EDIFICIO GUARDIOLA, UN LIBRO DE HISTORIA ABIERTO

En el Centro Histórico de la Ciudad de México hay una esquina que durante años ha sido estampa que ha dado la vuelta al mundo. Está en el cruce de las avenidas Cinco de Mayo, Francisco I. Madero y el Eje Central Lázaro Cárdenas. En ese predio han existido varias construcciones célebres y su predio ha sido testigo del desarrollo histórico de la capital.

Tras la Conquista, durante el siglo XVI ese terreno era parte del entorno del Convento de San Francisco, el complejo religioso más extenso e influyente de la Nueva España. Desde allí salían enormes procesiones religiosas y su plazuela era centro donde se daban cita los más importantes representantes del poder religioso, comercial y político de esa época.

La ciudad creció muy pronto y debido a la fragmentación de los bienes de la Iglesia, ese predio se puso a la venta y pasó a ser propiedad de particulares. Uno de ellos, el primero, fue el Marqués de Santa Fe de Guardiola, quien construyó allí su residencia. Esa casona y sus habitantes dieron nombre a la Plaza Guardiola, sobrenombre que hasta la fecha tiene.

El Edificio Guardiola, vecino discreto del Palacio de Bellas Artes y la Torre Latinoamericana, ocupa un predio del que se podrían escribir libros completos. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Más adelante, por esa esquina avanzó el Ejército Trigarante el 27 de septiembre de 1821 en su camino de entrada triunfal a la Ciudad de México. Luego, las Leyes de Reforma emitidas por Benito Juárez generaron un cambio sustancial en esa zona franciscana, ya que se demolió gran parte de los edificios conventuales que llevaban casi tres siglos allí.

Por alguna razón, que ni los historiadores de esa parte de la historia de México han sido capaces de ponerse de acuerdo, en la segunda mitad del siglo XIX, la familia Escandón compró el inmueble pero lo mandó tirar para levantar una residencia cuya parte de arriba decoró con esculturas caninas, por lo que se le conoció como “La casa de los perros”.

La desbordada imaginación y jocoso ingenio que siempre ha tenido la población de la Ciudad de México provocó que surgieran leyendas en torno a esa casa. La voz popular aseguraba que de noche esos perros de cantera cobraban vida y ladraban hasta que a los vecinos se les ponían los pelos de punta, los nervios se les hacían polvo, y no dormían. 

Por dos razones esa casa pasó a la historia como un inmueble peculiar. Por un lado, esa casa, grande y de varios niveles, fue blanco de muchos fotógrafos de la época porfiriana por su belleza, lujo y buen gusto. Por otro, era punto de encuentro para amigos que iban de paseo a la Alameda Central o de día de campo hasta el viejo Bosque de Chapultepec.

Desde 1947, de frente al Palacio de Bellas Artes, y flanqueado por el Palacio Postal y la Torre Latinoamericana, en ese predio está un edificio de fina cantera gris el cual, para no perder el hilo histórico, se llama “Edificio Guardiola”, dejando atrás casas a los frailes franciscanos, a los nobles novohispanos, y a los pudientes y comerciantes del Porfiriato.

El “Edificio Guardiola” obedece a un proyecto del arquitecto Carlos Obregón Santacilia, “figura esencial de la arquitectura mexicana moderna”, como anexo del Banco de México, cuyo edificio fue inaugurado en 1905 a 20 pasos de allí. La institución debía ampliar sus instalaciones administrativas y de seguridad sin alterar la imagen de su edificio principal.

Por eso, de acuerdo con esa institución financiera, la modernización del país terminó por cambiar nuevamente el destino del predio. En los años 30, adquirió el predio para ampliar su complejo institucional. Demolió la antigua residencia y encargó el proyecto al mismo Obregón Santacilia, maestro para intervenir edificios históricos sin romper el entorno.

¿El resultado? Un edificio de nueve niveles, tres de ellos subterráneos. En esos sótanos se instalaron las bóvedas bancarias, las áreas de vigilancia y los servicios técnicos. La planta baja se destinó a actos institucionales y los pisos de arriba a tareas administrativas. La estructura soporta el enorme peso de las bóvedas y el eterno hundimiento de la CDMX.

Por su parte, el Fideicomiso CDMX informó que desde el punto de vista arquitectónico, el “Edificio Guardiola” representa la etapa de transición de Carlos Obregón Santacilia. La historiadora Graciela de Garay lo identifica como parte de su periodo protorracionalista: “Un edificio donde el funcionalismo convive con los discretos elementos del art déco”.

A diferencia de numerosos inmuebles del Centro Histórico, el “Edificio Guardiola” no ha cambiado de función desde que fue edificado. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

La fachada está revestida con cantera chiluca, tiene mármoles en sus interiores y presenta una singular marquesina octagonal sobre el acceso principal, una de las soluciones más refinadas de la arquitectura moderna mexicana. Y a diferencia de numerosos edificios del Centro Histórico, el “Guardiola” no ha cambiado de función desde que fue edificado.

Continúa formando parte del complejo del Banco de México, albergando varias oficinas especializadas, áreas técnicas y espacios de alta seguridad. Su larga permanencia refleja la continuidad institucional del banco central, y explica por qué el inmueble ha sufrido muy pocas modificaciones visibles en casi ochenta años, explica la Mediateca del INAH⁠.

El “Edificio Guardiola” permanece discreto, silencioso. Basta verlo bien para comprender que no es sólo un inmueble de oficinas, es un libro de piedra donde pueden leerse huellas del convento franciscano, el recuerdo de un marquesado novohispano, la memoria de la “Casa de los Perros” y el nacimiento de la hermosa arquitectura moderna de México.