UN HOMBRE CELOSO, UN RELOJ Y UN PUÑAL
Alegre, optimista y lleno de ilusiones, Don Juan Manuel de Solórzano y Betanzos llegó a la Nueva España en el año del Señor de 1612. Noble caballero español, llegó de ultramar a estas tierras con un empleo asegurado y bien pagado, un predio a escasos metros de la Catedral Metropolitana para que hiciera su casa, y la idea de casarse con una bella dama.
Esa última idea era lo único que le inquietaba. Porque llegó con el puesto de Comendador del Virrey Diego Hernández de Córdoba, con un salario bastante jugoso, y por tener más dinero que un bandido pudo edificar una residencia digna de él. Mas para contraer felices nupcias, Don Juan Manuel necesitaba de una mujer en la que pudiera confiar; era celoso.
El solar que el Virrey Hernández de Córdoba le asignó para que levantara su morada es el que actualmente ocupa el número 90 de la calle República de Uruguay, en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México. En poco tiempo levantó una hermosa mansión y lo que sucedió allí, hasta el día de hoy inspiran miedo y terror hasta al tipo más templado.

Don Juan Manuel gozaba de un gran prestigio por su educación, galanura y, sobre todo, por ser hombre cercano al poder político y religioso de la Nueva España. Con ese perfil, no pocas señoritas en edad casadera intentaron conquistar su corazón, sin embargo, tal logro se lo anotó Leonor de Branfuente y Laguna, a quien decidió llevar hacia el altar.
Se celebró la boda y una tornaboda (celebración más informal que la boda que se celebra al día siguiente o en la madrugada posterior para continuar el festejo sólo con familiares y amigos cercanos, lo que hoy se conoce como “after party”) para dar paso a una vida feliz y cómoda. Pero Leonor, hija de un minero zacatecano, muy pronto sufrió los celos de él.
La vida de ambos dio un vuelco trágico debido a los celos enfermizos de ese personaje hacia su esposa. La mantenía encerrada en su casa, permitiéndole sólo salir a misa con un velo negro que cubría su rostro. Por un chisme, Don Juan Manuel supo que su esposa iba a ser raptada por el Alcalde de Corte, Antonio de los Reyes, y decidió tomar medidas radicales.
Salió furioso en busca de quién él creía que mancillaría su honor y destrozaría su dicha conyugal. Su desesperación le puso una venda en los ojos y le nubló el pensamiento, por lo que en un error fatídico, mató al joven Luis Lope de Varela, confundiendo su identidad con la del verdadero objetivo. Y este suceso desencadenó una serie de eventos trágicos.
Aunque en los archivos históricos hay pruebas de la veracidad de tales hechos, la voz popular transmitida de generación en generación los ha convertido en leyenda, al sumar datos reales o emanados de la imaginación. Así, la historia cuenta que desesperado por descubrir la supuesta infidelidad de Leonor, Juan Manuel hizo un pacto con el diablo.
Satanás le dijo que asesinara al primer hombre que se cruzara en su camino a las 11 de la noche, y que repitiera este acto hasta que se le revelara la identidad del amante. Don Juan Manuel cumplió el pacto, y cada noche salía a la calle a las 11 para preguntar la hora al primer hombre que veía. Se dice que asesinó a más de 20 personas con su filoso cuchillo.

—Disculpe caballero, ¿sabe usted qué hora es? —preguntaba Don Juan Manuel al pobre e inocente que cada noche veía primero. Invariablemente la respuesta de los transeúntes era “las 11 de la noche en punto, caballero”, a lo que el marido ofendido contestaba “dichoso tú, que sabes la hora de tu muerte”. Dicho lo cual, les encajaba en el cuerpo la fría arma.
Una de esas noches, Don Juan Manuel se dio cuenta que había matado a su propio y muy querido sobrino y, lleno de remordimiento, se dirigió al convento de San Francisco (que se localiza en la actual avenida Francisco I. Madero) para confesarse. El padre en turno le ordenó rezar arrepentido un rosario, al pie de la horca, durante tres noches consecutivas.
En su delirio, la tercera noche, Don Juan Manuel vio su propio entierro y se dio cuenta de que su hora había llegado. Lo cierto es que al día siguiente, su cuerpo inerte fue hallado sin vida, colgado en la impactante horca de la Plaza Mayor, conocida actualmente como Zócalo capitalino. La viuda siguió su vida y la casa palaciega perdió su color y alegría.
La casa de Don Juan Manuel todavía existe en la actual calle República de Uruguay 90. Pero a fines del siglo XVIII, fue edificada en una parte de ese solar la casa del Conde de la Torre de Cossío y de la Cortina. Tiene dos pisos, un torreón que vigila el entorno, una fuente de talavera, un patio grande y un portón de madera pesada. Por cierto, República de Uruguay fue la primera calle de la ciudad que tuvo alumbrado público, en el año 1783
Con el paso del tiempo el inmueble sufrió el abandono, luego fue bodega y actualmente es hotel. Los hierros forjados, el tezontle rojo, la madera fina, la cantera de chiluca y los azulejos de talavera de aquellas épocas todavía están allí, como mudos testigos. Se dice que si usted, lector-lectora, pasa por allí a las 11 de la noche y alguien le pregunta la hora, es mejor que no responda, ya que podría ser la próxima víctima de Don Juan Manuel.
La leyenda no explica cómo las víctimas sabían que eran las 11 de la noche. Se supone que era una especie de señal para Don Juan Manuel, como si el diablo mismo les hubiera dicho la hora para que se cumpliera el pacto. En esa época, siglo XVII, los relojes de bolsillo ya existían, aunque no eran tan comunes ni tan precisos como los de hoy en día.

Los relojes de bolsillo se inventaron en el siglo XVI, y para el XVII, ya eran accesibles para la nobleza y la clase alta. Tal vez, Don Juan Manuel y otras personas de su posición social tuvieron relojes de bolsillo, pero la mayoría de la gente común no, y se basaban en las campanas de las iglesias, los relojes públicos o la posición del Sol para saber la hora.
En el siglo XVII, los relojes de bolsillo se fabricaban principalmente en Europa, en países como Suiza, nación que comenzaba a desarrollar su industria relojera; Alemania era conocida por sus relojeros; Francia era un centro importante de producción de relojes, e Inglaterra, cuya capital, Londres, también tenía una industria relojera significativa.
En la Nueva España no había una industria relojera establecida en el siglo XVII. Los relojes se importaban principalmente de España, y eran considerados objetos de lujo para la nobleza y la clase alta. Es probable que Don Juan Manuel, noble y hombre acaudalado, tuviera acceso a un reloj de bolsillo traído de Europa, posiblemente de España o Francia.

