AQUÍ SE ELABORÓ “EL FISTOL DEL DIABLO”

Antes de convertirse en uno de los grandes narradores del México del siglo XIX, Manuel Payno fue, como tantos habitantes de aquella ciudad, un hombre de calles. En el número 23 de la antigua Santa Clara, hoy calle de Tacuba 53, en el corazón del Centro Histórico, estuvo una de las casas vinculadas con su vida, con su obra y su enorme legado literario.

Desde ese punto de la capital, donde se mezclaban los pregones, carruajes, comerciantes, religiosos, soldados y paseantes, Payno aprendió a mirar una ciudad que, con su talento y curiosidad, con el paso de los años convertiría en materia de novela. Había nacido el 21 de junio de 1810, cuando la Nueva España todavía no era el país que ahora conocemos.

Murió el 4 de noviembre de 1894, después de haber atravesado con su vida casi todo el turbulento siglo que vio nacer y transformarse a la República. Entre esos dos extremos caben guerras, invasiones, crisis económicas, viajes y cargos públicos. También dos de las grandes novelas de nuestras letras: El fistol del diablo y Los bandidos de Río Frío.

En Tacuba 53, donde se ubica una casa relacionada con su vida, no sólo puede buscarse a Manuel Payno el escritor, también al hombre que aprendió a mirar la ciudad. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Payno hizo algo que pocos escritores de su tiempo consiguieron con semejante amplitud: Convirtió la vida cotidiana de los mexicanos en literatura. Sus páginas cuentan historias, guardan el ruido de las calles y caminos, los oficios, los personajes anónimos, los cafés, mercados, las comidas, y las desigualdades del país que aprendía a llamarse República.

Fue novelista, pero también periodista, diplomático y estudioso de la economía. Ocupó cargos públicos y estuvo relacionado en distintos momentos con la administración de la Hacienda Pública. También viajó por Estados Unidos y Europa, experiencias que ampliaron su conocimiento de otras sociedades y de sus sistemas económicos y políticos.

Desde muy joven colaboró en periódicos y revistas y cultivó el cuento, la crónica, el relato de viajes, el costumbrismo y la novela por entregas. El Instituto de Investigaciones Bibliográficas (IIB) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) lo mira como uno de los autores que impulsaron estos géneros en México durante el siglo XIX.

Vivió en un país que parecía no tener descanso: la Independencia recién consumada, los conflictos entre liberales y conservadores, la guerra contra Estados Unidos, la Reforma, la Intervención francesa y el Imperio de Maximiliano formaron gran parte del escenario histórico de su existencia. Todo ello terminó filtrándose en sus apasionantes libros.

Un fistol y la ciudad. Entre 1845 y 1846, Manuel Payno publicó por entregas El fistol del diablo, una novela extensa, ambiciosa y llena de personajes, aventuras y escenarios mexicanos. El objeto que da título a la genial obra (un fistol de diamantes) circula entre diferentes manos y se convierte en vehículo de ambiciones, deseos, intrigas y desgracias.

Ese fistol es una puerta para observar una sociedad seducida por el lujo y lo europeo. En la obra tienen gran importancia los objetos materiales, el consumo y las tensiones sociales de aquel México. La novela incorpora hechos históricos como la guerra México-Estados Unidos de 1846-1848, mezclando ficción y realidad, apoyando al desarrollo de la novela histórica.

Su conocida obra, Los bandidos de Río Frío, llegó entre 1889 y 1891 también por entregas, y se convirtió en una de las novelas fundamentales de la literatura mexicana del siglo XIX. Aquí, Payno llevó hasta sus últimas consecuencias su mirada sobre México: hay bandidos, policías, funcionarios, comerciantes, indígenas, campesinos, aristócratas, y gente humilde.

Aparecen mujeres de distintas condiciones sociales, soldados, cocineras, vendedores y viajeros. Hay caminos peligrosos, haciendas, mercados, casas, fondas y calles. La novela permite reconstruir, con detalles bastante ilustrativos, buena parte de la vida urbana de esa época, sus costumbres, sus desigualdades, sus oficios y sus formas de relacionarse.

La casa donde se escribieron dos enormes novelas de la literatura en español se encuentra en la CDMX: es la misma casa donde vivió Manuel Payno. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Payno construyó en esta obra una auténtica geografía cultural de la capital. Hasta aparece Tacuba. En uno de los pasajes, una yerbera se instala en la calle para ofrecer sus variados productos. Es apenas una escena dentro de una novela enorme, pero sirve para entender la manera en que Payno recogía lo aparentemente pequeño y lo convertía en memoria.

Para Payno, México no estaba solamente en los palacios, los campos de batalla o los discursos políticos. Estaba también en una calle de Tacuba, en un mercado, en un camino de tierra o en la charla de dos desconocidos. Por eso su obra conserva un valor más allá de la ficción. Sus novelas son también testimonios de una sociedad en transformación.

Por esa razón resulta sugerente seguir sus huellas en el Centro Histórico. En Tacuba 53, donde se ubica una casa relacionada con su vida, no sólo puede buscarse al escritor, también al hombre que aprendió a mirar la ciudad. Porque Manuel Payno no inventó aquel México desde la distancia, lo caminó, lo escuchó y lo convirtió en buena literatura.

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