LOS MÁRTIRES DEL 22 DE ABRIL: UNA HERENCIA DE LUCHA QUE SÓLO QUEDÓ EN LA MEMORIA
“Fueron seis los mineros asesinados el 22 de abril de 1937, en el camino al mineral del Cubo, Guanajuato. Los mataron por andar de mitoteros, sembrando ideas exóticas entre los obreros. Los mataron por rojos comunistas. Eran los líderes de un sindicato que crecía como la mala yerba; sus nombres y edades: Juan Anguiano, 22 años; Antonio Vargas, 26 años; Luis Fonseca, 26 años, Reynaldo Ordaz, 49 años; Antonio García, 48 años; y Simón Soto, 47 años”.
Así comienza el periodista Alfonso Ochoa su libro Los mineros muertos. A casi 90 años de la gesta sindicalista guanajuatense, inserta en un ambiente de rebeliones cristeras y oposición a la educación socialista y al gobierno nacionalista de Lázaro Cárdenas, se recuerda un movimiento rebelde que suena más a nostalgia anecdótica que a referencia de un momento de lucha por los derechos de la clase trabajadora.
La mayor parte de la investigación histórica de Guanajuato luego de la fase armada de la revolución mexicana se concentra en los movimientos cristeros. Poco se ha escrito de una ciudad de Guanajuato que había quedado ruinosa y que luchaba por su reconstrucción tras el colapso económico generado por el cierre de minas debido a la guerra civil.

Y que llega la bola
Al comenzar el siglo XX, la minería de Guanajuato se encontraba en una situación relativamente favorable debido a las inversiones de las compañías norteamericanas a las que el gobierno de Porfirio Díaz daba facilidades.
Al estado llegó la introducción de energía eléctrica y las industrias textil y minera fueron favorecidas por ello. Se introdujeron nuevas técnicas en la extracción de los minerales, pero se redujo el número de empleos debido a la introducción de nuevas maquinarias, también disminuyó notablemente el uso de animales de tiro y carga.
Aunque la minería regresaba con fuerza a la ciudad, el gremio minero sufría desempleo debido a la modernización de la dinámica de extracción de metales. Las empresas inversionistas no se sujetaron a la regulación de las leyes mexicanas, seguían sus propias normativas.
Pero llegó la Revolución en 1910. Aunque Guanajuato no tuvo una participación en ella al nivel de otras entidades, sí fue escenario de confrontaciones. Ya para 1914 el estado enfrentaba una paralización económica, recrudecida por enfermedades, muertes, poca producción agrícola y la no circulación de trenes fuera de su uso militar. Cuando amainó la fase armada, comenzó la reactivación económica.
El trabajo en la minería se comenzó a reactivar en la década de los veinte, pero era escaso y mal pagado, las prolongadas jornadas no cubrían el trabajo extra ni se tenían prestaciones de salud y retiro. Los trabajadores de las minas carecían de derechos laborales y padecían enfermedades como la silicosis que les robaban la vida, o bien padecían trágicos accidentes por las nulas condiciones de seguridad en que laboraban. Sólo cuando un trabajador moría se le dotaba por parte de las compañías, y de mala gana, la caja mortuoria.

La mala yerba comunista
El país apenas iniciaba un proceso de organización laboral. Con una economía poco industrializada, aún no había condiciones para un gran movimiento Obrero. La Casa del Obrero Mundial (COM) había sido aplastada en 1916 para dar paso a la Confederación Regional Obrera de México (CROM), controlada por los gobiernos revolucionarios.
Sin embargo, había otras voces críticas en el país y Guanajuato no era la excepción: tuvo personajes como Nicolás Cano, constituyente magonista que se convertiría en uno de los grandes impulsores de partidos comunistas en México, que de 1920 a 1923, bajo el amparo de los gobernadores Antonio Madrazo y Enrique Colunga, sus excompañeros en el Congreso Constituyente de 1917, publicó en la capital del estado su periódico Rebeldía, órgano del Partido Comunista Revolucionario de México. Fue uno de los tantos sembradores de la semilla rebelde, pues lo había sido como minero en 1906, cuando junto con el periodista leonés José F. Granados y el abogado capitalino Joaquín González y González fueron encarcelados por protestar por la matanza de Cananea.
La pacificación del país llevó a una nueva apertura a inversiones extranjeras para reactivar la economía. A pesar de las pugnas post movimiento armado, el país se industrializaba lentamente, pero su clase trabajadora seguía siendo muy explotada.
La crisis de 1929 recrudeció las condiciones laborales adversas para los trabajadores y en las minas se resintió de mayor manera. En 1934, los mineros de Guanajuato seguían con salarios bajos y no había condiciones laborales de seguridad. Además, los procesos dentro de las minas ocasionaban daños en su salud. El cronista de la ciudad, Eduardo Vidaurri, así lo explica:
“Terminaban vomitando sangre, enfermos, por los contaminantes que respiraban. Dos años antes de este acontecimiento, los mineros organizaron una huelga que duró 6 meses. Marcharon para pedir la intervención del presidente Lázaro Cárdenas”.

