¡EL CARTERO!

Obra de Rodrigo de la Sierra Díaz, realizada en bronce y acero inoxidable, Timoteo mide 132 x 24 x 40 centímetros y representa al cartero, principal personaje del correo. En esta obra, “Timo”, como cariñosamente le llama el público, lleva un gran costal a cuestas que, sin importar el tamaño, entrega puntualmente para cumplir con su honorable misión.

Ubicada en uno de los pisos superiores del Palacio Postal de la Ciudad de México, la obra sirvió de modelo para el diseño de la estampilla conmemorativa alusiva al 9 de octubre “Dia Mundial del Correo” en el año 2018, día especial para los correos de los 192 países miembros de la Unión Postal Universal. “Timo” es bonito, simpático, y parece amigable.

Los datos técnicos de esa estampilla son: Tamaño, 24 x 40 milímetros; perforación, 13 de peine; impresor, Talleres de Impresión de estampillas y valores (TIEV); precio al público usuario de estampillas o timbres postales, $13.50; diseñadora, Nancy Torres; tiraje, 100 mil estampillas. Lo anterior es el preámbulo para destacar la labor del cartero de a deveras.

Su nombre oficial es “El Mensajero”, pero para el público se llama “Timoteo”, y cariñosamente, “Timo”. A lado de su imagen, fotografías históricas dejan ver los inicios del correo moderno. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Lo primero que se debe comprender es que el oficio de carteras y carteros es una enorme distinción de honor cuya labor se remonta a la época anterior a la llegada de los españoles a estas tierras. Durante la época prehispánica existían los Paynani, mensajeros al servicio del Tlatoani o Emperador, quienes recorrían grandes distancias caminando o corriendo.

Caminaban o corrían de acuerdo con la urgencia con que se debía entregar cada mensaje al emperador. Eran conocidos por su rapidez, pues los mensajes que portaban no eran de ninguna manera públicos, nadie podía saber del mismo. Sin embargo, no era necesario escucharlos para saber si eran buenas o malas noticias, bastaba con observar al payn.

Las vestimentas anunciaban el tipo de mensaje: si ataba su manta al cuerpo y recogía su cabello, el mensaje era bueno; si se trataba de algún desastre, el payn era silencioso y sus cabellos sueltos cubrían su rostro; si se vestía con un lienzo blanco de algodón y trenzaba su cabello con listones de colores, la noticia significaba la victoria en alguna batalla.

Desde entonces, a pesar de que los mensajes se llevaban de un lado a otro verbalmente y no escrita, el servicio era profesional. Al llegar al palacio, el Tlatoani los retenía hasta que llegara otro mensajero que confirmara la noticia, si resultaba falsa, el castigo era la muerte, si era verdadera, el emperador le daba regalos para corresponder a su esfuerzo.

Durante la Época Colonial, Martín Enríquez de Almanza, Virrey de 1568 a 1580, solicitó al Rey Felipe II de España un favor: que sus criados Diego de Daza y Martín de Olivares pudieran obtener algún cargo, por lo que en la Real Cédula del 27 de agosto de 1580 se otorgó el título de Correo Mayor de toda la Nueva España al tal don Martín de Olivares.

Otras imágenes históricas muestran los comienzos del correo moderno. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Era un oficio vendible y renunciable. Durante ese tiempo organizó los correos de México, Veracruz, Puebla, Oaxaca, Querétaro, y Guanajuato. Tras la muerte de Olivares en 1604, el Virrey Juan de Mendoza y Luna puso en remate la venta del oficio, adquiriéndolo Don Alfonso Diez de la Barrera quien obtuvo el título con vigencia hasta el año de 1765.

Durante esos años se establecieron nuevas rutas, se contrataron mensajeros de a pie, y se instituyeron correos a caballo para agilizar la entrega de la correspondencia de acuerdo con el crecimiento de las ciudades. En el siglo XVIII se instalaron los primeros buzones y durante el imperio de Maximiliano se estableció el uso de sobres para mejor control de la correspondencia.

Ya en el Porfiriato, en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, el uso del ferrocarril permitió llegar a otras latitudes de la geografía nacional y agilizar el servicio, así como la necesidad de crear una oficina central lo suficientemente grande para poder ofrecer el servicio demandado, lo que hoy en día conocemos como El Palacio Postal.

El Oficio de cartero fue reconocido hasta 1931, celebrándose el 12 de noviembre como el “Día del Cartero” para conmemorar la hazaña de un trabajador postal durante los años de la Revolución Mexicana. Se cuenta que un vagón de ferrocarril cargado con 50 millones de pesos en oro y correspondencia de carácter militar se accidentó de manera aparatosa.

Uniformes, mochilas, bicicletas y otros objetos propios del oficio se exponen en el Palacio de Correos. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Esa tragedia cobró la vida de un centenar de personas. Un cartero, en una acción honesta, resguardó, custodió el oro y correspondencia para que llegaran a su destino. Dicha acción fue observada por el Coronel Luis G. Franco, y propuso a Pascual Ortiz Rubio, presidente de México de 1930 a 1932, reconocer esa gran acción instituyendo el “Día del Cartero”.

En 1947 se emitió por primera vez una estampilla dedicada a tan noble oficio. En 1978 se contrataron en Mexicali las primeras mujeres carteras del país, luego fue en el estado de Coahuila, posteriormente en Zacatecas, y después en Jalisco hasta llegar a prácticamente todas las entidades de la república, adaptándose a todas las necesidades de los usuarios.

El Servicio Postal Mexicano se ha mantenido vigente a lo largo de los siglos, innovando su actividad de acuerdo con las nuevas tecnologías. Contrario a lo que pudiera pensarse, el oficio se mantiene presente en la vida cotidiana, haciendo llegar cada día y de manera segura y oportuna miles de cartas y paquetes a toda la geografía nacional e internacional.

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