EDGAR SALGUERO: ARTISTA DE 75 AÑOS CON ESPÍRITU DE NIÑO

Pintor, escritor y arquitecto costarricense con esencia mexicana

Edgar Salguero (Costa Rica, 1950) tenía 13 años cuando entró al Colegio. Ahí le mostraron una hoja con una serie de líneas en trazos irregulares, azarosos. El ejercicio, como parte de la introducción al arte que marcaba el plan de estudios, consistía en que cada estudiante llenara con colores los espacios entre líneas. El resultado era una pareidolia: cada uno imaginaba alguna figura y la definía con los colores:

“Ves una continuidad de líneas aleatorias y de repente encuentras cosas y empiezas a pintar ciertas áreas y colorearlas, surge una combinación aleatoria que te gusta más que otras y desarrollas otra forma de ver el color”.

Ese momento de su vida lo marcó. Hoy, a sus 75 años de edad, Edgar es un artista de trazos intensos, de figuras geométricas (confiesa no saber dibujar) marcadas por pequeños puntos. Acercarse a su obra plástica implica percibir detalles multiplicados en lienzos y maderas, en barros y papel.

La lagartija, el animal favorito del pintor. Detalles, color, figuras y a veces mensajes escritos, parte de la obra del pintor.

Edgar Salguero es un artista contemporáneo que estudió arquitectura en la Universidad Autónoma de México (UNAM) y posteriormente adoptó Guanajuato, México, como su lugar de residencia y musa artística.

Llegó a Cuévano (le tocó el espíritu ibargüengoitiano) en 1974, cuando la ciudad tenía sólo cinco taxis, cuando sus comerciantes cerraban los viernes por la tarde para abrir las mañanas de los sábados y domingos.

Tuvo en la cafetería “Pingüis” su centro de operaciones, al lado de personajes como Eugenio Trueba, en una ciudad que se daba el tiempo para ver, decir y hacer, costumbre que se pierde en las nuevas generaciones.

Salguero se desempeñó como profesor de Técnicas de Representación en las Escuelas de Arquitectura y Diseño de Interiores de la Universidad de Guanajuato, pero su pasión se fue hacia las artes plásticas, esencialmente la pintura, y la literatura.

Es una casa-estudio enclavada en la Sierra de Santa Rosa, con una hermosa vista hacia el paisaje boscoso, Edgar Salguero tiene un desorden creativo en su comedor-taller, a unos pasos de su estudio taller que es, a la vez, estancia infantil: para su nieto, los niños y él mismo.

El tulipán, flor favorita del artista plástico. Si hay algún error o una mancha, aprovecha para desarrollar una nueva propuesta en sus cuadros.

El pintor

El listado de exposiciones individuales y colectivas en México y Estados Unidos es extensa y rompe esquemas porque es artista autodidacta con un profundo afecto por México —donde ha vivido las dos terceras partes de su existencia— y el refrendo de sus raíces costarricenses.

En su casa-estudio muestra una veintena de obras distribuidas en sus muros. Son coloridas figuras geométricas hechas con puntos de cromática diversa. No hace trazo previo, su técnica es intuitiva: va llenando el lienzo para crear una figura que pudo ser preconcebida, pero que también puede surgir espontánea.

Si se equivoca o hay una pequeña mancha, la cubre con una figura o un trazo, lo que hace que a la obra se le incorporen elementos imprevistos en ese juego de predilección por los colores y los detalles.

Me he vuelto un ermitaño, dice cuando convida un café colombiano, suave y herbal, degustado en la frescura de esa sierra que resiste a los embates de fraccionamientos campestres y a la construcción de personas que, como él, deciden vivir en la naturaleza del bosque.

Un estudio que parece más patio de juegos para niños que taller de pintor. Allí tiene más de 300 obras, muchas de ellas aún sin enmarcar. El marco, dice el pintor, es la otra parte importante de la obra.

Y en ese encierro hace cuadros y figuras diversas, con materiales que incluyen la madera. Cuadros y esculturas y cuadros tridimensionales se van acumulando hasta ser más de 300 creaciones que lo mismo pueden ser terminadas en unas horas que en muchos años, como un acrílico que hizo como regalo para su esposa, que comenzó a realizar en 1989 y quedó terminado 25 años después.

