“LAS LAMAS”: ENTRE EL FUTBOL Y LA FE

Antesala del Cerro del Cuarto, un viejo jale

minero revive al influjo del fervor religioso

Hace algunas décadas, era el estadio de los pobres. Niños y jóvenes del Cerro del Cuarto, la Calzada de Guadalupe, San Clemente, La Gualdra y San Luisito convertían el polvoso espacio en el escenario de hazañas futboleras. Goles increíbles, atajadas soñadas, quiebres, dribblings, fintas y, por supuesto, también rudos fauls, caracterizaban las tardes y los fines de semana de la muchachada del rumbo, enfrascada en cascaritas y retas “de a refresco”.

La “cancha”, rodeada por las laderas de los cerros circundantes, estaba cubierta de finas partículas de polvo grisáceo en lugar de pasto, material que se volvía pegajosa pasta cuando se humedecía y en algunos sectores formaba lagunas temibles por su traicionero aspecto pantanoso, lo cual dificultaba enormemente el rescate de los balones llegados allí a impulsos de una patada bien intencionada pero mal dirigida. Eso resultaba lamentable, pues comprar una pelota nueva requería de la aportación de los paupérrimos futbolistas amateurs.

La calle que circundan Las Lamas y dos de los callejones del rumbo.

Para quien no está relacionado con la actividad extractiva, es menester señalar que un “jale” es un cúmulo de desechos mineros, arrojados generalmente sobre alguna cañada entre dos colinas, hasta formar con el paso de los años una amplia terraza, la cual, una vez seca, puede ser utilizada como base para diversas instalaciones e incluso inmuebles. En Guanajuato, ciudad construida entre montañas, prácticamente todos los campos deportivos se ubican sobre superficies de ese tipo.

Aunque hay varios jales en la ciudad, el más cercano al área urbana —objeto de este escrito— es el localizado entre el Cerro del Cuarto y el arroyo de Durán, muy cerca de los barrios alfareros de San Luisito y San Clemente. Conocido popularmente como “Las Lamas”, fue, como ya se mencionó, un extenso campo de juegos donde igual se divertían hombres y mujeres, niños y adultos.

En aquellos años, el Cerro del Cuarto estaba prácticamente despoblado, recorrido solamente por el antiguo camino de herradura hacia la Mina de Rayas. Únicamente los altos muros del Rancho “El Rebelde” y alguna casita de adobe interrumpían la uniformidad del matorral autóctono y el verde seco del pasto silvestre. Solo la vertiente que mira al centro histórico se encontraba edificada, formando los barrios de Púquero y la Calzada de Guadalupe.

La Virgen colocada en la glorieta de acceso al Cerro del Cuarto.

Hacia la otra ladera, ya asomaban las primeras viviendas ascendentes desde la ruta al Mineral de Cata, pero aún pasarían varios años antes de que alcanzaran la larga cima del monte, actualmente cubierto casi totalmente de construcciones, las cuales dan forma a una de las colonias más populosas del centro histórico: el Cerro del Cuarto, de cierta relevancia histórica, pues allí los españoles levantaron uno de los cuatro fuertes que dieron forma al Real de Minas Santa Fe de Guanajuato y desde allí, en 1810, los insurgentes encabezados por Hidalgo dirigieron el ataque principal a la Alhóndiga de Granaditas.

Las edificaciones rodean, a manera de anfiteatro, a “Las Lamas”, circundadas a su vez por una calle, vaso comunicante de los distintos callejones que parten de la zona. Todavía se practica el balompié, pero los futbolistas de nuestros días ya no se manchan los zapatos de lodo gris ni el polvillo mineral cubre su ropa, pues en el lugar ha sido construida una cancha de usos múltiples cuya superficie de cemento proporciona más velocidad al juego, pero desaconseja arrojarse de palomita o chilena en busca del balón, so pena de darse un buen guamazo.

Vista desde Las Lamas hacia San Clemente y la panorámica, tramo Carrizo-San Javier.

Mas el espacio es tan grande, que los vecinos decidieron aprovecharlo y levantar un amplio y moderno templo católico, dedicado a Cristo Resucitado. De ancha planta y dotado de una sencilla pero moderna bóveda a base de ladrillo (cuña), muestra en el exterior un estilizado vitral en forma de cruz, de indudable buen gusto, en curioso contraste con el campanario, colocado sobre el suelo, con la esquila sujeta al tubo transversal de su estructura metálica.

Indudablemente, “Las Lamas” cumplen aún en nuestros días su función de sitio propicio para la convivencia. Probablemente, muchos de los niños que ayer soñaban con ser aclamados por la multitud de un estadio, o de las niñas que se divertían jugando a “los encantados” o brincando la cuerda, acuden ahora, con sus hijos y nietos, a cumplir con el fervoroso ritual de la misa dominical en su flamante templo, donde la oración colectiva ha desplazado al festivo grito de ¡goool!.

La Iglesia de Cristo Resucitado, el altar y el campanario.

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