El movimiento minero guanajuatense
Los mineros de Guanajuato estaban desesperados y decidieron organizarse. Más de 1200 trabajadores mineros de Guanajuato pedían la celebración de un contrato colectivo de trabajo y el respeto a las garantías que establecía la Constitución de 1917, pero no fueron escuchados.
En noviembre de 1935 se declararon en huelga y a fines de 1935 y principios de 1936 iniciaron una marcha hasta la Ciudad de México denominada “Caravana del hambre”.
Poco más de 700 se fueron a la marcha y el resto se quedó a custodiar las minas. La marcha que se distinguía porque llevaban sus vestimentas de trabajo y sus cascos de minero fue notable y despertó la atención de la nación.
Cárdenas, fiel a su visión nacionalista de la economía, apoyó la creación de la Sociedad Cooperativa Minero Metalúrgica Santa Fe de Guanajuato (la principal cooperativa minera de la región), que se constituyó legalmente en el año 1936, por decreto presidencial, tras el abandono de las minas por parte de las empresas extranjeras.
A pesar del apoyo de Cárdenas, los mineros de Guanajuato iniciaron en 1937 el proceso de conformar una asociación sindical que velara por sus derechos y los de sus familias. El 22 de abril de 1937, un grupo de líderes sindicalistas conformado por Juan Anguiano, Reynaldo Ordaz, Antonio Vargas, Luis Fonseca, Simón Soto y Antonio García, regresaba de la mina “El Cubo” a Guanajuato cuando fueron cobardemente asesinados por órdenes de quienes tenían interés en aniquilar la naciente semilla del sindicalismo minero que buscaba defender los derechos y la dignidad del pueblo minero guanajuatense y sus familias.

La herencia de los mártires quedó sólo en la memoria
Los mineros caídos son reconocidos como los Mártires del 22 de abril por la sociedad y las organizaciones defensoras de los derechos laborales. Su muerte detonó un movimiento social que derivó en 1945 en la expropiación de las minas de la capital y se les entregara a los trabajadores, para que así la Cooperativa Minera Santa Fe de Guanajuato se convirtiera en la principal empresa de la ciudad.
Con las crisis económicas del resto del siglo XX, los cambios tecnológicos y la corrupción registrada a su interior, la Cooperativa Minera Santa Fe de Guanajuato desapareció comercialmente en 2005, cuando sus socios celebraron una controvertida asamblea y vendieron la mayoría de sus bienes (incluyendo las minas de La Valenciana y Rayas).
La sesión de julio de 2005 fue denunciada por muchos asociados como irregular y carente de quórum legal. Tras la venta, los bienes pasaron a manos de la minera El Rosario, subsidiaria de Great Panther Silver, revirtiendo el modelo cooperativo.
Tras la disolución, un grupo de exsocios inició una larga batalla legal para impugnar la venta, argumentando que fue ilegal. La cooperativa ya no opera como unidad de extracción minera, y los vestigios se dedican principalmente a la preservación histórica y al turismo.
Fuentes
Mensaje del Doctor en Historia Eduardo Vidaurri, cronista de la ciudad de Guanajuato.
Los mineros muertos. 22 de abril de 1937. La lucha sindical, de Alfonso Amadeo Ochoa Tapia (edición de autor, México, 2021).
Historia Breve de Guanajuato, de Mónica Blanco, Alma Parra y Ethelia Ruiz Medrano (Fondo de Cultura Económica, México, 2010)

