EL AGUA FUGITIVA DE LAS FUENTES

Ingenios hidráulicos de ornato urbano, en

Guanajuato suelen ser solo cuencos vacíos

En sus inicios, se construían en plazas o lugares céntricos de los pueblos y servían para abastecer de agua a los habitantes, así como de bebederos para los animales, además de ser lugares de encuentro que estimulaban las relaciones sociales. Los árabes, procedentes de ambientes desérticos, hicieron de ellas imaginativas obras de arte durante el esplendor de su imperio, como demuestra la famosa Fuente de los Leones de la Alhambra, en Granada, España.

En Europa, los romanos solían levantar fuentes captadoras de líquido al final de sus imponentes acueductos, aunque la mayoría fueron lamentablemente destruidas durante las invasiones bárbaras. Al final de la Edad Media, los artistas del Renacimiento diseñaron hermosos receptáculos de agua, sublimados en la época del Barroco con elaborados conjuntos arquitectónicos, de los cuales la archiconocida Fontana di Trevi es el más claro ejemplo.

La fuente metálica y la pileta del parque Florencio Antillón, en el olvido.

Guanajuato, ciudad predominantemente barroca, fue salpicada con numerosas plazuelas cuyos espacios, en un inicio vacíos, fueron posteriormente aprovechados para colocar fuentes con un propósito principal: dotar de agua a la población, una vez instalada la red de distribución subterránea en lo que ahora es el centro histórico. El uso estético fue un plus complementario de la peculiar, abigarrada arquitectura del asentamiento, a ambos lados de la cañada.

La estatua de la Libertad domina desde las alturas el Jardín Embajadoras.

Sin embargo, con la introducción de tomas de agua en cada inmueble y en cada vivienda, esos depósitos perdieron su razón de ser como centros de suministro del vital líquido, aunque fueron conservadas con la función de piezas ornamentales, en las que se creaban pequeñas caídas y saltos de agua, con las gotitas esparciéndose alrededor, llevadas por el viento, y el fluido contenido en el cerco de piedra, formando un conjunto intrínsecamente atractivo.

Vista nocturna de la fuente de Pastita.

Lamentablemente, los vaivenes políticos y climáticos han convertido muchos de esos ornamentos en obras —literalmente— vacías, secas. La falta de agua, elemento que constituye la razón de ser de su origen, mantiene a muchas de las fuentes cuevanenses como estructuras sin alma, al grado de pasar desapercibidas para quienes deberían disfrutarlas: los habitantes, particularmente los niños, para quienes unas salpicaduras de humedad son motivo de juego y alegría.

Mientras la fuente del Ropero carece de agua, la de Mexiamora funciona permanentemente.

Yendo de oriente a poniente, la primera fuente que encontramos en Guanajuato se ubica junto a la tumba de Jorge Ibargüengoitia. Pequeña, hecha en bronce, alguna vez poseyó una columna que sostenía una figura angelical, desaparecida hace décadas. Casi a ras del piso, no tiene agua al menos desde hace medio siglo, por lo que surge solo como una curiosidad entre la espesura del parque Florencio Antillón. Pasa lo mismo metros atrás, en la pileta del mismo jardín, donde únicamente se ven hojas secas, grafiti y basura; por tanto, el puentecito de madera cruza por encima un espacio vano, sin una sola molécula acuática.

La vandalizada fuente del templo de San Francisco, con su demoniaca cariátide. Siguiente imagen: las luces refulgen entre el rocío de la fuente del Jardín de la Unión.

Por su lado, desviándose al norte, la fuente del tradicional barrio de Pastita fue renovada no hace mucho, así que su cantera muestra poco deterioro y el ancho y elegante surtidor central se levanta, dominante, sobre el amplio depósito. Lo malo: tampoco tiene agua, más allá de la recogida durante las lluvias ocasionales, aunque por lo menos sirve de sitio de encuentro y convivencia, con su muro de protección como soporte y banca.

Las fuentes gemelas de la plazuela de San Cayetano y de “La Bola”.

