LAS BANCAS DE GUANAJUATO. CRÓNICA DE LA PAUSA EN UNA CIUDAD QUE NO SE DETIENE

Guanajuato es una ciudad irresistible en la que el tiempo parece haberse quedado, como muchos visitantes, a vivir sin prisa entre sus cerros, edificios históricos, árboles centenarios y aromas que se niegan a desaparecer del todo. A pesar de la modernidad, las tendencias y la gentrificación e incluso entre semáforos que irrumpieron la cotidianidad de una vida costumbrista, las bancas permanecen estoicas resistiendo el ritmo frenético del turismo y la prisa. 

Las encontramos en medio de los callejones, coronando las plazas, flanqueando el bullicio del centro histórico. Se han vuelto tan rutinarias como nuestras propias extremidades en las que no reparamos hasta que nos duelen o se encuentran inmovilizadas; tampoco reflexionamos en la inmensa utilidad de una banca hasta que el cuerpo exige descanso. 

Son pequeñas islas de tregua dentro del abigarrado barullo de una ciudad acostumbrada a no parar jamás. El refugio del estudiante inquieto que desea comerse al mundo, del turista que frena el vaivén de los transeúntes para poder capturarlo todo con la prisa de su lente o el clic de su celular, y de aquellos que simplemente deambulan porque la vida es así. Sentarse en una banca es tomar un respiro en medio del sofoco, es el freno preciso para observar y enlazarnos, de forma anónima, con las miradas ajenas. 

Esas bancas frías de hierro colonial también hacen las veces de confesionarios laicos al aire libre. Si fuera posible podrían narrar tantas historias. (Fotografías tomadas de internet)

Cientos de historias se cruzan a su alrededor. Quienes permanecen sentados subsisten como hilos sueltos de un entramado complejo, simplemente dejándose mecer por el viento esperando tal vez a una persona, un milagro o la llegada de un pensamiento afortunado. Ocuparlas implica contemplar lo cotidiano: las texturas de la ropa, el tránsito de los perros, las sonrisas o la seriedad en los rostros.

En sus respaldos descansan todos los matices de la vida. Las personas de la tercera edad que recargan el peso de los años; empleados que necesitan vaciar sus preocupaciones antes de volver a la oficina; madres exhaustas y estudiantes preocupados por las próximas entregas de sus proyectos. En ese reposo, las conversaciones espontáneas surgen de la nada entre desconocidos; se habla de los hijos que se han ido, del sustento cada vez más pequeño, los precios de la canasta básica, o del próximo concierto en el Teatro Juárez.  

El paisaje humano se complementa con la persistencia de la tierra. Hay adultos alimentando palomas en medio del desafío de los niños que corren a asustarlas, músicos que hacen un alto en su repertorio, transeúntes tomando café, guías en busca de un cliente potencial, tejedores de pulseras y vendedores de todo y nada. 

Esas bancas frías de hierro colonial también hacen las veces de confesionarios laicos al aire libre. Si fuera posible podrían narrar tantas historias. Como los primeros encuentros de quienes hoy ya tienen nietos; los besos que vieron nacer y morir, las reconciliaciones de los enamorados, pero también rupturas y despedidas.  

Han escuchado lecturas solitarias y en pareja, conciertos de la banda del estado, discursos de los políticos en medio de conmemoraciones tradicionales. A veces también han sido secuestradas por negocios cercanos, comerciantes en turno o vagabundos sin hogar. Marchas, desfiles, competencias y protestas que el viento ya se llevó sucedieron frente a ellas. También han resguardado objetos que se quedan olvidados por las prisas o una preocupación que nubló la memoria: un libro, unas llaves, el abrigo del pequeño. 

Los chismes más jugosos, el recuento de muertes, bodas y nacimientos que se disuelven acompañando al polvo que viaja a través del aire. En ellas se evapora el peso del hambre de quienes apenas tienen diez minutos para devorar un almuerzo sin tiempo para percibir sus sabores.  

Y así como todo cambia, donde antes se desdoblaba el periódico o se intercambiaban saludos de mano hoy abundan los rostros con filtro iluminados por pantallas de cristal. Sin embargo, la esencia permanece intacta. Continúan ofreciendo ese pequeño paréntesis que permite detener el paso, aunque sea para responder mensajes pendientes, revisar likes, devolver llamadas perdidas o subir un video del momento; las bancas siguen siendo paradores de los andantes. 

Las bancas son pequeñas islas de tregua dentro del abigarrado barullo de una ciudad acostumbrada a no parar jamás. (Fotografías tomadas de internet)

A diferencia de otros espacios de la ciudad privatizados o restringidos, ellas no distinguen entre profesiones, ingresos o procedencias. Ahí donde descansa un turista extranjero tras recorrer el entramado de los túneles se sentará minutos después el intendente agotado de su jornada. Todos comparten el mismo espacio, el mismo respaldo de hierro frío, la misma sombra y el mismo derecho inalienable a ocupar un lugar en la ciudad que habitamos.

Las bancas son esos testigos invisibles de Guanajuato que siempre han permanecido porque mientras la ciudad cambia de rostro, derribando edificios y acelerando sus ritmos, el ser humano sigue necesitando lo mismo que hace tres siglos: un lugar donde sentarse a pensar, a esperar o a descansar. 

Es así como siguen cumpliendo una tarea sencilla, esencial y casi subversiva: recordarnos que también existe un valor inmenso en el acto de quedarse quieto. Que no todo ocurre en movimiento; de hecho, las mejores historias nacen precisamente cuando alguien decide permanecer unos minutos más antes de continuar su camino.