CUANDO MÉXICO COMENZÓ A IMPRIMIR SU MEMORIA

En una casa de la antigua calle de San Agustín, frente al convento del mismo nombre, Antonio de Espinosa levantó en 1559 el segundo taller de imprenta de la Nueva España. Allí, entre tinta, papel, tipos de metal y el golpe de una prensa de madera, se imprimieron libros y textos que son piezas fundamentales para la memoria cultural del México actual.

Muchas calles del Centro Histórico esconden historias extraordinarias bajo sus nombres cotidianos. Una de ellas es República de Uruguay. Hace casi cinco siglos se llamaba calle de San Agustín y por ella caminaban soldados, frailes, indígenas, comerciantes, artesanos, escribanos y funcionarios de una ciudad que se edificaba sobre México-Tenochtitlan.

En ese paisaje, hacia 1559, comenzó a trabajar Antonio de Espinosa. Y su historia tiene una pequeña intriga urbana: ¿En qué calle estuvo realmente su imprenta? La referencia histórica más firme la proporciona el bibliógrafo Joaquín García Icazbalceta: la casa estaba en la antigua calle de San Agustín, “frontero del monasterio”, frente al convento.

Don Antonio el impresor trabajó en este sitio y, con ello, comenzó a documentar la historia de México. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Incluso logró identificarla como la casa que posteriormente correspondió al número 2 de esa calle. Los propios libros impresos por Espinosa ayudan a confirmar la ubicación, ya que algunos señalan que fueron hechos “junto a la iglesia del Señor San Agustín”. De ahí surge la confusión moderna con Isabel la Católica y otras referencias de ese entorno.

El conjunto agustino ocupaba un espacio cuya traza y nomenclatura cambiaron con los siglos. Y aunque Isabel la Católica aparece en algunas reconstrucciones y referencias contemporáneas, la evidencia bibliográfica que identifica el taller apunta a San Agustín, la actual República de Uruguay. No hay pruebas para hablar de dos talleres distintos.

Espinosa no fue el primer impresor de México. La imprenta había llegado a la Nueva España alrededor de 1539, cuando el sevillano Juan Cromberger envió a Juan Pablos para establecer aquí el primer taller. Espinosa llegó después. De origen español, se incorporó a ese taller y aprendió el oficio, fundir y cortar los tipos metálicos con que se componían las páginas.

Pero quiso tener su propia imprenta y romper el monopolio. Obtuvo autorización de la Corona y en 1559 comenzó su actividad independiente. La UNAM señala precisamente ese año como el inicio de su producción, y 1576 como el final de su ciclo documentado. Aquello fue más que competencia entre dos hombres, fue el fin del predominio de un solo taller.

Tal situación abrió una nueva etapa para la producción de libros en la Nueva España. La prensa de Espinosa comenzó a trabajar en una ciudad donde los libros eran todavía unos objetos escasos y costosos, mientras conventos y colegios necesitaban textos para poder enseñar, evangelizar y formar a sus miembros; de esa casa salieron libros extraordinarios.

Su primer impreso conocido fue la GrammaticaMaturini, de fray MaturinoGilberti (1559), dedicada al estudio del purépecha. En 1560 apareció el Túmulo Imperial, de Francisco Cervantes de Salazar, relacionado con las ceremonias realizadas en México por la muerte de Carlos V. Y en 1561 llegó una de las joyas de la tipografía mexicana del siglo XVI, el MissaleRomanum.

Espinosa también imprimió en 1565 los Confesionarios, de fray Alonso de Molina y, seis años después, en 1571, una obra fundamental, el Vocabulario en lengua castellana y mexicana. El ejemplar está documentado como impreso totalmente “en casa de Antonio de Spinosa” y constituye una pieza esencial para la historia del español y del náhuatl.

Y mientras Espinosa trabajaba, la Ciudad de México era un hervidero de contrastes: los conventos multiplicaban sus edificios, los religiosos aprendían lenguas indígenas, los mercados recibían mercancías de distintas regiones, los pregoneros anunciaban productos y noticias, los artesanos laboraban en pequeñas tiendas, y los escribanos llenaban documentos.

Don Antonio transformó la historia tipográfica novohispana. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Por eso, aquella prensa no solamente reproducía textos religiosos. También contribuía a fijar por escrito las lenguas indígenas, algo valiosísimo en la sociedad novohispana. En esa ciudad, la imprenta tenía una importancia capital y un libro podía ser un instrumento de evangelización, un manual para aprender una lengua, un texto jurídico, un misal o una herramienta de enseñanza.

Las campanas marcaban las horas y las calles mezclaban castellano, náhuatl y otras lenguas. Y para producir libros había que contar con trabajadores, papel, tinta, matrices, tipos, grabadores, y correctores capaces de manejar una tecnología todavía nueva en estas tierras. Espinosa hizo de su taller un centro de esa actividad con muy buenos resultados.

Su legado sobrevivió tras su muerte. La continuidad de su taller quedó vinculada con su familia y con otros impresores. Su producción abarca 17 años, de 1559 a 1576, periodo suficiente para transformar la historia tipográfica novohispana. Hoy podemos mirar esa calle y esa casa como el sitio donde México comenzó a imprimir su propia memoria.

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