PLAZUELAS Y PERALTA: DOS MISTERIOS GUANAJUATENSES

Una, para adorar a Tláloc –la lluvia-; la otra, para Ehécatl –el viento-.

En un estado que ha buscado construir una identidad hispanista, sus zonas arqueológicas asoman para recordar que hay un pasado sobre sus tierras, motivo de orgullo: cuatro sitios arqueológicos abiertos al público, con dos que destacan en el centro sur de la entidad: Plazuelas y Peralta.

El primero, ubicado en Pénjamo, ha cumplido 20 años de su apertura; el segundo los cumplirá dentro de dos años. Son los máximos ejemplos de la sofisticación urbana, el poder agrícola y la complejidad arquitectónica prehispánica, que florecieron en la cuenca del río Lerma, sin que hasta el momento se tenga el dato preciso de quiénes las construyeron.

Ambos asentamientos quedaron abandonados alrededor del año 900 de nuestra era y el único referente es que fueron parte de una era tolteca-chichimeca, que luego sería relevada por el poderío purépecha y el nomadismo chichimeca.

Pertenecieron a la llamada “Tradición del Bajío”, sociedades prehispánicas agrícolas fuertemente organizadas que aprovecharon las crecientes del río Lerma para consolidar un sistema de terrazas de cultivo.

Una de las pirámides de Peralta y vista aérea de Plazuelas. (Fotografías, INAH)

Plazuelas (Pénjamo)

Plazuelas destaca como un proyecto donde la arquitectura prehispánica se mimetizó perfectamente con la compleja geografía de la sierra. Su diseño refleja una profunda cosmovisión sagrada orientada hacia el paisaje. Se observa en la simetría de sus pirámides, sus patios hundidos y la planeación de calzadas estructuradas una influencia teotihuacana. Sin embargo, las estructuras circulares (como el edificio “El Cajete”) y elementos decorativos la vinculan con las tradiciones prehispánicas de estados vecinos como Jalisco y Michoacán.

El auge de este sitio se sitúa en el periodo Clásico Tardío, entre los años 450 y 700 d. C., re-ocupada y modificada hasta su destrucción e incendio ritual alrededor del año 900.

Su mayor complejo es Casas Tapadas, formado por una gran plataforma rectangular que sostiene tres basamentos piramidales. En el sitio se resguardan más de 1,200 piedras grabadas con tallados detallados que representan la tierra, el agua, la fertilidad y maquetas de la propia ciudad prehispánica, además de que cuenta con dos canchas destinadas al ritual sagrado del Juego de Pelota, espacio que también se encuentra en los otros sitios arqueológicos de la entidad.

Si bien los habitantes locales de la comunidad de San Juan el Alto, cercana a la zona, ya conocían de la existencia de vestigios prehispánicos y petrograbados debido a hallazgos fortuitos mientras labraban la tierra, la delimitación, excavación científica y restauración sistemática del asentamiento se consolidaron a las puertas del siglo XXI. 

La zona arqueológica de Plazuelas comenzó a ser investigada y rescatada formalmente a partir del año 1999, bajo la dirección del destacado arqueólogo veracruzano Carlos Castañeda López y un equipo multidisciplinario del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

En ese año se establece formalmente el Proyecto y comenzaron los primeros trabajos de liberación de las pirámides, los juegos de pelota y el registro de más de 1,200 piedras grabadas. Después de años de intensa labor científica, la zona fue inaugurada oficialmente en 2006 y se convirtió en la primera zona arqueológica abierta al público en todo el estado de Guanajuato.

Una de las pirámides de Plazuelas y, allí mismo, los patios hundidos, herencia teotihuacana. (Fotografías, INAH)

Descripción del INAH

El sitio arqueológico toma su nombre actual de la comunidad vecina, San Juan el Alto Plazuelas. Consta de siete edificios construidos sobre tres laderas, separadas a su vez por dos barrancas: la de Los Cuijes al poniente y la del Agua Nacida al oriente.

