EL YO Y LA CIRCUNSTANCIA DE MANUEL CARRILLO
José Manuel Carrillo Martínez nació el 11 de octubre de 1952 en la colonia Portales, entonces Distrito Federal y hoy sólo Ciudad de México. Sí, era barrio, del mismo donde vivió Carlos Monsiváis, el Señor de los Gatos.
Narró en entrevista publicada en este mismo portal que en su niñez su familia tuvo “un peregrinaje total, porque finalmente éramos dueños de nada”. Vivió en Calzada de la Viga, por donde está la cooperativa del Pato Pascual, después en una colonia muy proletaria: El Rodeo, cerca de la Agrícola Oriental, desde donde escuchaba los ruidos de los automóviles que corrían en el autódromo. En esa época aún vivían Ricardo y Pedro Rodríguez. “Fue una bonita época”. Eran los finales de la década de 1950 y el inicio de la revolucionaria 1960.
Manuel tenía 16 años cuando fue la matanza del 2 de octubre, ocurrida en la víspera de su cumpleaños. Un día antes de la inauguración de la Olimpiada cumplió unos 16 que sólo eran dulces por el amor familiar.

Cuando estaba en preparatoria entró a trabajar como office boy al periódico La Afición. No tenía sueldo, pero le iba muy bien con las propinas. Se recuerda nuevamente la anécdota contada:
“No tenía sueldo, pero me iba mucho mejor por las propinas, porque me quedaba con los cambios. Fue una época extraordinaria porque entre otras personas a las que serví estuvo Fernando Marcos. Él no podía empezar a escribir su columna si no tenía su refresco de cola. Yo diariamente le ponía su botella en su escritorio. Él me daba diez pesos y la Coca costaba tres pesos y le dejaba yo religiosamente el cambio en su escritorio. Ese cambio era para mí. Fue un gran maestro del periodismo”.
Amante de la radio y metido ya en la pasión del periodismo, estudió la disciplina en la Carlos Septién García. Mientras estudiaba, comenzó a laborar en el periódico deportivo Estadio, que dirigía Guillermo López Portillo. No terminó la carrera, pero la tomó como oficio: encontró trabajo como reportero de deportes en el periódico.
Era la época de Luis Echeverría, con una educación de marcado prosocialismo, en la que Manuel tenía otras inquietudes: tenía licencia de locutor y su pasión de juventud eran los deportes.
En el bonito León, Guanajuato
En 1984 obtuvo su licencia de locutor: “Estuve como aprendiz y en el sindicato me dijeron que era muy difícil conseguir trabajo. Te van a tener un año como meritorio en Televisa o XEW, me dijeron”. Había lugares en Aguascalientes, Torreón y León y ésta última estaba cerca. León, además tenía dos equipos de fútbol (León y Unión de Curtidores), estaban Los Zapateros en básquetbol, con Alfredo Jacobo y el Manosanta “Pitos” Guerrero y se había inaugurado la liga de la Asociación Nacional de Beisbolistas (ANABE), con los Lechugueros. “Yo había apoyado a esa liga y por eso decidí venir a León”.
En efecto: una lucha laboral de beisbolistas profesionales provocó una huelga en la Liga Mexicana de Béisbol (LMB) en 1980 y la creación de la ANABE en 1981. La liga rebelde terminaría en 1986, pero creó condiciones de algunas mejoras para los deportistas. Carrillo estuvo con ellos desde la máquina de escribir.
Llegó a León antes del sismo de 1985 (su versión decía que 1984, pero en El Sol de León hay notas de él publicadas desde 1982). Contó que tomó el tren en Buenavista y pidió boleto de pullman. Salió a las siete de la noche y llegó a las cinco de la mañana. Al amanecer se trasladó al centro de la ciudad para encontrarse con el secretario general del sindicato de locutores en León: Antonio Ruelas “El Caporal”, quien era el locutor estrella en “La Rancherita”, estación de radio que estaba en el Pasaje Catedral.

