LA CASA DEL CRISTO LLEGADO DE GUATEMALA

Un templo neogótico alberga en Moroleón una

imagen destinada originalmente a Guanajuato

La ciudad de Esquipulas, situada en el Departamento de Chiquimula, Guatemala, es el centro religioso más importante de Centroamérica. A su Basílica acuden, cada año, millones de visitantes, particularmente el 15 de enero, día en que las romerías, danzas y peregrinaciones convergen desde varios países para venerar al Cristo Negro, famosísima imagen de Jesús crucificado, tallado originalmente con tez morena, pero oscurecida por el humo de las velas, el contacto con los fieles y el paso del tiempo.

A principios del siglo XIX, vivía en dicho lugar un alarife (maestro de obras) y escultor llamado Alonso de Velasco, quien esculpió una réplica de la conocida efigie. Dado que entre sus aficiones se encontraba también el viajar, un día decidió llevar su escultura al Real de Minas Santa Fe de Guanajuato, en la Nueva España, sitio muy famoso entonces por la riqueza de sus minas de metales preciosos, para levantarle allí un nuevo sitio de adoración.

La torre-campanario domina el centro de la ciudad. Segunda imagen: la nave del recinto religioso.

Presto, cargó con lo necesario para la larga travesía, atravesó el río Suchiate y llegó a Tapachula, donde casualmente encontró a un comerciante del pueblo de Quiahuyo (sitio cercano a Moroleón), quien justamente se disponía a regresar a la Intendencia de Guanajuato, por lo que decidieron viajar juntos desde el sureste al centro del inmenso territorio novohispano.

Los viajeros atravesaron la Sierra Madre del Sur, cruzaron el Istmo de Tehuantepec, pasaron por la Verde Antequera (Oaxaca) y ascendieron hacia el altiplano por Puebla, vadeando ríos, superando barrancos y ocultándose de los ladrones. Una vez en la gran meseta mexicana, se encaminaron a la capital del país, admirando las inmensas cumbres nevadas del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, antes de emprender la ruta final hacia el Bajío.

Altar principal del santuario. En seguida: un rincón del interior de la iglesia.

Luego de tan agotador viaje, al llegar a Valladolid —hoy Morelia—, Velasco enfermó. Sin recuperarse del todo, optó por llegar hasta la cercana localidad de La Congregación, antiguo nombre del actual Moroleón. Allí, nuestro personaje fue alojado por don Agustín Guzmán. Sin embargo, el enfermo se agravó. Viéndose cerca de la muerte, dejó a su benefactor los pocos bienes que llevaba consigo, entre ellos una misteriosa caja, la cual cuidaba con especial esmero.

El viajero finalmente murió; era el año de 1805. Luego de darle sepultura, se llamó al cura de Yuriria, el padre Quintana, para que diera fe del contenido de la enigmática caja. De la misma, se extrajo la escultura del Cristo Negro, junto a un pergamino en donde se mencionaba su procedencia y se explicaba que era una copia fiel de la imagen del Señor de Esquipulas, y que había sido bendecida por el obispo de la Capitanía General de Guatemala, Luis de Peñalver y Cárdenas.

Los altares laterales del templo.

Al saberse de la misteriosa donación, corrió el rumor de que Guzmán había recibido un tesoro. La imagen fue colocada primeramente en un cuarto de la casa, ubicada sobre lo que ahora es la calle Juárez, misma que, por lo ya señalado, durante mucho tiempo fue conocida como “Calle del Tesoro”. Al año siguiente —1806—, inició la construcción de una capilla, dedicada al Señor de Esquipulitas —en diminutivo, como muestra de cariño—, pero la imagen no fue trasladada a su nuevo hogar hasta 35 años después, el 6 de enero de 1841.

No obstante, el templo se terminó mucho más tarde, debido a los continuos conflictos y a la falta de recursos en una población entonces demasiado pequeña. Por fin, en 1912 se concluyó, y fue consagrado al año siguiente. El resultado, luego de más de un siglo de trabajos, fue espectacular: aunque la iglesia consta de una sola torre, esta se levanta imponente a un costado del jardín principal, culminando en un pináculo-campanario de notable belleza, a más de 44 metros de altura.

Vista interior de la cúpula y una escultura.

El estilo de la construcción es mucho más fiel al neogótico que la famosa parroquia de San Miguel de Allende. No posee rosetón, pero a cambio muestra un reloj en la fachada. La cúpula es verdaderamente hermosa, tanto en el exterior como en el interior. La nave es luminosa e invita a la meditación. La planta es de cruz latina y, además del altar principal posee dos retablos en el crucero, todos en estilo neogótico, aunque el recinto muestra también detalles neoclásicos.

Dos capillas más, a derecha e izquierda del altar, completan el conjunto religioso. Asimismo, del techo penden candiles que, por las noches, resaltan los detalles del interior. Igualmente, cuenta con su respectivo órgano tubular. No cuenta con atrio central, pues se accede al recinto prácticamente desde la misma calle, pero sí existe un espacio lateral donde se levanta, en un rincón, una casi inadvertida pero bella cruz atrial de cantera rosa. En otro rincón, una campaña, lamentablemente sobre el suelo, perece protestar por la basura y la presencia invasora de un par de motocicletas.

El órgano tubular de la iglesia, la hermosa cruz atrial y una campana casi olvidada.

Moroleón, como se sabe, es el núcleo de la región textil más importante del estado, pero fuera de las fábricas, los talleres, los almacenes y las tiendas grandes y pequeñas, conserva aún la quietud provinciana del pasado, pese a la multitud de motonetas que pululan por sus calles. Por la tarde, la ciudad se sumerge en un silencio poco común; la gran mayoría de los comercios cierran sus puertas, la gente se refugia en sus hogares. Desde el jardín, junto al infaltable y armonioso kiosco, la esbelta torre de templo se levanta como inamovible vigía y protector de la comunidad que un día decidió alojar al Cristo Negro procedente de las lejanas tierras guatemaltecas.

Vistas a las dos capillas laterales.