La ladera oeste muestra una sencilla cancha para el juego de pelota, asociada a una serie de terrazas habitacionales. En la ladera este resaltan cuatro edificios con mayor complejidad: Los Cuitzillos, que se compone de tres basamentos piramidales con una plaza abierta al sur; El Cajete, de planta anular; La Crucita, pequeña pirámide cimentada sobre un afloramiento rocoso y, por último, el Cobre, conformado por dos estructuras que limitan una pequeña plaza cuadrangular.

La ladera central es la que se encuentra abierta a la visita pública. En ella se construyó el edificio más grande y complejo. Es el conocido localmente como “Casas Tapadas”. Al noreste de esta ladera se descubrieron elementos de una casa habitación conformada por cuatro cuartos. Tres de ellos cierran un patio cuadrangular abierto hacia la barranca. La otra habitación debió destinarse a la preparación de alimentos, pues entre los escombros había fragmentos de utensilios propios de una cocina.

Cerca de las barrancas es posible observar una serie de grabados sobre el afloramiento rocoso. Tallados en bajorrelieve, hay concavidades, líneas rectas, líneas onduladas, círculos sencillos o concéntricos y diversas espirales. Varias rocas muestran también elementos arquitectónicos, como basamentos piramidales, salones con patios interiores, plazas, canchas para el juego de pelota, terrazas y caminos de acceso. Sobresale La Maqueta, una piedra donde se reproduce el edificio Casas Tapadas.

La época de auge de la ciudad se ubica entre los años 450 y 700 d. C. Posteriormente, la ciudad fue quemada, destruida y desacralizada, quedando en la memoria de los pueblos como un lugar mítico donde se rendía culto a los ancestros.

A pesar de los avances en la exploración, Plazuelas sigue siendo un lugar de grandes incógnitas. El diseño y ornamentación de sus edificios evocan una y otra vez el antiguo culto a los dioses que personificaban el agua, la tierra, el fuego y el viento, elementos indispensables para la reproducción de la vida, entre los que destacan los atributos de Tláloc, dios de la lluvia, señor del tiempo agrícola. Por otra parte, la combinación de las piedras talladas y las representaciones arquitectónicas distintivas de regiones cercanas y lejanas confirman que este centro aglutina la complejidad del pensamiento de diversos pueblos mesoamericanos.

Plazuelas: entre la sierra de Pénjamo y el Bajío guanajuatense (fotografía: INAH), tenía más vocación ceremonial religiosa (fotografía, Gobierno de Guanajuato).

Peralta (Abasolo)

Peralta sobresale por su colosal monumentalidad y por poseer uno de los complejos habitacionales y ceremoniales más grandes del Bajío, con una extensión nuclear que evoca a las grandes urbes de la época. 

Su periodo de construcción corresponde principalmente al Clásico Temprano y Medio, entre los años 300 y 700 d. C. (con decadencia final estimada hacia el 900 d. C.); en ese sentido, coincide con Plazuelas.

Su existencia fue descubierta originalmente en el año 1973 por estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), aunque las excavaciones formales del proyecto iniciaron en 2002. 

Sin embargo, es interesante saber que el sitio era frecuentado desde décadas antes por campesinos de la región. De ahí tomaban piedras para construir casas y reforzar caminos e, incluso, utilizaron su patio hundido para realizar ahí convivencias y peleas de gallos.

Este espacio abrió sus puertas formalmente el 4 de diciembre de 2008, sumándose a los grandes atractivos culturales del estado. Su nombre se debe a su ubicación geográfica en las inmediaciones del poblado San José de Peralta y a las faldas del cerro homónimo. 

Se asentó de manera dispersa en la ladera norte del cerro Peralta, justo en la ribera del río Lerma. Esto les otorgó tierras sumamente fértiles para la agricultura y un control fluvial estratégico. 

