FELIZ CUMPLEAÑOS, IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO
Tal vez su origen humilde, el enorme esfuerzo que tuvo que realizar para salir adelante, y ver de cerca la muerte en el campo de batalla, convirtieron a Ignacio Manuel Altamirano en detonador del cambio profundo y sustentado en los profesores, y no en los sacerdotes, para que fueran ellos los depositarios de la moral pública.
Al mismo tiempo aspiraba a la apertura de la Escuela Normal de Maestros, y su brillante trayectoria dentro del servicio público, donde desempeñó cargos en los tres Poderes de la Unión, lo llevaron a contribuir decididamente, entre otras cosas, a consolidar el principio de educación básica con carácter laico, gratuito y obligatorio.
Nació el 13 de noviembre de 1834 en Tixtla, Guerrero, del feliz matrimonio formado por Francisco Altamirano y Gertrudis Basilio, indígenas, chontales puros, quienes tomaron el apellido de un español que había bautizado a uno de sus ancestros. Su condición humilde contrastaba con su lucidez de pensamiento y notoria inteligencia.

El origen social de Ignacio Manuel Altamirano lo encauzó a ser un escritor que buscaría, a través de su obra, dar una mayor presencia a las acciones del pueblo como un elemento esencial para entender el proceso histórico del caudillismo en el México decimonónico y, para su suerte, contó con la amistad de los intelectuales de su época.
Desde su infancia fue admirado por su familia y por las amistades de ésta. Era un niño de ideas brillantes y razonamientos enmarcados por una lógica y sentido común que llegó a ser el asombro de quienes lo conocieron. Su afirmación recurrente cuando lo felicitaban era: “Nada hay tan armonioso como el elogio que se ha merecido”.
Aprendió a hablar español de forma autodidacta, más tarde se reveló como un estudiante aventajado y ganó una beca del Instituto Literario de Toluca para niños pobres que ya sabían leer y escribir. Allí se encontró con Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, miembro de la Academia de Letrán y diputado del Congreso Constituyente.
Esta semana, se cumplen 191 años del nacimiento de Ignacio Manuel Altamirano. En 1984, por su sesquicentenario (150 años), se colocó una sólida placa de piedra grabada con la inscripción “En esta casa vivió el maestro Ignacio Manuel Altamirano” en una cara exterior del inmueble que lo cobijó durante algún tiempo.
Dicha casa, de dos plantas, se localiza en la Calle Tacuba número 2 esquina Eje Central “Lázaro Cárdenas”, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Ahora pertenece a la cadena de restaurantes Sanborns y se halla en perfecto estado de conservación. Es tienda en la planta baja y restaurante en la alta.
Lo curioso es que cientos de personas ingresan cada día a ese comercio con la idea de ver de cerca el entorno donde vivió el Altamirano joven, ex alumno del Colegio de Letrán de la Ciudad de México. Buscan indicios que les hagan ver cómo de niño indígena pasó a ser un caudillo en el México decimonónico.
Aunque prácticamente nada queda de los años en que fue casa habitación de Altamirano, sí se mantiene su arquitectura original. Entre esas paredes, el origen social de Ignacio Manuel Altamirano lo encaminó dar, a través de su obra, una mayor presencia a las acciones del pueblo como un elemento esencial para entender el devenir de este país.
Durante el proceso liberal de 1857, Altamirano era estudiante de derecho en el Colegio Nacional de San Juan de Letrán, por eso su pensamiento político se alineó a los ideales liberales de la época. En un inicio no se sumó a las fuerzas militares liberales contra los conservadores, pero en 1859, tras identificar que dos de sus amigos se encontraban entre las víctimas en la matanza de los Mártires de Tacubaya, tomó las armas.
Para ello tuvo que salir de la Ciudad de México, que en ese momento se encontraba en manos de los conservadores, volvió a su tierra natal en donde se integró a la resistencia de aquella localidad, misma en la que fue electo diputado para ser representante en el Congreso General de la Nación. Su regreso a la Ciudad de México tardó, ante el inicio de la invasión francesa.
Otra forma de combatir a los conservadores e invasores fue a través de la publicación de diversas columnas de carácter político en algunos periódicos, como fue el caso del “Eco de la Reforma” y “La Voz del Pueblo”. El gran legado de Altamirano inició en el proceso de la Restauración de la República, quizá lo más importante por su valor histórico, fue El Resurgimiento.

A través de las páginas de esa publicación, después de años de guerra fratricida, llamó a los creadores de las Bellas Letras (sin considerar su posicionamiento político), a sumar esfuerzos “por el engrandecimiento de la patria”. También, en aquel periodo publicó sus primeras obras: “Clemencia” (1869) y “La navidad en las montañas” (1870).
Al leer ambas obras, el lector conoce y reconoce el pensamiento liberal de Altamirano, así como su visión sobre el caudillismo, el cual sólo halla lugar en las personas patrióticas que velan por los intereses del pueblo, como dijo la lingüista Nicole Giron: “Altamirano no concibe la historia como una suma de destinos individuales, sino como un enfrentamiento de grupos sociales que persiguen intereses colectivos divergentes”.
Su acendrada educación y su sólida formación académica, lo llevaron a ocupar, en 1889, el cargo de cónsul general de México en Barcelona, y luego en París. Enfermo y débil, viajó con su familia a Italia. El 13 de febrero de 1893, en la ciudad de San Remo, falleció. La Rotonda de las Personas Ilustres de la Ciudad de México cobija sus restos mortales.

