JOSÉ ALFREDO ESTÁ EN EL RINCÓN DEL SALÓN PARÍS
La cantina que el vate dolorense frecuentaba en Santa María la Ribera
José Alfredo se encuentra en el rincón de una cantina, con su caballito de tequila en mano, protegido por una baranda que lo tiene alejado del bullicio y de la falsa sociedad. Es la representación de un hijo del pueblo cuyo recuerdo pesa en el otrora barrio más humilde, el de Santa María la Ribera, con su kiosko morisco que la distingue.
El que fue el primer asentamiento urbano fuera del casco histórico y cuyo carácter popular lo llevó a que una de sus vecindades fuera locación para la película Los olvidados, de Luis Buñuel, fue también el paraíso donde a partir de 1936 el niño José Alfredo Jiménez tuviera como espacio para juegos infantiles.
Paloma Jiménez Gálvez, hija del compositor, escribió sobre ese momento de la historia del poeta musical de México:
“José Alfredo llegó al Distrito Federal a la edad de diez años, cargando en el corazón la tristeza por la muerte de su padre (el boticario Agustín Jiménez), migró a un exilio sin duda doloroso. No sé si el pequeño entendió que ese cambio lo beneficiaría de distintas maneras, o dejó en él una cicatriz indeleble, pues partió abandonando la solidez de su mundo. Fello emigró con la tía Cuca a la gran ciudad; mientras su madre y sus hermanos permanecieron bajo el abrigo de la casa familiar y dentro del pueblo”.

La también doctora en letras y una de las máximas escritoras sobre la vida y obra del dolorense, añade:
“No creo que haya sido fácil para el niño adaptarse de pronto a una nueva forma de vida. Desde luego que también encontró muchos atractivos que con seguridad lo estimularon y lo ayudaron a encontrar sosiego. Pienso en lo que habrá sido para papá acomodarse en un hogar con familiares casi desconocidos, entrar en una nueva escuela, sin amigos, dentro de una urbe amenazante, una ciudad que empezaba a borbotear, apabullante para la mirada de un niño que venía de Dolores Hidalgo y que, hasta entonces, había estado protegido por el amor y el cuidado por su tribu.
(Artículo “Estoy en el rincón de una cantina”)
En Santa María la Ribera, José Alfredo empezó a trabajar “en lo que fuera”, mientras cultivaba una pasión que adquirió en el barrio: ser portero de fútbol, práctica que lo llevaría a jugar con los equipos Oviedo y Marte de Primera División, donde tuvo de compañero a Antonio “La Tota” Carbajal.
En uno de sus trabajos eventuales, que desempeñó desde los 16 y hasta los 18 años de edad, como mesero del restaurante de comida mexicana llamado La Sirena, donde participaba como voz en un trío que cantaba ambientando el negocio. Ahí comenzó a dar forma a su vocación de compositor, sin saber de escritura de música, con puro instinto y sentimiento.
Años más tarde, en 1948, lo escuchó cantar Andrés Huesca, productor de música jarocha. José Alfredo ya había compuesto “Cuando el destino” y “Yo”, la cual, con el apoyo de Huesca, grabó y se escuchó en la emisora de radio XEX-AM y posteriormente en la XEW-AM, con lo que empezó rápidamente a crecer su fama.
José Alfredo, hombre de raíces, retornaba a su barrio adoptivo, para que en una de sus cantinas, el Salón París, conviviera con la gente con la que creció y compusiera nuevas canciones. Eso, al menos, dice la leyenda urbana, que no la historia formal, pues no se conoce documento que lo certifique.

