MEDIO SIGLO DE LA CONTEMPLACIÓN IBARGÜENGOITIANA DE CUÉVANO
A 50 años de la publicación de Estas ruinas que ves
“Al escribir Estas ruinas que ves, traté de evocar mis experiencias en una ciudad de provincia. No me pasó por la mente ni corregirla ni denunciarla, mucho menos —esto sería una idiotez—, «ajustar cuentas» con ella. Traté de revivir un pasado irrecuperable y dejarlo ordenado y guardado en un libro. Esta aspiración puede no gustarles a algunos, pero es legítima.
Por último, quiero advertir, para que nadie más se desencamine, que si mi intención hubiera sido criticar a la provincia o satirizarla, hubiera hecho que los personajes que vienen de la capital, como son Aldebarán, Rocafuerte Espinoza o Rivarolo, tuvieran un comportamiento que quedara por encima de las veleidades de los provincianos, cosa que no ocurre en ningún momento”.
Jorge Ibargüengoitia. “Risa solemne. Busque otro autor”,
en Ideas en venta, pp. 73-74.
Jorge Ibargüengoitia nació en 1928 en Guanajuato; fue llevado a Coyoacán en su niñez, pero lo volvían a traer a lo largo de sus primeros años de vida. En 1948 comenzó a vivir en el rancho de San Roque, en Irapuato, mismo que vendió en 1956 para construir su casa en Coyoacán. En 1958 se quedó sin dinero de las becas y los premios literarios y nadie le montaba sus obras de teatro. Pidió trabajo a la Universidad de Guanajuato y no lo contrataron. Dejó la dramaturgia y comenzó a escribir novelas. En 1964 regresó a la ciudad y ese año publicó Relámpagos de agosto, donde por primera vez aparece el nombre de Cuévano, un centro ferroviario (había vivido en Irapuato, cuya ciudad también aparece en la obra). En 1969 publicó Maten al león, donde ya el uso del trasunto literario era parte de su esencia.

Su paso por Guanajuato en 1964 tuvo dos frutos que se reflejarían una década después: Estas ruinas que ves, escrita en 1974 y publicada en 1975 al ganar con ella el Premio Internacional de Novela “México”, y posteriormente Las muertas, en 1976, inspirada en el caso que conoció en su estancia en esa ciudad a la que llamaría “Cuévano”: el de las Poquianchis, a las que “bautizó” literariamente como “Las hermanas Baladro”.
Entre su estancia en la ciudad y la publicación de ambas obras hubo un ínter importante: Ibargüengoitia prologó la reedición de 1972 de La regenta, una novela decimonónica de Leopoldo Alas “Clarín”. Ahí el guanajuatense reflexiona en torno a un trasunto: el autor prologado convierte la ciudad de Oviedo, España, en la literaria “Vetusta”. Hay sarcasmo, costumbrismo y una suerte de desquite con sus pobladores, elementos que están también contenidos en Estas ruinas que ves.

Un génesis llamado Cuévano
Guanajuato siempre estuvo presente en la memoria y la obra de quien ahí naciera. Por eso Estas ruinas que ves es una novela transmuta a Guanajuato en Cuévano, metáfora de una ciudad cuyos habitantes están en un fondo del que no salen, para burlarse de “profesores de una universidad de provincia”; esto es: de “intelectuales de pueblo”, según habría de definir cuando una reportera de televisión lo entrevista.
Eso explica por qué Jorge Ibargüengoitia creó a Cuévano. Las primeras páginas de Estas ruinas que ves están dedicadas a la descripción de esa ciudad-quimera. Así lo explica el ensayista y poeta Adolfo Castañón en una entrevista para un documental de la UNAM sobre el novelista guanajuatense:
“Ibargüengoitia es el creador de una geografía literaria, de una geografía paralela que se puede comparar con la geografía imaginaria de Rulfo o de Arreola. Creo que ésta tiene qué ver con la alimentación a partir de un cierto lenguaje que tiene no tanto qué ver con la patria, sino con la matria, para utilizar una expresión de Luis González y González; con la querencia, es decir, con la tierra nativa de donde viene la raíz más personal.”

Jorge Ibargüengoitia, como otros grandes de la literatura, hace de una ciudad real una ciudad ficticia que no niega ni reniega de su origen. Cuévano se convierte en geografía fantástica de una ciudad que en sí es una fantasía empotrada en el fondo de una cañada, con un trazo hermosamente irregular. A partir de sus habitantes construye personajes y a partir de sus espacios construye trasuntos literarios. María Luisa “La China” Mendoza explicaba esa relación: “Como descargas eléctricas aparece siempre Guanajuato, todos los personajes de las ruinas (tan reconocibles por nosotros que fuimos)”. Eugenio Trueba, paradigma de la intelectualidad guanajuatense y también trasunto literario en calidad de personaje, afirmaba:
“Cuenta Jorge en uno de sus artículos de Vuelta, que encontrándose en un marasmo de la infertilidad, le fue surgiendo una especie de nostalgia de un espacio más o menos culto de la provincia, que se solidificó en la descripción de Cuévano”.

Paco Aldebarán (alter ego de Jorge), Gloria Revirado y su padre don Enrique y su madre Doña Elvira Ropacejo de Revirado —apodada La Rapaceja—, Raimundo Rocafuerte, Ricardo Pórtico y su esposa Justine, el Pelón Padilla, Enrique Espinoza y su voluptuosa cónyuge Sarita, así como personajes de complemento como las hermanitas Verduguí, las hermanas Leonila y Bertila (o Bertila y Leonila, también yo las confundo), Begonia e Irma Bandala —mujer con bigotes—, el agiotista Madroño, el rector Sebastián Montaña y su comunidad universitaria: Isidro Malagón, Carlos Mendieta, Juanito Barajas y el joven Angarilla, amante de Gloria que creían homosexual, Ricardo Pórtico y su esposa francesa Juliete, además de El Gordo Villapando (el gobernador del estado), fueron construidos a partir de personas reales. Estos personajes, empero, tienen una especialidad específica, ad hoc para ellos: Cuévano.

