EL DEVENIR DE LA CALLE CHANEQUE
En la Ciudad de México hay calles que pierden su nombre y las placas que las identifican en cada esquina desaparecen, o quizá se quedan allí para la posteridad. Y aunque varias generaciones olvidan cómo se llamaron, con el tiempo, los nombres antiguos se quedan escondidos en los archivos, los mapas y los libros. Ese es el caso de Chaneque, una vieja calle del Centro Histórico que actualmente forma parte de República de El Salvador.
Pero aquella calle guarda una historia mucho más rica que la simple sustitución de un nombre por otro. Hoy, cuando se escucha la palabra “chaneque”, inmediatamente se piensa en esos pequeños seres fantásticos de la tradición popular mexicana, relacionados con bosques, montes, ríos y lugares apartados. Pero el Gran Diccionario Náhuatl de la UNAM ofrece una explicación mucho más antigua y reveladora, muy interesante, por cierto.
Chaneque aparece en documentos novohispanos con significados como “moradores”, “vecinos”, “naturales”, “habitantes”, o “vecinos de”. El singular “chane” significa, entre otras cosas, “habitante”, “vecino” y “dueño de casa”. La palabra, por lo tanto, no debe interpretarse automáticamente como “calle de los duendes”. Documentación lingüística disponible apunta primero hacia algo mucho más cotidiano: los habitantes de un lugar.

Lo anterior resulta particularmente hermoso para una calle: un nombre que en su raíz indígena hablaba precisamente de quienes la habitaban, y los estudios sobre la ciudad permiten seguir la transformación de sus nombres a lo largo del tiempo. No era extraño que una misma calle recibiera diferentes denominaciones según el tramo. La Ciudad de México colonial y decimonónica no tenía la nomenclatura uniforme que conocemos hoy.
Las calles podían identificarse por un templo, un convento, una actividad, un personaje, una construcción singular o algún rasgo del propio lugar. Por eso, la calle República de El Salvador es hoy una especie de collage de antiguas calles: Chaneque, Nahuatlaco y Arco de San Agustín, fueron algunos de sus nombres anteriores. Pero el dato más sorprendente de esta historia está en una casa.
Un documento conservado por el Recinto de Homenaje a Benito Juárez señala que Anastasio Zerecero nació el 27 de abril de 1799 en la vivienda número 1 de la calle de Chaneque, en la Ciudad de México. A él se debe el libro Memorias para la Historia de las Revoluciones en México, publicada en 1869 y la Biografía detallada del presidente Juárez, fallecido en 1872 en su habitación del Palacio Nacional, a unas cuadras de allí.
Zerecero fue abogado, militar, político e historiador. Participó activamente en la lucha por la Independencia, formó parte de la vida política del México recién emancipado, y dejó un importante legado literario e histórico. El Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM señala que militó en las filas liberales del movimiento independentista y que sus memorias constituyen “un testimonio de acontecimientos de los que fue actor o testigo”.
Mucho antes de llamarse República de El Salvador, otro nombre quedó asociado con este sector: Arco de San Agustín. Los agustinos llegaron a ocupar un conjunto conventual de enormes proporciones en el corazón de la ciudad. Y necesitaban comunicar el convento con unas casas situadas al otro lado de la calle, donde instalaron su noviciado. En 1575, los frailes solicitaron al virrey autorización para incorporar aquella vía a su complejo.

La solución fue extraordinaria: construir un arco elevado que cruzara sobre la calle. Ese puente sobrevivió durante siglos y terminó siendo una referencia urbana tan importante que el propio nombre de Arco de San Agustín permaneció en la memoria de la ciudad incluso después de que la estructura desapareció. El arco fue demolido en 1823, sin embargo, su nombre continuó apareciendo en la nomenclatura durante varias décadas.
En el número 23, una placa recuerda al escritor y periodista José Joaquín Fernández de Lizardi, autor de El Periquillo Sarniento, quien murió allí en junio de 1827; en el número 47 sobrevive el antiguo Oratorio de San Felipe Neri, cuya historia se remonta al siglo XVII. Su templo sufrió los efectos del terremoto de 1768, y el conjunto que aún permanece constituye uno de los testimonios arquitectónicos de esa parte de la ciudad.
En 1948, Emilio “El Indio” Fernández filmó Salón México, una de las películas más entrañables y emblemáticas de la Época de Oro del Cine Mexicano, utilizando distintos espacios de este entorno como parte de sus locaciones; hoy, es una arteria comercial intensa, recorrida a diario por miles de personas y vehículos. Sus negocios, mercancías y fachadas, parecen pertenecer a otra época, a los años cuando se llamaba Chaneque.