Algunos metros calle abajo, la del Jardín Embajadoras destaca como una de las más bellas, gracias a la escultura de la Libertad, colocada de pie sobre un orbe, y a las cuatro cabezas de león vigilantes alrededor del surtidor, obra de Jesús F. Contreras, famoso artista autor también del Monumento a la Paz y de los leones sedentes del Teatro Juárez, así como de la estatua de Cuauhtémoc en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México. Milagrosamente, esta estructura sí funciona ocasionalmente, realzando así su solemne belleza.

Una de las fuentes más hermosas se ubica en la Plazuela del Baratillo.

En seguida, tenemos la fuente de la Plazuela del Ropero, hecha en cantera rosa y decorada con una cruz de cuatro brazos. Su estilo es más antiguo y complementa idealmente el entorno, en el que destacan residencias señoriales de origen colonial, así como la casa donde nació Jorge Negrete y su correspondiente estatua. Mas, para variar, tampoco tiene agua, caso contrario al de su vecina, localizada en el centro de la Plaza de Mexiamora, la cual sí funciona con frecuencia, para deleite de los niños de la primaria que se encuentra allí y de los muchos transeúntes.

Un coyote y tres peces decoran el surtidor junto al templo de la Compañía. Siguiente imagen: Semiabandonado, el receptáculo de la Calzada de Guadalupe.

Cuesta arriba, en lo más alto de la Calzada de Guadalupe, una plazuela escondida tiene también su fuente, la cual, a la sombra de un inmenso árbol, divide tres de los callejones más empinados de la ciudad: Sepultura, San Isidro y Calicanto. Rodeada por el silencio, está entre las menos conocidas y es usada solamente como guía para aparcar autos en semicírculo. Una vez más, basura y hojas secas suelen ser su contenido.

De izquierda a derecha, las fuentes de las plazas de Los Ángeles y San Fernando están entre las más conocidas de la ciudad.

Muy cerca, adosada a la escalinata del templo de San Francisco, una cariátide diabólica revela una pequeña fuente con forma de medialuna, también siempre seca y además vandalizada, pues ha perdido la mayoría de las piezas superiores de cantera que la rodeaban, algo inexplicable en pleno centro histórico. Solo unos pasos más allá, el Jardín de la Unión presume sus dos pequeñas fuentes de metal en color plata y perfectamente funcionales, cuyos surtidores parecen verter sus chorros líquidos al compás de la música de la banda que cada jueves arroja sus notas sinfónicas desde el kiosco, en abierta competencia con los mariachis y grupos norteños de bares y restaurantes.

El ingenio acuático del Jardín Reforma y su bello entorno.

A unos cuantos pasos, resalta el esplendor de la estructura florentina del Baratillo, gemela de otra fuente localizada en Irapuato, con sus cuatro tritones y un gran surtidor en forma de flor abierta, esta sí en funcionamiento constante, lo mismo que la más pequeña adosada a una de las esquinas del atrio del templo de La Compañía, ornamentada a su vez con la cabeza de un coyote y tres peces, de cuyas bocas surge el líquido reciclado una y otra vez.

Junto al túnel de Tamazuca, un pequeño jardín posee su propia fuente.

Introduciéndose en la ruta de las callejoneadas, encontramos dos fuentes gemelas: la primera, a unos pasos del callejón Salto del Mono, en la Plazuela de San Cayetano, meramente decorativa, pues ni siquiera parece tener tubería ni surtidor y mucho menos bomba; por lo tanto, es utilizada más como fondo para selfies turísticas tomadas al ritmo de las mandolinas, laúdes y acordeón de las estudiantinas que allí suelen detenerse. La segunda se localiza al inicio de la Cuesta de San Cristóbal y a unos metros del Callejón del Beso. Los vecinos parecen recordar que sí funcionó en el pasado, pero hoy, tristemente, solo muestra basura en lugar de agua.

Sin agua y grafiteados, los depósitos acuáticos del Jardín El Cantador.