En las excavaciones se han encontrado ricos entierros humanos con ofrendas que prueban que comerciaban con regiones muy lejanas. Se descubrieron collares de concha del Océano Pacífico y fragmentos de turquesa que sugieren rutas comerciales que se extendían hasta lo que hoy es el suroeste de Estados Unidos (Nuevo México y Arizona). 

Incluso, hay espacios donde se utiliza cantera, poco común en la zona, que contrasta con la piedra volcánica usada para las construcciones.

El sitio nuclear está compuesto por imponentes estructuras de piedra, de las cuales destacan dos grandes conjuntos completamente restaurados para su visita: 

Primera imagen: basamentos en Peralta. Segunda imagen: Desde la parte alta, donde estaba un espacio para la élite, se podían dirigir a centenares de personas y escuchar perfectamente. Una de las magias de Peralta.

La Mesita (El Recinto de los Gobernantes). Es una colosal plataforma artificial que mide 147 por 130 metros de base y alcanza los 12 metros de altura. Debido a su carácter suntuoso y habitacional, el arqueólogo Efraín Cárdenas la bautizó como un palacio de gobernantes. Alberga una plaza interior capaz de congregar a cientos de personas. 

El Divisadero. Se trata de un imponente centro cívico-religioso compuesto por un patio hundido delimitado por templos en sus extremos. Aquí se realizaban ceremonias de acceso restringido o privado para la élite política y sacerdotal

Una de sus características más sorprendentes es que tiene una arquitectura que permite una gran sonoridad. Se estima que había un espacio donde se ejercían funciones administrativas y cívicas y donde una persona podía dirigir a centenares que podían aglutinarse en el patio hundido.

Si bien los indicios marcan que Peralta era un espacio para uso esencialmente administrativo y comercial, también tiene un espacio religioso con elementos que lo identifican como dedicado a Ehécatl, señor del viento.

Al igual que Plazuelas, la procedencia étnica exacta sigue siendo estudiada. Ambos espacios fueron posteriores a la cultura chupícuaro, que ocupó gran parte de lo que hoy es el estado de Guanajuato entre el 500 a.C. y el 250 d.C.

La teoría antropológica indica que al ser abandonados Plazuelas y Peralta –se desconocen sus nombres originales- fueron desacralizados con fuego; esto es, quemados. Luego llegarían los purépechas y, más al norte, reinaría el nomadismo chichimeca.

Aunque predominaba la piedra volcánica, se usó cantera para las escaleras del templo de El Divisadero. En seguida: Vista aérea de Peralta. (Fotografía, INAH)

La llegada del hombre blanco

Los conquistadores españoles llegaron por primera vez al territorio del actual estado de Guanajuato en 1522, poco después de la caída de Tenochtitlán, como parte de las expediciones enviadas por Hernán Cortés para explorar y someter los territorios del norte y occidente de México. 

Se registraron las expediciones de Cristóbal de Olid, el primer conquistador en ingresar a la zona sur del estado, llegando a las regiones de Yuririhapúndaro y Pénjamo mientras avanzaba hacia el territorio purépecha de Michoacán. 

En 1523 llegó Antonio de Carvajal, comisionado para recorrer oficialmente el territorio con el fin de realizar los primeros inventarios de población y preparar el posterior reparto de encomiendas. 

En alianza con el derrotado imperio purépecha, en 1526 fundaron San Francisco de Acámbaro, para dar lugar a la violenta invasión de Nuño de Guzmán en 1530, el establecimiento en 1542 de San Miguel el Grande y de ahí en adelante el auge minero iniciado y la fundación de más ciudades, envueltas en una prolongada Guerra Chichimeca en la que enfrentaron a guamares y guachichiles.

Es el otro Guanajuato, el de los que lo poblaron antes de la llegada del hombre blanco y barbado que sometía y mataba en nombre de un misericordioso Dios crucificado.

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