EL SEMPITERNO CORRER DEL RÍO PASTITA
La corriente acuática sobrevive a la
urbanización y al deterioro ecológico
Mapa
Nace en las cercanas montañas de la Sierra de Santa Rosa, entre las cañadas de Los Mexicanos y de Las Flores, descendiendo en cascadas y pequeños saltos. Ambos afluentes se unen a la altura del Monte de San Nicolás, para integrar un cauce de mayor caudal y anchura, a lo largo del cual otros riachuelos hacen su aportación líquida, hasta desembocar en la Presa de Mata.
Dicho embalse retiene casi toda el agua —destinada a saciar las múltiples necesidades de los guanajuatenses—; pero en época de lluvias abundantes los remanentes salen por el vertedero, se encajonan en una angosta cañada y dan forma al arroyo de Las Palomas. Bordeada por abruptas pendientes, esta corriente se desliza veloz, crea pozas y chorros de variadas formas y tamaños, bordeada por espesa vegetación, hasta llegar a la mancha urbana, por debajo de una cerrada curva de la Carretera Panorámica.

Metros adelante, el torrente desciende por un costado de la ex hacienda de Guadalupe. Renombrado como río Pastita, avanza paralelamente a la antigua calle, a través de un cauce más amplio, entre árboles y construcciones de todo tipo. Cruza varios puentes y finalmente se sumerge en el túnel del Puertecito, por donde sus aguas se unirán en forma subterránea a la corriente principal para salir por el oculto túnel El Coajín a la zona de Pozuelos, ya como un afluente del río Guanajuato.
Sin embargo, el río Pastita, a diferencia de cauces menos afortunados, muestra todavía algo de su esplendor natural, protegido celosamente por una cuadrilla de vecinos empeñados en transformarlo en parque ribereño. En otras partes de la ciudad, los riachuelos han sido inmisericordemente embovedados, para dar paso al reino del cemento, o aún peor, han sido convertidos en cloacas.

Los ejemplos abundan: San Javier, Las Teresas, la Alameda, El Carrizo han perdido sus otrora encantadores arroyos, ahora convertidos en drenajes o vialidades. Los pocos cauces sobrevivientes, como el tramo del río de Cata aún a la vista, o el río Guanajuato a la vera del Camino Antiguo de Marfil, muestran un terrible grado de contaminación que debería avergonzarnos.
No es el caso del Río Pastita, donde aún se levantan añosos fresnos y otras especies arbóreas, las cuales, por obra del viento, crean oscilantes juegos de luces y sombras sobre el lecho del afluente, un afluente reducido a un pequeño caudal durante muchos meses de año, pero capaz de contener las poderosas crecidas —impetuosas, rugientes—, producidas al ritmo de las copiosas lluvias veraniegas.

El frondoso lecho, además, luce limpio y posee una rústica vereda. Tal aspecto no es gratuito: se debe a la constante labor de un grupo de entusiastas habitantes comprometidos con el saneamiento de la corriente acuática. De tanto en tanto, recogen en grandes bolsas los desechos que arrojan las personas: envoltorios, botellas de refresco, latas, papeles, pañales, etc. Concentran la basura cerca de los contenedores, para que sea recogida por el personal de Limpia, y hacen arreglos al entorno. “Proyecto Pastita”, se hacen llamar.
Pese a la indiferencia de un gran sector de la ciudadanía, el optimismo de los participantes no decae. Manifiestan un empeño firme con la protección ambiental y tienen el ambicioso y plausible objetivo de crear, a la larga, un área ecológica más extensa, donde se incluyan el arroyo de Las Palomas e incluso más allá.

El río Pastita es también un sitio histórico. En su lecho se han encontrado herramientas, utensilios y armas utilizadas por los antiguos habitantes indígenas. Desde antes de la llegada de los europeos a la región, lo habitaban grupos diversos, como lo prueba la sobrevivencia de vocablos como Mogote y Pastita, derivados de “Mo-o-Ti” y “Paxtitlán”, respectivamente, nombres antiguos de la zona.

Hasta “La Llorona” da preferencia a esos andurriales para sus recorridos nocturnos. Muchas son las personas convencidas de haber visto el espectro de la mujer u oído sus lastimeros gritos en busca de sus hijos, ya sea por la ribera del río o cruzando la Calle de Pastita cuando las sombras de la noche han envuelto al barrio y solo se escucha el persistente rumor del agua.
Por todo ello, el río de Pastita es referencia geográfica e histórica, reserva natural y ejemplo de preservación y paisaje citadino. Es necesario que continúe siendo parte fundamental de la identidad de Guanajuato.