Muy cerca, a ambos lados de la Avenida Juárez, las plazas de Los Ángeles y San Fernando, así como el contiguo Jardín Reforma, muestran también sus respectivas fuentes. La primera funciona solo a veces, a pesar de su céntrica ubicación; en contraparte, las otras están entre las pocas siempre operativas. Estas últimas, situadas en centros neurálgicos de la vida cotidiana en Guanajuato, frecuentados por estudiantes, paseantes y turistas, presumen constantemente sus flujos de agua, además de aves juguetonas que suelen beber en los surtidores.

Las descuidadas fuentes de Tepetapa y de la ex estación del ferrocarril.

No obstante, basta dejar el núcleo de la ciudad para que la sequedad y el abandono vuelvan por sus fueros en distintos rumbos. Y no es necesario ir muy lejos. Sobre la calle Alhóndiga, en un jardincito escondido, a un costado del túnel de Tamazuca, existe una fuente también pequeña —carente de líquido— que adorna un espacio ideal para hacer un alto en el camino, al estar oculto de las miradas de los peatones y rodeado de árboles, si no muy altos, sí frondosos.

El tradicional y antiguo barrio de Tepetapa posee las que, probablemente, sean las fuentes más descuidadas de la ciudad, al grado de pasar casi desapercibidas entre los puestos mercantiles, el tráfico vial y el gentío. Una de ellas, en la plaza del barrio, es utilizada más como sitio de descanso y basurero. La otra, colocada no hace mucho en el área de la ex estación del ferrocarril, desluce totalmente junto a locales comerciales y ha perdido una de las esferas de cantera que la caracterizan.

Las fuentes saltarinas de la Plaza Hidalgo, llamativas por sus luces y juegos de agua.

Un destino similar es compartido por la olvidada fuente del Jardín del Cantador y la pileta en el otro extremo del parque, área verde cuyas remodelaciones lo han transformado a tal grado que ya es prácticamente irreconocible el diseño original, obra del afamado arquitecto inglés Luis Long, quien desde su estudio en la ciudad de León había ideado un espacio hermoso, con un originalísimo estanque para patos, destruido hace décadas.

Muy diferente se ve la más moderna fuente de la Plaza Miguel Hidalgo, rodeada por múltiples esculturas de ranas, a unos metros de “Los Pastitos”, remodelada no hace mucho y dotada de un juego de luces que la hacen ver espectacular, sobre todo por las noches, aunque en los últimos tiempos el gobierno local parece querer ahorrar en energía eléctrica y solo la pone en marcha ocasionalmente. Una lástima, pues ofrece una vista sin parangón.

El barrio de Marfil muestra dos fuentes: una frente al templo de San José y Señor Santiago, en el Camino Antiguo, y otra al inicio de la calle Hospitales.

Fuera del centro histórico, se encuentran cuatro fuentes más, construidas en antiguos minerales, hoy barrios periféricos del corazón citadino. Se encuentran en Valenciana, Mellado y dos en Marfil. Ese póker de receptáculos acuáticos comparte características similares: cierta antigüedad, una construcción tradicional, a base de cantera… y nunca tienen agua. Eso sí: todas son un elemento central en la imagen de sus respectivos vecindarios, con una iglesia de fondo, calles antiguas, viviendas ancestrales. Sirven para la foto… y nada más.

Se sabe que Guanajuato ha padecido, a través de su existencia, algunas veces inundaciones por exceso de agua, y sequías extremas en muchas otras ocasiones. El vital líquido es muy preciado en esta tierra semidesértica; desperdiciarlo no es una opción. Sin embargo, las técnicas de reciclaje actuales permitirían poner en marcha los sencillos juegos de agua que necesitan nuestras fuentes, no solo por enriquecer el paisaje, sino porque contribuyen a brindar anhelados momentos de solaz, alegría y tranquilidad a las personas. Y eso sí vale la pena.

Las fuentes de los minerales de Valenciana (izquierda) y Mellado (derecha), también secas.

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