Arquitectura cuevanense ibargüengoitiana
Cuévano es una ciudad imaginaria no sólo por sus personajes; tiene su propia identidad urbana. Jorge Ibargüengoitia retrata a su personal Ínsula Barataria en Estas ruinas que ves: “Cuévano es una ciudad chica, pero bien arreglada y con pretensiones. Es capital del estado de Plan de Abajo, tiene una universidad por la que han pasado lumbreras y un teatro que cuando fue inaugurado, hace setenta años, no le pedía nada a ningún otro”.
Cuévano es la ciudad que queda en ruinas después de una revolución y su consecuente crisis minera, según escribe Malagón en el Opúsculo Cuevanense. Como que se parece mucho a Guanajuato. También es un recipiente cerrado, donde es fácil caer y difícil salir, envuelto en su propio mundo, nombre ideal para que la chacota pudiera depositarse en ese microuniverso provinciano, donde sus habitantes tienen la oportunidad de presumir una grandeza limitada a un puñado de casas, callejones y edificios, pero al fin y al cabo grandeza: “en México no soy nadie, pero en Cuévano hasta los perros me conocen”.

Cuévano fue recreada por Ibargüengoitia en sus espacios más íntimos: sus barrios, plazas, calles y lugares representativos. En esa línea el escritor visualizó dos ciudades: la de su niñez, inserta en la crisis post revolucionaria resultante de la lucha contra el que echara del poder a su bisabuelo, y la de su momento de adulto cuando acude a ella a vincularse con la universidad. Si bien con Porfirio Díaz Guanajuato vivía una resurrección minera, las secuelas de la revolución la llevaron a una nueva decadencia que se revertiría hasta la década de 1970 y el escritor lo expresó así en Estas ruinas que ves.
“Todos están de acuerdo en que la ciudad ha visto mejores días. Para ilustrar su decadencia, suelen referirse al Oro, un pueblo fantasma que está allí cerca, que a fines del siglo XVII tenía más habitantes que los que ahora tiene Cuévano, la cual, afirman, fue una de las ciudades más importantes de la Nueva España”.

Parte de la premisa de un Cuévano en el que “cada ruina tiene su historia”. Y para sustentar esa afirmación, describe a Guanajuato de 1928 como “una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma”. De ese fantasma extrae los territorios literarios para que sean un trasunto de los lugares reales: el Café de don Leandro (Café Carmelo), el restaurante La Flor de Cuévano (alter ego literario de Los Pericos Negros y el restaurant Casa Valadez), la estación de ferrocarril en Tepetates (Tepetapa), la calle de Zacateros (Los Pastitos), Plaza de la Libertad (Plaza de la Paz), Jardín de la Constitución (Jardín de la Unión), con su teatro de la República (Juárez). Remata con la Troje de la Requinta, tomada por los insurgentes en 1810.
Lugares literarios como El Gran Cañón del Colorado eran emulación de la cantina El Cañón Rojo, donde hoy es la taberna Los Barrilitos, ubicada cerca de El Ventarrón (El Salón Verde); aparece en la novela la casa de Ricardo Pórtico (Manuel de Ezcurdia), ubicada en la calle de Tragacanto (Cantarranas). Cantinas como El Aula (El Edén) y otra más están en Estas ruinas que ves como evidencia de la vida bohemia que envolvía a Guanajuato y contagió a Cuévano.

Sigue con el Paseo de los Tepozanes, el acceso a la presa homónima, donde las otrora señoriales casas se caen de viejas. Las calles de la novela ibargüengoitiana tienen un sentido: son las de sus vivencias, pasiones, desprecios y desamores. En estas ruinas que ves señala a Triunfo de Bustos, la principal de Cuévano (Ponciano Aguilar y Juárez); el callejón de Las Tres Cruces (Lascurain de Retana), la bajada de Campomanes (Carcamanes), callejón de la Potranca (del Potrero), callejón de la Torcaza (La Condesa), callejón del Malacate (Temezcuitate), Barrio de la Conchita (plaza de Mexiamora) y callejón del Turco (del Truco).
El listado sigue con lugares emblemáticos de la ciudad turística: el Teatro de la República (teatro Juárez) y el Jardín de la Constitución (de la Unión), así como el hotel Padilla (el ya desaparecido Hotel Orozco).

La lista es larga y el espacio es corto. Templos, minas y cerros de Guanajuato no escapan a su conversión en trasuntos literarios cuevanenses.
Se trata de una relación onomástica literaria de los espacios que el escritor vivió en su estancia en Guanajuato, en los que convivió y los que sirvieron de base emocional para la construcción de su literaria ficción.
Cuévano fue creado por Jorge Ibargüengoitia para hacer de Guanajuato un amoroso escarnio, pero como suele pasar cuando los motes están bien puestos y son simpáticos, mucha gente de Guanajuato comenzó a autodefinirse como cuevanense: decidió tomar el apodo como gentilicio sustituto que terminó por ser asumido como un motivo de orgullo e identidad. Cuévano ahora es un mote para los que nacieron o vivimos en la Atenas de por acá, pero tan gozoso como el original Guanajuato.
Han pasado 50 años de Estas ruinas que ves y Guanajuato sigue tan Cuévano como entonces, pues a pesar de las remodelaciones, arreglos y pinturas, las ruinas siguen ahí.


