GUARDIANES DE TINTA Y LETRA

Existen habitaciones rodeadas de libros que se han convertido en santuarios; espacios donde el silencio se quiebra con el golpeteo preciso y rítmico de las yemas de los dedos sobre el teclado. Nadie más que el autor puede irrumpir en este espacio en el que las palabras nacen y se quedan… nadie, excepto los gatos.

Más allá de proteger las bibliotecas de los ratones, estos animales son un símbolo de buena fortuna y energía. Elegantes, ágiles y con un toque de cinismo irresistible, no solo poseen siete vidas, también son los únicos con la distinción de tres fechas anuales dedicadas a ellos. La primera ocurre el 20 de febrero: Día Internacional del Gato, instaurado en honor a Socks, el integrante felino de la familia Clinton que legó esta conmemoración tras una década de vida en el ojo público estadounidense.

En todo el mundo, desde anaqueles de grandes recintos hasta bibliotecas particulares, los gatos observan el devenir humano con una mirada que mezcla la amenaza y el desdén. Venerados desde el antiguo Egipto hasta la Patagonia como puentes entre lo visible y lo invisible, realizan una labor fundamental: la custodia de la memoria. Por ello, han sido los compañeros predilectos de intelectuales, ronroneando entre volúmenes que resguardan investigaciones y obras literarias que marcaron épocas.

Gatos van y gatos vienen, pero en la literatura todos permanecen.

Bohemios y con un estilo inconfundible, los felinos son los poetas con bigotes del mundo animal. No es casual que tantos escritores los elijan como aliados de su proceso creativo, sabiendo que no existe ser más independiente, silencioso y al mismo tiempo, tan divinamente descarado.

Se han vuelto musas y terapeutas; su presencia armoniza con la escritura, de ahí que protagonicen cuentos e inspiren tramas complejas. Amigos de tinta y letra, sus huellas han marcado un camino indeleble hacia la inmortalidad.

En la actual casa museo de Ernest Hemingway, aún habita el legado que comenzó con Snow White, una gata blanca polidáctila con seis dedos en cada pata que el capitán de un barco obsequió al autor. Hoy, más de sesenta descendientes, cada uno bautizado, como solía hacerlo él, con el nombre de una celebridad siguen navegado entre las páginas de los amados libros del escritor, como aquel entrañable viejo en la mar.  

Gatos van y gatos vienen, pero en la literatura todos permanecen. Así era Teodoro, el espíritu libre que conquistó el corazón de Julio Cortázar y al que le dedicó el relato “La entrada en religión de Teodoro W. Adorno”. El de ambos fue un amor de verano interminable que no necesitó jaulas ni promesas. Aquel gato callejero e indomable, “negro debajo de la ceniza” como lo describía el autor, vivía en un basurero local en Francia. Y así como los amores que nunca se olvidan solía entrar y salir de la vida del escritor con la naturalidad de quien no le pertenece a nadie, y, sin embargo, elige quedarse.

Los gatos observan el devenir humano con una mirada que mezcla la amenaza y el desdén.

Ailurófilo confeso, Mark Twain llegó a tener hasta 19 gatos al mismo tiempo, incluso los alquilaba durante sus viajes para no sentirse solo. Si podía elegir entre la compañía de una persona y la de un felino, obviamente el segundo tenía preferencia. Todos sus gatos tenían nombres épicos como Apollinaris, Beelzebub o Satán. Para él eran seres con almas gemelas independientes e inspiradores.

Bajo esa misma estela de complicidad, Jorge Luis Borges encontraba en los gatos una suerte de espejos de lo invisible. A su amado Beppo, un ejemplar blanco que bautizó en honor a un personaje de Lord Byron, le dedicó versos que lo describen como el dueño de un ámbito “cerrado y solo”. Borges, que habitaba un mundo de sombras y laberintos, veía en el gato a un ser que no necesita ser poseído para acompañar; un guardián que, desde su ceguera física, parecía entender mejor que nadie la arquitectura de sus sueños y la magia de sus libros.

En México no nos hemos quedado atrás, hubo alguien que supo convertir la convivencia felina en un acto cultural, se llamó Carlos Monsiváis. Llegó a tener más de una veintena de gatos que coexistían con sus más de 20 mil libros. Al morir dejó a trece de ellos en la orfandad y una mitología urbana en marcha.

Los nombres de sus compañeros taciturnos representaban una chispa del ingenio, una muestra de esa genial ironía que lo caracterizó y un guiño al corazón. Miau Tse Tung, Frey Gatolomé de las Bardas, Caso Omiso, Voto de Castidad, Catzinger, Monja Beligerante… No solo los amó, sino que fue un férreo defensor de los derechos de los animales. Sus gatos fueron los guardianes de un cronista que entendió la ciudad como pocos lo han hecho. En esas noches de inspiración cuando Monsiváis daba vuelo a su genialidad cronificando la vida mexicana, sus gatos lo cronificaron a él observándolo mientras escribía la ciudad.

Los gatos no aman de forma ruidosa, lo hacen con permanencia y con sentido.

Y porque la justicia también debe alcanzar a estos guardianes de la memoria, el Congreso del Estado de Guanajuato dio recientemente un paso histórico al reconocer a los animales como seres sintientes. Hoy, la ley finalmente los nombra, otorgándoles la dignidad que merecen y tipificando el maltrato como un delito. Es, en esencia, un acto de gratitud jurídica para quienes tanto nos han dado en silencio.

Detrás de afiladas garras que arañan sillones y los ojos oblicuos que parecen juzgarlo todo, hay una criatura capaz de establecer vínculos profundos y duraderos. Los gatos no aman de forma ruidosa, lo hacen con permanencia y con sentido. ¡Vamos! Aman a quien se les da la gana, y muestran su desdén a quien no los representa.

Mientras existan habitaciones en las que se escuche el tecleo incesante de una computadora, habrá, sobre una pila de libros, un gato custodiando la memoria cual testigo silencioso de que palabras y maullidos son la mejor combinación que el mundo ha podido regalar a la humanidad.