Edgar Salguero no hace filosofía no piensa en ideas políticas ni es revolucionario: sólo deja correr la pintura sobre la superficie y sobre la marcha surge la propuesta creativa.

Ha hecho obra en acrílico y acuarela y ahora incursiona en la creación de cuadros escultóricos en o cubos en los que inserta elementos de la cultura popular, como peces y corazones de madera o pequeñas figuras de la virgen de Guadalupe.

Los colores intensos son la herencia de su niñez que lleva a una de sus más apasionadas propuestas: medios círculos de madera, pintados de tal manera que son una sandía —una figura especialmente mexicana, explica—, pero que también puede ser un pez o un pájaro, que se puede contemplar desde diferentes ángulos, hechos para caminar alrededor de ellas.

Un desorden creativo, el pintor lo reconoce y lo hace cualidad. En su caso, cada obra tiene una intención expresiva, pero no hay filosofía ni política en ellas.

Reitera:

“Sólo pretendo hacer cosas agradables a la vista, no hay filosofías ni protestas en lo que pinto, nunca hago un cuadro con una idea filosófica ni política, sólo busco crear algo que alegre a la gente”.

Su estudio hace pensar en las salas de juego o pintura de un jardín de niños o una escuela para peques. Eso se refleja: “me sorprende el gusto de los niños por lo que hago”.

Se trata, en efecto, del reflejo de su niñez en Costa Rica. El sistema educativo de ese país tiene primaria (hasta los 12 o 13 años) y luego siguen colegio (que dura 5 años), humanidades y la universidad

Puede ser una sandía, un pez o un ave. En contraste, arte y paisaje en Santa Rosa de Lima.

En el colegio, recuerda, “nos daban clases de muchas cosas”. Al entrar al colegio llevaban la materia de arte. Fue ahí donde ese ejercicio de pareidolia le marcó su vida y ha llevado ese ejercicio a talleres, como el aplicado a un grupo de estudiantes de Estados Unidos que lograron lo mismo que él en su niñez y “demostraron que los gringos no son fríos para el color”.

Para el pintor, se trata de un instinto humano milenario, pues se han descubierto expresiones de arte de hace 72 mil años.

Cada año, un sacerdote costarricense organizaba una visita a México y por él conoció la artesanía y el arte popular mexicanos. Al venir a estudiar al país, hizo suyos esos elementos creativos.

El escritor

A la arquitectura y la pintura, Edgar Salguero agregó otra forma de expresión: la escritura. Obras como Una novelita corta y algunos cuentos largos (la edición en inglés es en coautoría con su esposa Martha Mendoza), Colorado negrete y algunos otros cuentos, Oscuros aires de familia y Ofelia & el artista del aire muestran otra de sus pasiones.

Igual que con la pintura, es prolífico, pero también lamenta: “llego a escribir cuando siento que ya nadie quiere leer”.

Para el artista, escribir es un acto de imaginación y relata sus vivencias e integra a sus relatos a personas que conoció y con las que convivió de 10 años hacia atrás, algo que implica para él un reto: “La imaginación hacia atrás es muy complicada; la imaginación se da más bien hacia el futuro”.

Paz y bosque, la vista desde la casa del artista. Los colores de su niñez combinados con elementos de la cultura popular mexicana.

Reitera su preocupación de que las nuevas generaciones están dejando de leer y todo lo ven con ligereza y prisa, en contraste con la parsimonia de su vida. Recuerda nuevamente su llegada a Guanajuato y las reuniones en el Pingüis, “comunidad pequeña”, donde había una convivencia para dialogar y escuchar la música de moda de su tiempo, donde montones de parejas se conocieron. Ahí conoció a Martha.

Edgar Salguero muestra durante más de una hora uno y otro cuadro, explica detalles y vivencias, regresa a su sentir como escritor. Sólo la llegada de una visita esperada por él y el tener que seguir el reporteo —por parte de quien esto escribe— rompen con el encanto de un diálogo de intercambio de ideas, anécdotas, vivencias y formas de ver el mundo.

En esa casa de ladrillo grande y piedra, donde en cuadros y en una puerta de metal abundan las lagartijas, en honor a las que abundan en la zona y en la finca, se queda el costarricense de niñez y mexicano de espíritu, se queda ese hombre que da una conferencia antes que una entrevista, que no es filósofo ni revolucionario: es un niño pintor y escritor de 75 años de edad, entrado a los 76.