VAMPIROS Y OPIO
En 1861, el primer cargamento de opio chino llegó a San Francisco a bordo de una embarcación llamada Ocean Pearl. Eran cincuenta y dos cajas en total, lo suficiente para surtir de sueños a una cantidad de adictos que crecía con bastante prisa. Para 1864 (tres años después), el consumo de “los dulces y empalagosos vapores de opio”—como llamó el poeta, médico y escritor estadounidense Samuel Dickson al extracto de la amapola (Papaversomniferum)—, ya era un problema de salud pública gracias a que los cargamentos ahora se contaban por cientos de kilos.
Como siempre sucede con las autoridades complacientes con el negocio de las drogas, se organizaron tres grandes redadas antidrogas en San Francisco, sobre todo para tapar el ojo al macho: el 16 de enero y el 22 de abril (1864), los uniformados allanaron los barcos Derby y Pallas. El 19 de junio siguiente, los agentes policíacos supieron que el contrabando de drogas iba acompañado de una gran inventiva, al incautar un cargamento de cascarones de huevos que carecían de clara y yema.
Una vez que pasaba el furor de los operativos, la policía visitaba el Barrio Chino cuando andaba escasa de fondos, por lo que el tráfico de opio llevaba realmente la fiesta en paz. Las redadas venían acompañadas de condenas y diatribas contra el consumo y los males que el opio ocasionaba. Por ejemplo, George W. Walling, jefe de policía de Nueva York, donde también la ingesta de opio había sentado sus reales, escribió incluso con sesgo literario: “Una y otra vez, el fumador prepara su trozo de opio, lo coloca en la cazoleta y observa con pereza cómo el humo se eleva alrededor de la lámpara. Al cabo de un rato, la pipa se le cae de la mano inerte y sus ojos, entrecerrados como los de un loco, se quedan vidriosos. Su cabeza cae sobre su pecho y entra en el trance del opio, que es el paraíso o el infierno según el grado de su consumo del narcótico”.
El clero, que siempre mete las narices incluso donde no lo llaman, tuvo también sus denostaciones contra el consumo de opio. El reverendo Frederic J. Masters, por mencionar a un representante eclesiástico, atacó los fumaderos de opio,al señalar: “Hay dos o tres camas de madera cubiertas con esteras, cada una provista de una lámpara y una pipa. Tres chinos yacen en diferentes estados de estupor. La habitación mide unos cuatro metros y medio por tres metros, con el techo y las paredes ennegrecidos por años de humo. Llevamos en esta guarida unos cinco minutos y nadie ha dicho una palabra. Es como estar en un sepulcro con los muertos”.
Llaman la atención los testimonios de los señores Walling y Masters, uno por traer a colación la imagen del cielo y el infierno, y el otro por referirse a los fumaderos como sepulcros.
Para el siglo XIX, el opio ya era consumido por escritores, artistas e incluso médicos. La literatura gótica dio obras como Confesiones de un comedor de opio inglés, la cual influyó profundamente en la imaginación de la época.
Asimismo, los sueños, las alucinaciones, las pesadillas y las sensaciones de muerte aparente producidas por el opio pasaron a formar parte de una estética del terror que tuvo como embajadores a escritores como Sheridan Le Fanu y Bram Stoker, para quienes la oscuridad de los fumaderos de opio no les era desconocido.
En 1872, el irlandés Sheridan Le Fanu publicó Carmilla, una de las obras más tempranas de la literatura de vampiros y de la amistad lésbica, que narra la historia de una joven que es víctima de una vampiresa llamada Carmilla.
Veinticinco años después (26 de mayo de 1897), el también escritor irlandés Bram Stoker publicó su novela gótica Drácula, quizás el mayor portento de la literatura vampírica, además de que hasta el día de hoy no ha dejado de publicarse, ha sido traducida a por lo menos a cincuenta idiomas y ha vendido alrededor de doce millones de copias.
La naturaleza subterránea de los fumaderos de opio contribuyó en gran parte a la asociación adicto-vampiro que se construyó en el siglo XIX. Uno puede verse en el espejo del otro, al compartir una necesidad irresistible por droga o por sangre, un deterioro físico y moral, pérdida gradual de la voluntad e imposibilidad de abandonar el hábito o el hambre sin sufrimiento.

La imagen del vampiro tal y como lo conocemos ahora es una apropiación cultural de un mito que se levanta de su tumba cientos de años antes del siglo XIX. Las evidencias más antiguas provienen de la antigua Mesopotamia (actual Irak), donde los sumerios cultivaban la amapola (Papaversomniferum) y no precisamente para utilizarla como condimento. La llamaban “planta de la alegría”, por sus efectos analgésicos y eufóricos.
A Egipto y el Mediterráneo, la adormidera llegó aproximadamente en 1500-500 a. C. Aparece mencionado en el Papiro Ebers, uno de los tratados médicos más antiguos conservados. Su uso fue más bien medicinal, para aliviar el dolor, inducir el sueño y tranquilizar a los niños.
Griegos y romanos también agradecieron sus bondades medicinales. Médicos como Hipócrates y Galeno describieron sus propiedades. Los médicos árabes perfeccionaron su uso farmacológico y difundieron el opio a través de las rutas comerciales a Persia, India y demás regiones de Asia.
Sin embargo, fue en China (siglos XVI-XIX) donde el opio adquirió una enorme importancia histórica, al añadir a sus propiedades medicinales el placer lúdico cuando comenzó a fumarse mezclado con tabaco y, posteriormente, solo.
Cuando el consumo de opio comenzó a expresarse en Estados Unidos, la droga contaba con una historia de cientos de años, sólo que para finales del siglo XIX ya combinaba literatura, simbolismo y religión. No es de extrañar, por lo mismo, que la dependencia a la adormidera, el placer de fumar la goma de la amapola, la destrucción paulatina del cuerpo y espíritu, desembocara en un arquetipo del mal y las sombras: el vampiro.
Sea el vampiro aristocrático de Europa occidental o el vampiro terrateniente de Estados Unidos, en ambos casos el personaje comparte rasgos con el consumidor de opio descrito por los escritores decadentes: belleza enfermiza, noches de insomnio, fascinación por la muerte, sensualidad extrema, aislamiento.
El vampiro crepuscular de occidente se convirtió en un digno representante de una sociedad decadente que consume la vida ajena para prolongar la propia.
Con paciencia histórica se conformó un binomio entre vampiro y adicto. “La sangre es vida”, escribió en 1905 el autor estadunidense F. Marion. En el contexto del presente *Apóstrofe, la sangre simboliza la vida, la energía, el deseo, al tiempo que el opio representa el olvido, el sueño, la evasión, la dependencia.
En la literatura gótica, el consumo de sangre y opio son sustancias que alteran la conciencia y someten la voluntad.
Fue la literatura gótica la que indudablemente creó la imagen del vampiro como una metáfora de cualquier adicción, sin importar que fuera opio, heroína, alcohol, poder, dinero e incluso relaciones afectivas destructivas.
En conclusión, el vampiro no sólo consume sangre: consume la libertad de su víctima, del mismo modo que una adicción termina apropiándose de la vida del adicto.
Como colofón, hay que mencionar que hay historiadores que hablan de un “vampirismo económico” cuando se refieren a China y el opio, pues fue en el siglo XIX cuando la British East India Company promovió el comercio de opio producido en la India hacia China, lo que provocó que millones de personas desarrollaran adicción.
Con millones de adictos debilitados por la dependencia, el Imperio “succionaba”libremente la riqueza china. Las Guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860) reforzaron la imagen del imperio siempre insatisfecho que vive de la sangre de otro pueblo.

