LO MÍO SON LAS FLACAS

Siempre me han gustado las mujeres delgadas. En el kínder, la niña con quien jugaba era delgada, además de que yo la veía alta. Era también de facciones severas. Yo no lo sabía, pero posiblemente era hija de migrantes alemanes, aunque no era rubia. Ignoraba si tenía padres o hermanos, tampoco sabía dónde vivía. Andábamos juntos, pero como cachorros que husmean para conocer su entorno. Casi no hablábamos, nos limitábamos a matar el tiempo en el sube-baja o a hacer figuras con plastilina. Éramos niños, aún pequeños, carecíamos de temas de conversación. Los buenos conversadores atesoran experiencias. No era nuestro caso. A los cinco años de edad, el pasado aún no existe.

En mi infancia me atraían las niñas de vecindad, flacas por desnutridas y con la malicia que da el hacinamiento, siempre con el tío o el hermano agazapados en busca de una oportunidad.

En la manzana había tres vecindades, dos en la calle Mar Tirreno, una en el número 96, donde nosotros vivíamos, y otra en el número 272, esta enorme y temible, que albergaba ladrones de poca monta, borrachos y mujeres bravas y argüenderas, a las que no faltaban los moretones en rostro y brazos a causa de las golpizas que les propinaban sus maridos.

La tercera estaba a la mitad del Callejón Pocito, oscuro batiburrillo de viviendas de techos de cartón, maloliente, con los albañales al aire libre, donde debías desviar la mirada, salvo si querías ver flotar gruesos mojones de inmundicia.

En Pocito vivía Lupe, “La Catequista”, quien instruía a los menores hasta dejarlos al punto para cumplir con el trámite religioso de la primera comunión. Tenía un inocultable paño en las mejillas. Era fea con ganas. Mi madre le encargaba semanalmente que planchara la ropa de mi familia. Lo hacía, pero siempre con sus modotes.

Haciendo un paréntesis, en el Barrio de Popotla, donde se ubica el Pocito, nació en 1899 el gran compositor Carlos Chávez, autor, entre otras obras, de la Sinfonía india, que destaca por el uso de percusiones yaquis.

En ese barrio, también, fue asesinado en febrero de 2002 el columnista Severo Mirón, famoso, sobre todo, por su espacio radiofónico Platícame un libro, que se trasmitió de 1985 a 1988 en el Instituto Mexicano de la Radio (IMER).

Las calles de Popotla, asimismo, fueron caminadas infinidad de veces por el poeta, narrador y ensayista Juan Galván Paulin, quien se ha especializado en la novela caballeresca del ciclo artúrico.

Callejón Pocito en el Barrio Popotla. (Fotografía tomada de Pinterest, sin crédito.)

Los personajes que mencioné en los tres párrafos anteriores deambularon —ebrios o sobrios, tristes o eufóricos, quizás con la cabeza ardiendo a causa de una nota musical, un verso atorado o por el deseo de una muchachita— por el estrecho Callejón Pocito.

Los barrios de Tacuba y Popotla quedaron atrás cuando asistí a la secundaria, donde estuve perdidamente enamorado de una compañera delgada a la que nunca le compartí mis sentimientos. Casi un año después de salir de esa etapa escolar, ella tocó la puerta de madera del departamento de Santa María la Ribera donde yo vivía con mi madre y mi hermano. Comenzamos algo, nos llamábamos diario, ella había dejado los estudios y ahora trabajaba en el Aurrera de Buenavista.

No recuerdo cómo nos dejamos de ver y de llamarnos por teléfono. Un día, simplemente, nuestra rutina ya no era la misma. Hoy, aquella muchacha hermosa, de piel blanca y figura delgada es sólo un recuerdo hermoso, sin el olvido suficiente para difuminar su rostro en mi memoria.

Hace algunos años leí en la versión digital de El Clarín que si los hombres encuentran atractivas a las mujeres flacas es porque asocian ese tipo de cuerpo con “la juventud, la fertilidad y un menor riesgo de enfermarse”. Para esta conclusión fue necesario un estudio, realizado por la Universidad de Aberdeen, en Escocia, el cual también señaló que los resultados de su investigación “contradicen a teorías anteriores que sugieren que las personas se sienten atraídas por los cuerpos con más grasa, ya que históricamente podrían sobrevivir a las hambrunas”.

Ahora bien: si de algo estoy seguro es de mis preferencias corporales, no se han movido un solo milímetro con el paso de los años. He sido fiel a mí mismo desde niño. Y un breve repaso mental avala mi argumento: las mujeres más importantes en mi ya larga existencia han sido delgadas. Me embelesa verlas caminar por la casa o capturar con la mirada los delicados contornos de su rostro cuando ellas duermen, admirar lo bien que se ven con la ropa holgada o las prendas estrechas. Creo que lo mío poco tiene que ver con las gracias de la juventud o de la fertilidad. No, lo mío, simplemente, es una reverencia al mayor rasgo estético de la figura femenina.

Creo que nunca me he arrepentido de lo que he escrito. Al contrario, hay líneas que adquieren una mayor importancia una vez que han reposado entre los muros de un archivero.

Es el caso de un Apóstrofe que subí a mi cuenta de Facebook en noviembre de 2023, al que titulé “El roce de la sensualidad”.

“Prefiero ver una mujer con las piernas cruzadas, que una mujer desnuda bailando sobre una mesa. Prefiero capturar una mirada furtiva en un lugar atiborrado de gente, que la mirada de una mujer en la entrada de un hotel, invitándome a tener sexo por unos pesos. El hambre, para mí, nunca fue un afrodisíaco. Prefiero las mujeres delgadas que las de cuerpo voluptuoso. Lo sé, mis amigos siempre criticaron a mis “flacas”. Lo siento, pero una flaca de rostro hermoso recompone mi mundo y me devuelve la fe en la humanidad. En cuestiones de sensualidad no fui de excesos, me conformé con que la belleza y sus misterios me pasaran rozando.”