Al terminar su turno, como a eso de las 10:00 de la mañana, Ruelas le buscó y encontró alojamiento frente al Teatro Doblado, desde donde Manuel caminaba hasta la XELG, ubicada en Paseo de los Insurgentes, para trabajar desde las seis de la mañana como técnico:
“Era un trabajo como un pulpo: había que poner los discos, los casetes con los comerciales y atender los teléfonos. Lo mejor era que llamaban las muchachas para las dedicatorias con canciones de Vicente Fernández o Pedro Infante”.
Pero también sabía reportear y sacar fotos y optó por buscar fortuna en esa actividad y entró a trabajar a El Sol de León.
Manuel se integró a un grupo de periodistas afectos al ajedrez, el café turco, el cigarro y la cerveza. Hombres de una cultura marginal a la predominante en León:
“Nos reuníamos en un Café Francés, que estaba en el Portal Aldama (en el costado norte de la plaza principal). Ahí estaba un busto de Cantinflas recargado en un farol. Era un extraordinario lugar, propiedad de un señor que se apellidaba Sarkís, un libanés que había sido piloto de guerra y que era nuestro mecenas, pues cuando no teníamos dinero nos apuntaba lo que consumíamos y a veces se le olvidaban las cosas”.
En ese espacio concurrían periodistas como Guillermo Cano, Julio Villanueva o don Arturo González, gran periodista, inolvidable, maestro de muchas generaciones de periodistas en la Universidad del Bajío, hoy Universidad La Salle. Lo que Carrillo no contó es que si bien le quedaban a deber al “árabe” (que era libanés) también era común que los políticos pasaran a “saludar” a la tropa reporteril, para ser entrevistados “de pura casualidad” y pagar la ronda en turno.
Fue un grupo de simpatía con las causas palestinas, que compartían con militantes del Partido Mexicano de los Trabajadores y el Partido Socialista Unificado de México, de los pocos que reportearon la visita de Heberto Castillo como candidato de izquierda a la presidencia de la república. Ahí llegábamos a convivir los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México, rojillos que veíamos en ellos una causa política compartida.
Manuel era un reportero audaz que pasó de la guardia vespertina-nocturna a trabajos de especial encargo, como fue el caso del niño Oninaná, de origen canadiense, raptado en diciembre de 1982 en León y recuperado en enero de 1983 en la ciudad de México. Los textos publicados contrastan con los datos manifestados en la entrevista que se le hizo con este portal con motivo de haber recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural.

La revolución desde el teclado
A principios de la década de 1980, el gobierno federal extendió a los estados su proyecto de Televisión Rural Mexicana (TRM), creada para apoyar a la telesecundaria. Se transformó el Televisión de la República Mexicana y varios gobiernos estatales comenzaron a convertir las repetidoras en pequeños centros de producción de programas autóctonos. En el caso del estado de Guanajuato, la sede inicial fue una pequeña construcción atrás del flamante Centro de Convenciones y Exposiciones, el antecedente del Polifórum León.
Manuel, igual que los citados, dio voces a trabajadores y así lo hizo con los productores y reporteros del canalito, que estaban descontentos porque no estaban inscritos en el Seguro Social, sólo los técnicos, pero no reporteros ni productores”.
Estuvieron en paro 48 horas y Manuel, con el apoyo de don Alfredo Contreras, le dio voz: “por eso a los que trabajábamos en El Sol de León nos calificaban como rojillos”.
Guanajuato de sus amores
En el periódico leonés la vida era bohemia y mal pagada y le ofrecieron la oportunidad de nuevos aires que le abrirían otras expectativas: en 1987, Carrillo entró a trabajar a Comunicación Social de gobierno del estado. Eran los tiempos de Rafael Corrales Ayala. Gran boletinero, pero no era lo suyo y casi medio año antes de que empezaran las campañas electorales salió a buscar otros horizontes, pero ya en la ciudad de Guanajuato. Le tocó vivir el “ramonazo” desde fuera.
Del deporte y a veces la nota roja, tomó un derrotero de otra de sus pasiones: la reseña cultural. El grupito de León compartía música “rebelde” y libros de literatura disruptiva, ajena a la moda motivacional de la época. En Guanajuato encontró un mundillo cultural que lo sedujo con sus conferencias, exposiciones, presentaciones de libros, espectáculos diversos y, sobre todo, los conciertos.
El periódico El Nacional de Guanajuato había iniciado sus labores en abril de 1987 y era el único con sección cultural diaria (no sociales ni espectáculos, cultural) y un suplemento semanal, con una edición especial durante el Festival Internacional Cervantino.
Ahí llegó a su elemento y comenzó a ser más reconocido por sus crónicas y reseñas culturales y urbanas. Ya las hacía en El Sol de León, pero en El Nacional de Guanajuato eran parte del proyecto. Era una cosecha de vida:
“Mi madre me llevaba mucho a Chapultepec, a los conciertos que había en el Hemiciclo a Juventino Rosas, guanajuatense, y —ya de joven— iba a los conciertos de la Casa del Lago”.
Cuando Carrillo trabajaba en el gobierno del estado se fundó la Orquesta Filarmónica del Bajío, dirigida por Sergio Cárdenas, y también entretejió un contacto con la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato hasta convertirse en el principal reseñador de conciertos de la agrupación.

