DE SUBIDA AL PÍPILA
La cuesta del cerro de San Miguel,
reto físico entre vistas espléndidas
La mole de cantera color rosa con la imagen de Juan José de los Reyes Martínez, como dicen que se llamaba El Pípila, se aprecia a simple vista desde el centro de Guanajuato. No hay turista que no desee subir al mirador coronado por la enorme y maciza estatua del héroe, cuya hazaña permitió al ejército insurgente ganar su primera y sangrienta batalla en la Alhóndiga de Granaditas.
Los menos audaces, los adultos mayores y quienes presentan alguna discapacidad optan sin duda por la comodidad del funicular que, de un tiempo a la fecha, permite subir la cuesta con un mínimo esfuerzo. Otros harán el largo recorrido en coche, autobús o a bordo de las van de turismo que se han multiplicado como moscas. Pero también habrá quienes asuman el reto de trepar el cerro a pie, por entre el laberinto de callejones que conducen al monumento.

La distancia del corazón citadino al Pípila no es mucha, pero la inclinación sí es digna de tomarse en cuenta, así que, a lo largo de muchas décadas, los cuevanenses se las han ingeniado para tejer una red de rutas en zigzag para arribar a ese lugar y sus alrededores. Entre ellas, destacan dos caminos que, en cierto punto, se entrecruzan. Inician uno en el Callejón del Calvario y otro en el del Potrero.

En vista de que ambos trayectos son asiduamente transitados por visitantes, las autoridades y los vecinos se han esmerado en ofrecer una imagen presentable. Están adoquinados con pórfido rojo y cantera blanca, varias de sus construcciones son dignas de mención y hay tramos con vistas poco comunes, aunque ciertamente también sobrevive uno que otro inmueble al borde del derrumbe.

Apenas ascender por el Callejón del Calvario se llega, en el primer recodo, a la casa donde una placa recuerda que allí vivió José Ignacio Bartolache y Díaz Posada, médico y matemático novohispano que publicó un periódico llamado El Mercurio Volante, donde ofrecía noticias importantes y curiosas sobre varios asuntos de física y medicina y además tradujo algunas obras del español al náhuatl.
El primer tramo es un paseo bastante agradable en medio de coloridas viviendas. En cierto rincón, se avista una de las blancas torres de vigilancia de la Casa de Moneda. Si uno es curioso, puede hacer un desvío hacia Corazones, donde una bugambilia formó una peculiar enredadera en la pared. Pronto se encuentra la conexión con el Callejón de Dolores, que a su vez sube del Potrero; allí, un edificio de ladrillo con un par de arcos —antigua vivienda multifamiliar y luego refugio de entes solitarios—, divide el itinerario: por un lado, la subida al Cerro de San Miguel y, por otro, el Callejón del Pochote. Lo verdaderamente duro está por comenzar.

El primer rumbo es bastante empinado, pero lleva a sitios sugestivos. Cautiva un edificio de piedra con un notable balconcito de madera. Aunque la respiración es bastante agitada a estas alturas, a la vuelta se llega a un mirador vigilado por un rústico mural de La Guadalupana que permite tomar un respiro, necesario para admirar la secuencia de interesantes murales llenos de color que se muestran a ambos lados y que muestran episodios y símbolos de la historia de la ciudad.

A esas alturas, surge un agradable jardín bordeado por varios caminitos, los cuales llevan al Pípila por la derecha y a la izquierda se reencuentran con el Pochote. Este segundo callejón tiene una pendiente menos pronunciada; en su inicio, posee atractivas viviendas que, poco a poco, se transforman en casas más toscas hasta que, en sus últimos metros, se eleva rectilíneamente hasta su entronque con la otra ruta.
Estamos en lo que otrora fue un área recreativa que contaba con réplicas de palapas, con comederos y asadores, que en gran parte lamentablemente fue privatizada para la instalación del funicular y otras instalaciones complementarias. De allí al mirador del Pípila aún restan algunas escaleras que se suben trabajosamente con la poca energía que queda tras el ascenso.

Por fin, los caminantes desembocan en la plaza llena de vendedores, guías y fotógrafos, a los pies, literalmente, del personaje independentista inmortalizado en piedra. La vista del antiguo Real de Minas, desde ese lugar, de día o de noche, es una merecida recompensa al esfuerzo realizado. Para entonces, luego de tomar aire y descansar, será hora de extasiar la mirada.