El original Salón París
El Salón París estuvo originalmente ubicado en la esquina de Salvador Díaz Mirón y Jaime Torres Bodet, en 1934, en pleno jardín de ese barrio que luce su excelso kiosko morisco. Era un espacio de tradición y de costumbre para el dolorense, pues ahí llegaba a refrescarse después de jugar fútbol con su equipo, El Oviedo. En recuerdo a José Alfredo Jiménez, Arturo Azuela lo integra como personaje de la novela La casa de las mil Vírgenes, el que compite con “La Sirena” el honor de ser “el lugar donde empezó a cantar”, al menos así reza una placa que la editorial Plaza & Janés mandó hacer. Varias fotografías y recortes de periódicos del cantante colgadas en las paredes pretenden convencer que, por lo menos, sí anduvo por ahí.
De nuevo el encantador “dicen” o “se dice”, que tanto ayuda a la construcción de leyendas e imaginarios: “es famosa porque se dice que ahí José Alfredo Jiménez tuvo su debut artístico; dicen que el Salón París era una de las cantinas favoritas del cantautor y donde se ponía a componer canciones con su guitarra, sentado en la mesa de un rincón, acompañado de un buen tequila”. Un “dicen” que huele a mito, pues el vate —que era güero, no tocaba instrumentos ni sabía de asuntos del campo— ni tomaba tequila.

Nueva sede con José Alfredo en el rincón
El dueño de Salón París, don Fernando Camarena, no era el dueño de la finca. La fama que adquirió el lugar y la creciente modernización y gentrificación de Santa María la Ribera generó un desproporcionado aumento de la renta, lo que ocasionó que la cantina cambiara de lugar, unos metros más al sur, por la calle de Jaime Torres Bodet , en el número 151, a partir de la década de 1980.
El nombre de Salón París ya había forjado fama y aunada a la fama josealfrediana, el lugar siguió como referente de la bohemia y la historia chilanga. José Alfredo, como lo hacía en Salón Tenampa y otras cantinas que frecuentaba, buscó siempre un rincón del lado izquierdo de la entrada.
Y fue por eso que don Fernando, por admiración al compositor, mandó realizar una escultura a color, en distintos tipos de resina, para colocarla en ese preciso rincón. La obra fue realizada por el artista Emiliano Ortega.
Y ahí está el vate dolorense, “…oyendo una canción que yo pedí; me están sirviendo ‘orita mi tequila, ya va mi pensamiento rumbo a ti…”.

Escribió Paloma Jiménez Gálvez:
“Cuentan que fue en el Salón Cantina París en donde mi padre escribió esta canción. No tenemos la certeza; sin embargo, es muy probable”.
De nuevo, la leyenda:
“Dicen que la mesa y toda la cantina Salón París de la colonia Santa María la Ribera lucen igual que en aquellos años en que un joven José Alfredo Jiménez llegara a este lugar a componer, a tomar tequila y por primera vez a cantar las creaciones que lo hicieran famoso”. Y continúa la leyenda:
“Aunque no hay fotografías de él que atestigüen la presencia del músico en este lugar los ancianos que llegan al establecimiento validan la historia con anécdotas: «mi papá venía a tomar aquí con él», «mi tío jugaba con él al futbol y saliendo se pasaban para acá», «mi suegro se hizo compadre de José Alfredo en esta cantina»”.
Otra anécdota del barrio dice que cuando la madre de José Alfredo arribó a Santa María la Ribera junto con sus hijos, puso un pequeño puesto de abarrotes, pero José junto con sus otros hermanos pequeños se comían las golosinas y los refrescos así que llevaron el negocio a la quiebra obligando a la mujer a volver a Guanajuato por una temporada.

El edificio donde estuvo el original Salón París sigue con sus décadas de abandono, en el deterioro en espera de un rescate mercantil o, mucho mejor, el ideal para hacerle a José Alfredo un museo en la capital del país, en ese barrio que lo vio crecer, sufrió sus primeros fracasos futboleros y aplaudió sus primeros triunfos musicales.
Un día de tantos estuve en Salón París. Una reja nos separó, José Alfredo, pero desde la mesa más cercana alcé mi copa y brindé contigo mientras escuchaba la canción que yo pedí.
El Salón París está a unas cuadras de la estación del metrobús Buenavista y está abierto de lunes a sábado de las 10 a las 22 horas. Es famoso por sus botanas y sus “bolas” de cerveza. Supe cómo llegar, lo que no recuerdo es cómo me regresé. Ahora estoy en Guanajuato, me sirvo la del estribo y ya va mi pensamiento rumbo a ti, José Alfredo.