Salió de El Nacional de Guanajuato e incursionó en otros medios, para terminar como referente en la crónica sobre lo que pasa en callejones y plazas, con entrevistas a personas comunes, a quienes transforma en personajes fascinantes.
Hizo de Cuévano su terruño y desde el periodismo hizo microhistoria:
“Aquí en la ciudad de Guanajuato he encontrado personas que han incrementado el amor por el terruño, muchos historiadores, como José Luis Lara, quien me dio a leer a Luis González y González, padre de la microhistoria. De ahí salió el concepto de Amor al terruño”.
Además de la escritura, tenía en la fotografía su pasión. En la era digital ilustraba desde su teléfono celular reseñas, crónicas y entrevistas.
Manuel Carrillo recibió la Presea Cervantina en 2019, y el Premio Estatal de Periodismo en la categoría cultural en 2023. Los recibió con su atuendo de combate: pantalón de mezclilla, camisa, un chaleco de fotógrafo y su sombrero de tela, con alas dobladas.
Era común verlo embebido en la lectura en el comedor del Congreso del Estado. Su mundo eran los libros y la cultura. Saber que había cubierto un acontecimiento cultural era una garantía de leer una emotiva reseña breve, contundente y primorosamente escrita, que hacía sentir a los personajes.
Terminó sus días como el cronista urbano por excelencia de una ciudad que lo ama y él amó, a donde trajo a su madre a vivir con él, donde ella partió y él la alcanzó.
Murió antes de cumplir 74 años, tras vivir transiciones políticas y ser un jubilado de jubiloso escribir.
Su cuerpo, que pasó por una ajetreada burocracia que impidió ser velado, llegó pasada la una de la tarde en un ataúd café, metálico, sencillo, tan sencillo como él lo fue en vida. Se le recibió con aplausos, se le recordó por su amistad, su sinceridad, su solidaridad y su bonhomía.
No hubo rezos, sólo una marcha que irrumpió en el silencio y los llantos ahogados y que acompañó el sonar del tapiado de gaveta.

Su partida dolió y se le recordó como compañero, amigo y maestro. Fue subido a lo más alto de las gavetas del panteón de Santa Teresa, desde donde se contempla al norte una ciudad vieja y al sur una pequeña urbe en ciernes, con el cerro de La Bufa entre ambas.
Manuel tendrá vista privilegiada y podrá seguir en la reseña de la ciudad en donde pidió estar para siempre, entero, de cuerpo presente.
Hasta siempre, Manuel, con un café y una cerveza y uno de los tantos libros que regalaste. Quedaron pendientes los comentarios de esos textos y que contaras más sobre el caso de Oninaná. Ten paciencia, espero que pasen muchos años antes de cumplir con esos compromisos.
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Manuelito Carrillo siempre me recordó a Juan Rulfo con su sonrisa melancólica: “de dònde quieres que me salgan las sonrisas; si la vida es pura tristeza”.
Lo recuerdo también como un solidario y respetuoso compañero con quien compartimos muchos viernes por la noche en nuestra casa del callejón de La Cachimba en Noria Alta, imaginando y compartiendo historias, por cierto con Federico Velio y grandes, entrañables amigos. Descansa en la plenitud del universo, querido amigo.
Gracias Federico, por tan hermosa crónica.