LA ALHÓNDIGA, UN ESCENARIO PARA LA HISTORIA

La nombramos constantemente, la vemos al pasar, atravesamos su explanada como ese lugar en el que ya no pensamos ni del que somos conscientes porque forma parte de nosotros naturalmente. Es un referente cuando necesitamos encontrar una dirección, realizar una visita cultural obligada o fijar un punto de encuentro.

La amplia escalinata que durante los espectáculos se convierte en gradería es el resto del tiempo un lugar de descanso de turistas y habitantes. Frente a sus muros pasan diariamente mujeres con la compra, estudiantes, trabajadores, niños que van o vienen de la escuela y vendedores en espera de turistas. A su alrededor la vida sucede con la familiaridad de lo cotidiano.

Sin embargo, basta levantar la mirada para recordar que esas piedras presenciaron uno de los episodios más conocidos y violentos de la Independencia de México. Quizá nos hemos acostumbrado a verla como el lugar de encuentros artísticos, culturales, políticos y deportivos, y por ello solemos olvidar la posición que ocupa en la historia nacional.

Cada vez que septiembre hace su aparición en el calendario, vuelve a colocarse en primer plano el rostro insurgente de la Alhóndiga de Granaditas. (Fotografías tomadas del perfil de Facebook del Museo de la Alhóndiga de Granaditas)

Cuando fue concebida nunca se pensó en ella como una fortaleza o un monumento, sino que fue diseñada para almacenar y comerciar granos entre finales del siglo XVIII y 1809. En aquel tiempo surgió la necesidad de garantizar el abasto de maíz y otros cereales en una ciudad minera cuya población y actividad económica crecían aceleradamente como consecuencia de la prosperidad que Guanajuato alcanzó durante el periodo virreinal.

¿Cómo imaginar que apenas un año después de concluida su función cambiaría de manera definitiva? El 28 de septiembre de 1810, las tropas realistas y varias familias de españoles se refugiaron en su interior ante la llegada de los insurgentes encabezados por Miguel Hidalgo. El almacén se convirtió entonces en una fortificación improvisada que fue escenario de la primera gran batalla librada de aquel movimiento que había iniciado en Dolores doce días antes.

La memoria popular conserva la imagen del Pípila avanzando con una losa sobre la espalda para incendiar la puerta y permitir el ingreso de los insurgentes; más allá de las discusiones históricas que avalan o desmienten este hecho, la realidad es que el minero permanece como un símbolo reconocible de Guanajuato y de la resistencia frente a la opresión. Por eso nos observa desde lo alto con esa antorcha levantada de forma triunfal.

La toma de la Alhóndiga, más allá de lo que las monografías y los libros de texto nos enseñaron en las aulas, produjo en el plano de lo real miedo, muerte y saqueo. Después, cuando Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez fueron apresados y fusilados sus cabezas se colocaron en jaulas de hierro que pendieron de las cuatro esquinas del edificio. Las escarpias que las sostuvieron permanecen hasta la fecha, como vestigios mudos de lo que en aquellos años sucedía a quienes osaban desafiar al régimen virreinal.

De entonces a la fecha, la Alhóndiga ha cambiado de función muchas veces. Después de ser granero y escenario de batalla sirvió como almacén de tabaco, cuartel, penitenciaría, escuela, tribunal y vecindad, hasta 1958, año en que albergó el Museo Regional de Guanajuato cuyas colecciones recorren la historia, arqueología y vida cultural del estado. En su interior se encuentran obras de Hermenegildo Bustos, fotografías de Romualdo García y murales de José Chávez Morado. Además del Recinto de los Héroes dedicado a figuras de la Independencia, ahícada 28 del mes se realiza la ceremonia de Renovación del Fuego Simbólico de la Libertad.

La Alhóndiga, aunque en apariencia permanezca indómita y silenciosa, nunca se ha quedado estática del todo. Preserva la memoria de lo ocurrido, sigue recibiendo personas, siendo escenario de actividades y teniendo significados nuevos. En su explanada tienen lugar encuentros culturales, políticos y deportivos diversos y constantes.

Cada vez que septiembre hace su aparición en el calendario se vuelve a colocar en primer plano su rostro insurgente. Los nombres de Hidalgo y el Pípila regresan a los discursos y a las tareas escolares. Las ceremonias recuerdan la toma y el tradicional desfile del 28 de septiembre que recorre las calles de la ciudad en su honor posicionando al edificio como protagonista de la historia de México.

En cuanto el mes patrio termina, la explanada comienza otra transformación. Llegan las estructuras, los reflectores, los equipos técnicos, las luces y los artistas para transformarla en uno de los escenarios más emblemáticos del Festival Internacional Cervantino en donde se llevarán a cabo expresiones artísticas de distintos lugares del mundo, justo ahí, en donde alguna vez, tras esos muros, los españoles buscaron protegerse sin éxito de la furia insurgente.

Donde hubo enfrentamiento, ahora hay música; donde antes prevaleció el miedo, miles de espectadores se reúnen alrededor del arte para alimentar el espíritu. (Fotografías tomas del perfil de Facebook del Museo de laAlhóndiga de Granaditas y del FIC)

Donde hubo enfrentamiento, ahora hay música; donde antes prevaleció el miedo hoy miles de espectadores se reúnen alrededor del arte para alimentar el espíritu otorgándole un nuevo sentido a un coloso heredado.

La Alhóndiga confirma que un edificio histórico no necesita permanecer inmóvil y silencioso para conservar su memoria, sino que puede ser habitado de distintas maneras de acuerdo a las generaciones del momento. Y si bien, tras sus muros hubo gritos de dolor e impotencia, hoy renacen y se proyectan ante ellos las voces de quienes aprenden, las imágenes proyectadas sobre la fachada y los aplausos de espectadores congregados en torno a un artista o una manifestación cultural llegada de un país lejano.

Cuando el FIC termina las estructuras se retiran, las luces se apagan y la escalinata vuelve a recibir a quienes se quedan en ella a descansar. Regresa a la rutina sin dejar atrás ninguno de sus rostros; sigue siendo museo, referencia, punto de reunión y escenario vivo de una ciudad que conserva su historia al tiempo que la escribe sin despojarse de ninguno de sus rostros. Tanto si es granero de memoria, refugio de transeúntes o escenario vivo, en ella sigue latiendo el corazón de un Guanajuato que habita su historia como un territorio vivo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *