UNA INUNDACIÓN, UNA CABEZA DE LEÓN Y EL RECUERDO DE UN DESASTRE
La inundación de 1629 provocó una profunda crisis humana, económica y social en la Ciudad de México cuando todavía se llamaba Nueva España. Aunque las cifras exactas de víctimas nunca pudieron establecerse con precisión, se sabe que fueron casi 30 mil muertos, algunos por ahogamiento y otros debido a las aguas insalubres estancadas y todas las enfermedades que de ellas emanaron.
Los cronistas novohispanos más observadores escribieron que las personas sobrevivientes padecieron mucha hambre, enfermedades y condiciones de extrema precariedad durante los cinco años que permaneció el agua en la ciudad; las principales causas de muerte, sin embargo, no fueron el ahogamiento directo, sino las epidemias, la escasez de alimentos y las malas condiciones sanitarias, según esos cronistas.
¿Pérdidas económicas? Cientos de casas quedaron inhabitables o colapsaron; conventos, iglesias, hospitales y edificios públicos sufrieron grandes daños estructurales; comercios y talleres perdieron mercancías, herramientas y materias primas; archivos, muebles, obras de arte y documentos históricos se dañaron o se perdieron, y muchas familias dejaron para siempre sus casas y sus propiedades.

Las calles quedaron convertidas en canales navegables. Durante años, las canoas fueron el principal medio de transporte dentro de la ciudad, y la situación fue tan grave que no pocos habitantes huyeron hacia poblaciones cercanas con terrenos más altos, como los pueblos de las laderas occidentales del valle. Total, la población de la capital disminuyó notablemente durante esa emergencia.
El desastre llevó al virrey a considerar el traslado de la capital del virreinato. Decía que la antigua Tenochtitlan era un lugar inadecuado para una gran ciudad debido a su ubicación lacustre. Sin embargo, la enorme inversión realizada durante más de un siglo, así como la importancia política y religiosa de la capital, hicieron que se decidiera permanecer en ella y reforzar las obras de desagüe.
La inundación de 1629 marcó un antes y un después. A partir de entonces, el control del agua se convirtió en una prioridad permanente para las autoridades, se aceleraron nuevos proyectos como el famoso Desagüe del Valle de México, antecedente de las formidables obras hidráulicas que, siglos después, transformarían radicalmente el paisaje lacustre del valle que en mucho luce como hoy se ve.
Una cabeza de león, de piedra, fue colocada décadas después como memoria permanente de aquella tragedia. Más que un simple ornamento arquitectónico, funciona como una marca histórica, una especie de regla monumental que permite dimensionar la magnitud del desastre. Verla obliga a levantar la vista e imaginar el agua cubriendo calles, puertas, ventanas y buena parte de los edificios coloniales.
En la actualidad, a más de dos metros de altura, incrustada en una pared del Centro Histórico, esa cabeza de león de piedra sigue observando el paso de los siglos. Miles de personas caminan frente a ella todos los días sin saber que ese rostro pétreo evoca aquel episodio en la historia de la capital, conocida como la gran inundación de 1629, cuando las aguas cubrieron la ciudad durante casi un lustro.

La escultura se encuentra en la esquina de las actuales calles de Madero e Isabel la Católica, en el corazón de la Ciudad de México. Su ubicación no es casual, marca el nivel que alcanzó el agua durante aquella catástrofe que transformó calles, plazas, conventos y viviendas en una inmensa laguna y recuerda que el 21 de septiembre de 1629, lluvias extraordinarias provocaron el colapso de las obras hidráulicas
Eran obras construidas para contener las aguas de los lagos que rodeaban la capital. La ciudad, levantada sobre la antigua Tenochtitlan, quedó sumergida y las canoas tomaron el lugar de los carruajes. Hoy es difícil concebir una inundación semejante en esta ciudad, sin embargo, la piedra permanece ahí para recordarlo, como cápsula del tiempo tallada en cantera que subraya la compleja relación entre la ciudad y el agua.
Tenochtitlan nació sobre un sistema lacustre y durante siglos, lagos y canales fueron la cotidianeidad de sus habitantes. La Conquista alteró ese equilibrio y con el crecimiento urbano, las inundaciones se convirtieron en amenaza latente. La de 1629 fue la más grave de todas, y la cabeza de león recuerda que esta ciudad sabe que su supervivencia depende de dominar las aguas sobre las que fue construida.

