GRACIAS POR EL RUIDO. DÍA MUNDIAL DE LA LIBERTAD DE PRENSA

Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será más que mala.

Albert Camus

El poder no siempre grita. A veces basta con que una aprenda a hablar más bajo. Nadie te lo ordena, no hay una mano que tape la boca, pero algo se siente pesado, un pensamiento que llama a otro, que llama a otro, y de pronto una está calculando cómo lo van a leer, cómo lo van a sentir, cómo lo van a torcer, y la frase da vueltas, se adelgaza, y a veces, cuando por fin una decide, el momento ya pasó y lo que quedó es el silencio; y se siente tan parecido a la prudencia que cuesta distinguirlos.

Con el tiempo se aprende a llamar a eso madurez, sentido de la medida, o lo viste de lenguaje correcto, de ese barniz con el que lo políticamente correcto puede volverse una forma muy elegante de no tocar lo que duele; y cuesta reconocerlo, porque no duele como debería doler, porque se parece demasiado al cuidado.

Eso, en su versión más cotidiana, es lo que una siente antes de publicar un tuit, o un estado en Facebook. Pero ese desaliento, en quienes ejercen el periodismo tiene una dimensión más grave y más difícil de ver, porque cubre lo que nadie más quiere cubrir y aprende, sin que nadie se lo diga, hasta dónde puede llegar.

Chilling effect. Imagen creada con Google AI.

En el lenguaje de los derechos, se le puso a este escalofrío un nombre técnico: efecto desalentador o chilling effect. Aunque esta categoría jurídica es un envase muy pequeño para lo que pasa en realidad, cuando el silencio se vuelve más seguro que la palabra.

El derecho ha intentado acercarse a eso, no de una sola vez sino a partir de casos que fueron empujando el problema hasta volverlo inevitable. Hubo un momento en que los propios medios empezaron a enfrentarse por lo que publicaban, y entonces la Suprema Corte de Justicia de la Nación, tuvo que decir algo que hoy ya nos parece común y evidente: que la libertad de expresión no se agota en quien habla, que también le pertenece a quien escucha, que sin esa circulación de ideas la discusión pública se empobrece hasta volverse irreconocible.

También tuvo que decir que eran inválidas las leyes vagas, esas que textualmente no impedían hablar de algo o de alguien, pero que lograban que se prefiriera no hacerlo. Bastaba una palabra (“denigrar”, por ejemplo) para que nadie supiera exactamente hasta dónde podía decir. Bastaba ver a alguien enfrentar una demanda larga por lo que escribió para que otros ajustaran el tono antes de meterse en problemas, bastaba una norma que hablaba de “ofender” o “perturbar” para que la línea dejara de estar clara. Y claro, no hacía falta sancionar, solo era suficiente que existiera el riesgo.

Pero las sentencias son papel, y la realidad en México es de plomo.

Desde el año 2000, más de ciento setenta periodistas han sido asesinados en México en posible relación con su trabajo, y la mayoría de esos casos sigue sin resolverse.

Mis amigos y amigas periodistas no solo tienen encima este riesgo que pesa, sino la manera en que viven con él, en atención constante, con la pregunta frente a lo que no encaja, con la necesidad de volver sobre una historia cuando algo no cierra completamente. No tienen una forma tranquila de mirar el mundo y tampoco pueden darse ese lujo, porque su trabajo es exactamente mirar lo que los demás preferimos no ver.

Día Mundial de la Libertad de Prensa-ONU. Imagen: UNESCO/Till Noon. Tomada de https://www.unesco.org/en/articles/world-press-freedom-day-2026-conference-shaping-future-peace?hub=370

Y aunque la Corte Interamericana y la Suprema Corte mexicana han reconocido que el poder debe tolerar la crítica, porque ahí es donde la sociedad se forma un criterio; entre ella y la redacción del periódico hay una distancia que se llena de otras cosas: de demandas que no buscan ganar sino agotar, procesos que se alargan, años defendiendo lo que ya se publicó. No prohíben, es que cansan; y cuando una persona se cansa lo suficiente, el resultado es que algo que debería haberse dicho no se dijo.

La libertad de prensa no desaparece de golpe; se va achicando, despacio, hasta que el espacio para decir la verdad es un poco más angosto que antes; y casi nadie lo nota porque el periódico sigue saliendo, la pantalla sigue encendida, y todo parece igual.

El 3 de mayo fue el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Podría quedarme en la efeméride correcta y los lugares comunes sobre la democracia, pero prefiero mirar a quienes no han aprendido a callarse. A quienes sostienen estos espacios: AM Hidalgo, EquisGente, Milenio Hidalgo; porque si hoy puedo escribir estas líneas es porque hay editores y editoras; directores y directoras, reporteras y reporteros que entienden que su responsabilidad no es con la prudencia, sino con hablar fuerte y claro. Gracias por no haber aprendido a callarse, gracias por recordarnos que, frente a lo políticamente correcto, la verdad sigue siendo el único suelo firme que nos queda; gracias por el ruido, porque mientras ustedes no bajen la voz, los demás no olvidaremos cómo suena la nuestra.

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