LA EXTRAÑA BIOGRAFÍA DE UNA CAPILLA

Visitar la Capilla de la Concepción Cuepopan importa porque no es solamente un edificio antiguo: es uno de esos lugares donde varias capas de la historia de la Ciudad de México permanecen una encima de otra. En muy pocos metros conviven la ciudad indígena, la Nueva España, el México Independiente, y la urbe cosmopolita que vemos actualmente.

Es una puerta a la antigua Tenochtitlan. Cuepopan fue uno de los cuatro grandes barrios o parcialidades indígenas de la ciudad mexica. Conserva una arquitectura poco común. Su planta hexagonal y su cúpula la distinguen de muchas capillas del Centro Histórico de la CDMX. Hay edificios más grandes y famosos, pero pocos tienen una forma tan singular.

Permite mirar el “otro” Centro Histórico. La mayoría de visitantes recorre el Zócalo, la Catedral o la calle Madero. “La Conchita”, a unas cuantas calles (Belisario Domínguez casi esquina con el Eje Central), ofrece al peatón una historia menos turística pero más íntima: plazas pequeñas, barrios antiguos y edificios que sobrevivieron casi en silencio.

“La Conchita”, traslada al transeúnte que visita el Centro Histórico de la Ciudad de México a otro universo en cuanto se detiene frente a ella. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Su uso original no fue el de una capilla independiente de barrio como podría pensarse al verla hoy. En realidad nació como una dependencia vinculada al enorme convento vecino de las concepcionistas, el primero para mujeres fundado en América. La capilla formaba parte del complejo religioso y servía para ceremonias devocionales y actividades afines.

Contrario a las capillas rectangulares, ésta tiene una planta hexagonal, algo hondamente raro en el Centro Histórico, y está cubierta por una cúpula semiesférica con linternilla. La fachada barroca está llena de símbolos: motivos vegetales, pilastras estriadas, un relieve de San Francisco de Asís y un nicho con la imagen de Jesús cargando la pesada cruz.

Aunque es muy pequeña, arquitectónicamente es una joya, la única sobreviviente de este tipo de capilla en el Centro Histórico. A finales del periodo virreinal fue cerrada y quedó abandonada. Luego, durante el siglo XIX, comenzó a utilizarse como depósito mortuorio para personas sin recursos, especialmente para pordioseros, menesterosos e indigentes.

De ahí nació el nombre popular de “Capilla de los Muertos”. Los cadáveres permanecían ahí mientras se resolvía su sepultura o traslado. Imaginar hoy esa pequeña plaza llena de árboles y personas caminando, sabiendo que durante muchos años ese sitio guardó, en silencio, decenas de cuerpos olvidados, cambia completamente la manera de apreciarla.

La inscripción en lo alto de una de sus paredes genera imágenes antiguas y obscuras en la mente del ciudadano del siglo XXI. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Tras quedar fuera de uso para fines religiosos, fue restaurada parcialmente. En el año de 1927 recibió reparaciones estructurales y poco después llegó a funcionar como pequeña biblioteca de la Secretaría de Educación Pública (SEP). En 1931 se le declaró, con toda ceremonia, Monumento Histórico. Luego pasó por periodos de abandono y restauración.

De acuerdo con las crónicas consultadas, hay además un suceso urbano importante: el sitio donde se encuentra, antiguamente llamado barrio Cuepopan, era uno de los cuatro grandes sectores indígenas de la antigua Tenochtitlan. Durante siglos fue una zona densamente habitada, pero las transformaciones del Centro Histórico cambiaron su paisaje.

Hoy parece un edificio aislado en una plaza, pero antes estaba inmersa en un barrio vivo. Lo que más impresiona al estar frente a ella es esa contradicción: el exterior es amable por sus proporciones pequeñas, su elegante cúpula, y su ambiente sereno. Pero durante una parte de su vida fue antesala del último viaje para quienes morían sin nombre o sin recursos.

Sobrevivió mientras muchas estructuras desaparecieron en su derredor. Pocas capillas de la Ciudad de México guardan una biografía tan extraña: convento, abandono, depósito de cadáveres, biblioteca y monumento histórico, todo en un mismo edificio. Por esa razón es que conserva una memoria social poderosa, como poderoso es su deseo de sobrevivencia.

La plaza es misteriosa y enigmática, y emana un ambiente amigable que contrasta con la biografía de la capilla. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

El hecho de haber sido llamada “Capilla de los Muertos” habla de una ciudad donde también existían los olvidados, personas sin recursos, sin entierro digno o sin familia. Porque los edificios históricos no sólo guardan la memoria de virreyes y personajes ricos y famosos; en realidad también guardan la de quienes pasaron desapercibidos, sin gloria.

Y quizá la razón más humana es la experiencia misma de llegar ahí. Uno viene por el Eje Central, entre ruido, comercios, y prisa. De pronto aparece esa pequeña construcción color rojo con su cúpula y su fachada de cantera. Da la sensación de que la ciudad se abre unos segundos y deja ver por una ventana antigua que normalmente permanece cerrada.

Para un historiador, un antropólogo, un periodista, un observador urbano, o un simple transeúnte curioso, sitios así tienen algo sumamente valioso, porque cuentan historias incluso antes de entrar. Hay edificios que se visitan para verlos, en cambio, la Capilla de “La Conchita” se visita para escuchar voces pasadas y ver escenas ya difuminadas…