TEATRO FRU FRU, ESCENARIO DE ESPLENDOR, ESCÁNDALO Y OLVIDO
Símbolo de progreso durante el porfiriato, el Teatro Fru Fru fue inaugurado el 1 de enero de 1899 como Teatro Renacimiento, fue el primer recinto teatral del país que contó con iluminación eléctrica. Más de un siglo después, sus butacas vacías y rica ornamentación sólo son testimonio de una época en que el teatro era un importante escaparate social.
En el número 24 de la calle Donceles, en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, permanece cerrado ese inmueble, uno de los más fascinantes de la vida cultural del país. Su historia comienza sobre el terreno donde se encontraba parte del extinto Gran Teatro Nacional, por mucho, el recinto escénico más importante del siglo XIX mexicano.
Fue demolido para permitir la prolongación de la calle 5 de Mayo y la modernización urbana impulsada por el gobierno de Porfirio Díaz. Sobre una fracción de aquel predio nació el Teatro Renacimiento, concebido para representar la modernidad de una ciudad que comenzaba a electrificarse, que ya contaba con teléfonos, automóviles, y tranvías.

Su apertura constituyó todo un acontecimiento para la élite capitalina. La iluminación eléctrica, una novedad en el país, su elegante decoración inspirada en el estilo Napoleón III, y una capacidad cercana a las mil 300 localidades pronto lo convirtieron en uno de los teatros más sofisticados de todo México; presentaba zarzuelas, dramas y óperas mundiales.
Los periodistas de la época reseñaron las “largas filas de asistentes vestidos de gala” para presenciar esos espectáculos. En 1906, el rico empresario Francisco Cardona adquirió el edificio y decidió bautizarlo con el mismo nombre de su esposa, la célebre actriz Virginia Fábregas. Y bajo esa denominación, el recinto vivió una de sus etapas más radiantes.
Fábregas, considerada por esos mismos periodistas como una de las grandes figuras del teatro mexicano, convirtió el escenario en punto obligado para las compañías nacionales e internacionales que visitaban la capital. Sin embargo, como la propia ciudad, el teatro conoció también la decadencia debido a los movimientos sociales, políticos y culturales.
Los cambios posteriores a la Revolución, el surgimiento del cine y la transformación de los hábitos de entretenimiento fueron restándole protagonismo. Durante varias décadas alternó periodos de actividad con cierres prolongados, mientras había rumores sobre su demolición que, por fortuna, nunca ocurrió. La historia dio un giro inesperado en 1973.
Ese año, la actriz y cantante Irma Serrano compró el inmueble. Luego de una profunda remodelación decidió rebautizarlo como Teatro Fru Fru, nombre cuya procedencia nunca ha sido del todo aclarada, aunque suele asociarse al sonido que hacen las telas elegantes al rozarse. Artista talentosa, atrevida e irreverente, Serrano incorporó cambios radicales.
Apodada “La Tigresa”, esa legendaria mujer convirtió el recinto en un enorme espacio provocador donde el cabaret, la revista musical y montajes de temática sexual rompieron con muchos de los tabúes de la época. En su escenario actuaron directores, cantantes y actores que marcaron a numerosas generaciones de mexicanos y turistas extranjeros.
También sirvió como locación cinematográfica y televisiva, gracias a la extraordinaria conservación de su arquitectura interior: balcones ornamentados ricamente hasta el grado de la extravagancia, escalinatas majestuosas, candiles elegantes, terciopelos por doquier, y un amplio vestíbulo que hasta la fecha conserva la atmósfera de finales del siglo XIX.

Líos legales relacionados con la propiedad, elevados costos de mantenimiento y largos periodos de inactividad, minaron su funcionamiento a lo largo de los años. Aunque ha tenido reaperturas esporádicas para conciertos y obras teatrales, la mayor parte del tiempo permanece cerrado, protegido más por su valor histórico que por su actividad escénica.
Alrededor del Fru Fru florecieron las leyendas. Durante los años recientes, actores y tramoyistas han hablado de apariciones, sombras y presencias inexplicables alrededor de la escultura de un fauno ubicada en el vestíbulo, a la que algunos artistas acostumbraban saludar antes de cada función, como una especie de ritual para atraer la buena suerte.
Más allá de lo sobrenatural, esas historias forman parte del imaginario que rodea a ese singular edificio teatral. Hoy, desde la calle, a través de una pesada reja apenas se deja entrever la penumbra del recinto. El Fru Fru ya no levanta el telón todas las noches, pero aún representa una de las páginas más intensas de la historia escénica de la capital del país.

