MARCELO, UN ARTISTA ENTRE ROSAS, PAISAJES Y COLORES

No tiene un gran estudio lleno de luz para realizar sus obras, no ha expuesto en ninguna galería o recinto de arte, sus pinceles no son finos ni sus óleos de importación. A Marcelo, simplemente le gusta pintar, y eso hace. En su mochila al hombro carga todo cuanto necesita para desarrollar libremente su imaginación sobre pequeños trozos de madera que luego enmarca, o minerales intervenidos con sus obras.

“Yo hago pintura para poder subsistir desde hace diez años. Tengo once en Guanajuato. Por supuesto, ya antes lo hacía, pero el punto principal fue cuando necesitaba hacer un regalo y no quería comprar algo. Buscaba algo más significativo y simbólico. Ahí nacieron mis rosas. Cuando la entregué me preguntaron que dónde la había comprado, les dije que yo la había hecho. Y ahí fue cuando se me vino a la cabeza la idea de capitalizar lo que hago”.

Marcelo se siente feliz porque gracias a su faceta de artista encontró también el amor: “Primero capitalicé, y después me enamoré. Al estar vendiendo encontré pareja. ¡Y eso es maravilloso! Ella se enamoró del artista más que del arte que realizo”.

“Yo hago pintura para poder subsistir” declara Marcelo, quien comenzó su quehacer plástico porque necesitaba hacer un regalo y quería que fuera más significativo y simbólico.

Las piezas que lo dieron a conocer fueron precisamente esas rosas que le indicaron el camino a seguir: “La rosa era una al inicio, y luego se fue perfeccionando. En un principio incrustaba la flor en la madera y pirogrababa cerca de las hojas para después emplayarla. Hoy son diferentes, ha habido una evolución en ellas. Actualmente, primero deshidrato la flor, consigo madera torneada y hago un trabajo más pulido. Las rosas me han dado sustento todos estos años”.

Desde entonces, Marcelo vive entre colores, como si estuviera bajo una lluvia de pequeñas gotas de óleo que van cayendo indistintamente y a las que él les da una forma, un lugar en esos paisajes que van surgiendo en su mente y a los que ocasionalmente habita con caminantes, parejas que atraviesan el bosque tomadas de la mano, una luna que ilumina senderos oscuros. Su pincel barre los colores y los convierte en formas, en sombras, en cielo, en belleza, y en inspiración.

“Lo que hago es paisajismo con la técnica del impresionismo. Cuando comienzo, ya hay cierto collage de colores en mi mente que luego se van transformando sobre la marcha. No me baso en modelos, me gusta el trabajo más libre”.

El espacio que Marcelo ocupa en aquella esquina es reducido, sin embargo, mientras pinta sonríe involuntariamente, parece haber encontrado su lugar en este mundo ahí, y todo lo que requiere para ser feliz en ese estuche lleno de óleos de colores que abre y cierra con destreza y rapidez dejando salir gotas de pintura aquí y allá.

Más que observar y decidir entre la multitud de tubos que guarda, parece solo tocarlos y sentirlos. Es como si dejara que los colores hablen y sean los que decidan formar parte de aquella fiesta de creatividad.

“Estoy aquí los fines de semana, de viernes a domingo en un horario de 12:00 a 7:00. Necesito los demás días porque yo hago todo el trabajo, no solo la parte de la pintura. También elaboro los marcos, realizo el proceso de las rosas y busco los cuarzos. Y es por eso que sólo vendo en esos días”.

Como suele suceder con todo aquello que no es premeditado y va surgiendo de forma espontánea, encontrar ese lugar que hoy habita con sus obras no fue un proceso fácil: “Al principio estaba afuera de la Basílica, y no había problema, hasta que fiscalización intervino y me quitaron de ahí. Conseguí espacio más adelante, al lado de La Carreta, era una lavandería. Ahí me prestaban un lugar, estuve un tiempo, pero luego cerraron el negocio, y fue cuando conseguí este lugar. Desde entonces estoy aquí”.

Al observar los pequeños cuadros de Marcelo uno tiene la impresión de que los personajes se saldrán de la pintura. Aun cuando al principio parece que distorsiona las gotas de color, en unos segundos las imágenes comienzan a hablar y a cobrar vida: aves que vuelan, negritudes que hablan, flores al viento, árboles serenos. Para él, cada pincelada es una celebración de lo simple, de lo cotidiano y de la libertad de crear desde el alma.

“A los cuadros le siguieron los cuarzos, quería que hubiera más variedad y no solamente rosas. Hoy, esos tres modelos de piezas son los que habitan en mi puesto”. Seguramente, en poco tiempo, nuevas propuestas se sumarán a estas porque su espíritu inquieto lo lleva siempre a ir más y más allá.

Dicen que se sabe cuando una obra es exitosa porque habla en medio de su silencio, en su inmovilidad llama a ser observada y trae imágenes que habían quedado en el olvido, inspiran o producen una emoción.

A las rosas le siguieron los cuadros y a éstos le siguieron los cuarzos. Seguramente, nuevas propuestas se sumarán porque el espíritu de Marcelo es inquieto.

A pesar de que sus obras no se encuentran en una galería formal, Marcelo es feliz, porque están rodeadas de un público sincero. Quienes se acercan a su puesto son en su mayoría habitantes de Guanajuato y turistas fascinados por el toque artesanal de cada pieza.

“Tengo redes, pero casi no las uso. La gente puede localizarme en mi WhatsApp, que es 473 181 2921, o aquí, en mi lugar, los fines de semana”. 

La entrevista ha terminado, junto a Marcelo está sentada su musa, su “flaca” como la llama él. Ella teje muñecos de lana y va sacando hebras de colores que transforma igual que Marcelo lo hace con sus tubos de pinturas. De vez en cuando se miran y se sonríen. Y las rosas seguramente, en un lugar cercano, florecen para entregarse a las manos de Marcelo y ser inmortalizadas.