajara, Jalisco, hasta Ensenada, no sin antes visitar Nayarit, Escuinapa, Sinaloa; Hermosillo y Caborca, en Sonora; Mexicali y Tijuana, en Baja California. Asimismo, se adapta a la banda de viento sinaloense para componer magistralmente su “Corrido de Mazatlán”:

¡Ay qué bonito paseo del Centenario!

¡Ay qué bonita también su catedral!

Aquí hasta un pobre se siente millonario

Aquí la vida se pasa sin llorar”.

Pero siempre, el lenguaje es perfectamente comprensible para cualquiera. Nadie necesita recurrir al diccionario para averiguar el significado de algún vocablo. Cuando se aventura en el huapango, se sublima, como en la famosa “Serenata huasteca”:

Dicen que pa conseguirte

necesito una fortuna

Que debo bajar del cielo

las estrellas y la Luna.

Yo no bajaré la Luna

ni las estrellas tampoco

Y aunque no tengo fortuna

me querrás poquito a poco“.

El compositor Tomás Méndez junto a dos genios: Lara y Jiménez.

También hace boleros, pero sus metáforas no están armadas con palabras domingueras, sino con vocablos tan comunes que sorprende la maestría con que se utilizan. “Si nos dejan / buscamos un rincón cerca del cielo / Si nos dejan / haremos con las nubes terciopelo…” No hay quimeras, ni frenesís, ni siquiera asombros o congojas. ¿Y alguien se ha preguntado si el cielo —concebido como un inmenso espacio abierto— puede tener rincones?

Cuando sus creaciones se acercan al erotismo, la simplicidad se sostiene. Si Lara expresa a la mujer amada que un “Blanco diván de tul aguardará / tu exquisito abandono de mujer / Yo te sabré besar / Yo te sabré querer / Y yo haré palpitar todo tu ser”, el guanajuatense menciona sutilmente “Yo me volví a meter entre tus brazos / Tú me querías decir no sé qué cosas / Pero callé tu boca con mis besos / Y así pasaron muchas… muchas horas”. Al buen entendedor…

José Alfredo Jiménez.

Así, un siglo después de nacer el pequeño José Alfredo, sus canciones aún llenan el ambiente de bares, cantinas y fiestas, sobre todo cuando los elíxires etílicos comienzan a hacer efecto y entonces dan ganas de echar afuera el sentir por quien se quiere, de manifestar el amor por el terruño o cantar a viva voz la dramática historia de un corrido. No es el único que escribe hermosas piezas rancheras, pues México es la cuna por excelencia del género, pero posiblemente sí el de mayor talento para hacer versos con el habla del pueblo, de la raza mexa, y expresarse como cualquiera, pero con arte:

“Quién sabe cuántos años han pasado

la vida nos dejó las almas rotas

Y estamos recordando nuestra historia

nomás mientras tomamos cuatro copas”.

La tumba del canta-autor en el panteón de su ciudad natal.