LA ÚLTIMA JOYA DE LA COLONIA
La iglesia de Nuestra Señora de Loreto, ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México, fue la última de proporciones magníficas y realmente importante que se erigió aquí (1806-1819), durante el periodo colonial. Es un edificio de transición, pues se gestó colonial en la Nueva España, pero nació con ideas modernas en el México independiente.
A la fecha se caracteriza porque está manifiestamente inclinada hacia un lado, debido a que fue hecha con piedra de distintos pesos. La enorme obra fue impulsada por el conde de Bassoco, y aunque el arquitecto Manuel Tolsá se encargó de los diseños iniciales, tocó a Ignacio Castera y Agustín Paz seleccionar los materiales de construcción y edificarla.
La Iglesia de Nuestra Señora de Loreto concentra muchísima historia, buena arquitectura y hasta problemas estructurales bastante interesantes. Su apariencia general es barroca y tiene decoración y líneas neoclásicas muy al estilo de finales del siglo XVIII. Su enorme cúpula la convirtió, en su época, en una de las iglesias más grandes del dominio español.

Esa cúpula tiene aproximadamente 30 metros de diámetro, lo que obligó a Castera y Paz a construir muros muy gruesos y sólidos contrafuertes para sostenerla. Sin embargo, poco tiempo después de construirse comenzó a ladearse, debido a un error de ingeniería: un lado está hecho con piedra pesada y el otro con tezontle, que es una piedra muy ligera.
Lo anterior es muy llamativo y preocupante en la actualidad, pues el hecho de que esté inclinada la pone en peligro, lo mismo que al entorno y a las personas que circulan por allí. Ese desequilibrio en sus materiales de construcción, sumado al suelo lacustre de la ciudad, hacen que sea una de las iglesias con más riesgo estructural del Centro Histórico.

Sobre su origen, cabe recordar que está dedicada a la Virgen de Loreto, una advocación originaria de Italia. De acuerdo con la tradición católica, la trascendencia e importancia de la Virgen María, aparecida en el Cerro del Tepeyac en diciembre de 1531, fue llevada por ángeles hasta la ciudad de Loreto, Italia, y de ahí surgió el culto que llegó a México.
La iglesia presta su nombre a la plaza donde se encuentra, un sitio con interesantes capas históricas, donde hubo desde basureros coloniales hasta conventos. Frente a la iglesia hay una fuente diseñada por Manuel Tolsá (España, 4 de mayo de 1757-Ciudad de México, 24 de diciembre de 1816). Por otro lado, ahí se instaló la primera sinagoga de la ciudad.
El interior de la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto no es tan rico como en otras iglesias barrocas del Centro Histórico de la Ciudad de México, como la de Santo Domingo o La Profesa, pero ahí radica su encantador atractivo, porque es un espacio sobrio, neoclásico, con restos de un esplendor ya perdido, aunque guarda varias joyas artísticas interesantes.

Por ejemplo, la gran cúpula es, sin duda, su mayor magia porque además de su tamaño, genera un efecto de luz muy teatral hacia la nave. Tan hermosa es la iglesia, que fue muy bien documentada incluso por Guillermo Kahlo (fotógrafo de la época porfiriana y padre de Frida Kahlo) a inicios del siglo XX, por encargo del entonces presidente Porfirio Díaz.
Más que decoración recargada, el arte es la escala, la geometría y la luz, un concepto que es totalmente neoclásico. En su origen, tenía pinturas en techos y cúpula, pero después de 200 años, hoy quedan solo fragmentos. Muchos se han deteriorado por humedad, grietas, y el hundimiento del edificio. Lo que sobrevive está descarapelándose y fragmentado.

A diferencia del barroco dorado típico novohispano, aquí predominan (o predominaban) los retablos sobrios, y las columnas y frontones clásicos. La ornamentación contenida refleja el cambio de gusto de la época: del exceso barroco a la racionalidad neoclásica. En conjunto, todo lo anterior hace de la iglesia de Loreto una enorme joya de arte sacro. Dentro del templo todavía se pueden observar imágenes de la Virgen de Loreto, escultura e imaginería religiosa tradicional, que no son necesariamente obras famosas por su autor, pero sí forman parte del patrimonio devocional del templo. Las grietas y desniveles, la destrucción e inclinación, son parte de su “arte involuntario” y su “estética de la ruina”.

