DOS MOMENTOS EN EL TEATRO LÍRICO
Pocos inmuebles en el país despliegan tantos calificativos como el mítico, memorable, emblemático, popular y legendario Teatro Lírico, construido con los mayores lujos de la época en el número 46 de la calle del Águila (hoy República de Cuba, Centro Histórico de la Ciudad de México), cuyo telón se levantó por primera vez el 6 de agosto de 1907, aunque el Diario del Hogar de Don Filomeno Mata consigna que fue el 7 de agosto.
El empresario Rafael Icaza y Landa contrató al Ingeniero Manuel Torres Torrija para que lo edificara. Entre otras cosas, le solicitó (realmente le exigió) que no escatimara gastos, con la finalidad de dotar al nuevo centro de espectáculos de todos los adelantos técnicos disponibles en la primera década del siglo XX. Su aforo inicial era para 1 800 personas cómodamente instaladas, con cafetería, salón de fumadores y detalles y acabados de lujo.
Se inauguró con la puesta en escena de Las vírgenes locas, fastuoso montaje a cargo de la compañía española de José Vico. Entre los asistentes aquella noche estuvo Justo Sierra, nombrado Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes dos años antes (1905) por el entonces presidente Porfirio Díaz, quien lo dejó hacer su trabajo y hasta lo apoyó a pesar de los conflictos que había en el seno del gobierno y entre el grupo de los “Científicos”.

En el transcurso de su historia, cambió varias veces de nombre: Follies Bergère (1909), Teatro de la Comedia (1923), pero luego volvió a su original Lírico. Las remodelaciones también le han sido familiares: en 1935 fue reconstruido para poder ser cine y teatro. En 1965 se rediseñó, y 28 años después, a consecuencia de los daños que le provocó el sismo que sacudió a la capital en 1985, fue restaurado por el arquitecto Vicente Flores Arias.
Así fue reinaugurado el 25 de abril de 1993 con la comedia musical La viuda alegre, interpretada por Angélica María. Pero esa actriz y cantante no fue la única estrella que pisó el Teatro Lírico. Por allí desfilaron María Conesa, Lupe Vélez, Agustín Lara, Pedro Infante, Jorge Negrete, Joaquín Pardavé, Alicia Murillo, María Grever, María Victoria, Viruta y Capulina, y lo más destacado del canto, la comedia y la comicidad de esa época.
Aunque el Lírico tuvo una efervescente actividad y siempre ofreció una cartelera variada, con el paso de los años, las remodelaciones a las que fue sometido, y finalmente el sismo de 1985, cada vez hospedó menos actividades. Lamentablemente, el para muchos amado Teatro Lírico bajó por última vez el telón, y cerró sus puertas para siempre, en el año 2002. Desde entonces allí se respira el abandono de artistas, empresarios, y autoridades.
Si se mira hacia atrás para hacer una retrospectiva de la vida de este teatro, se verá que hubo dos momentos clave durante la existencia del Lírico: Uno sucedió en 1925, cuando en ese escenario se presentó la compañía francesa “¡Voila le Ba-ta-clan!”, provocando enorme agitación entre el público masculino y espanto entre las buenas conciencias de la sociedad porfiriana que sobrevivió a la Revolución Mexicana, terminada hacía muy poco.
El espectáculo estaba encabezado por la Madame Berthe Rasimi, un grupo de bailarinas conocidas como tiples, quienes sin empacho mostraban sus estilizados cuerpos medio desnudos (o medio vestidos) cubiertos y adornados con plumas de distintos tamaños y colores. Tan grande fue el éxito alcanzado noche tras noche, que el empresario mexicano José Campillo, tuvo la idea de crear aquí Ba-ta-clán, pero al más puro estilo mexicano.
Lo primero fue buscar un nombre para su espectáculo, pronto lo halló, y lo anunció como “Mexican Rataplán”. La diferencia entre las tiples francesas y las mexicanas era que las nacionales no usaban medias, como las europeas, mostrando una mayor desnudez de sus cuerpos, que, además, eran notoriamente más voluptuosos. La escenografía, mexicana era a base de cactus, nopales, jícaras, molcajetes, jarros, cazuelas y paisajes nacionalistas.
En esos años sonaba fuerte el Foxtrot, un ritmo nacido en Estados Unidos en la primera década del siglo XX, que se bailaba con música de las Grandes Bandas. Su apogeo se dio en los años 20 y en el Lírico, la noche daba su candente comienzo con la música de un disco de 78 revoluciones que repetían temas de ese género. Se encendían los reflectores y aparecían las bailarinas-bataclanas para mover el cuerpo de modo sensual y provocativa.
El segundo, fue el debut de Ninón Sevilla, bailarina exótica que después se convirtió en actriz de cine y televisión. Su verdadero nombre fue Emelia Pérez Castellanos, nació en La Habana, Cuba, el 10 de noviembre de 1929 y falleció el 1 de enero de 2015 en la Ciudad de México. Cinco rumberas fueron “Las Reinas del Trópico”: Ninón Sevilla, María Antonieta Pons, Meche Barba, Amalia Aguilar y Rosa Carmina.

Con un contrato firmado por ella y por el empresario, productor y director puertorriqueño Fernando Cortés para trabajar en el Teatro Lírico de la capital de la república, Ninón Sevilla llegó a México en 1946. Actuando en ese escenario, la vio el productor de cine Pedro Arturo Calderón, dueño de los estudios de cine Producciones Calderón, quien de inmediato quedó impresionado por su belleza y le ofreció trabajar en el ambiente fílmico.
Ese mismo año dio por terminado su contrato en el Teatro Lírico, donde dejó para la posteridad el recuerdo de una temporada inolvidable, para hacer su debut cinematográfico con una pequeña participación en la película Carita de cielo (1946), estelarizada por María Elena Marqués y Antonio Badú. Luego vinieron Pecadora (1947), con Emilia Guiú y Señora tentación (1948), junto a David Silva. Su ascenso en el cine fue veloz.
Su primer estelar fue en Revancha (1948), seguida por Coqueta (1949) y Perdida (1950), compartiendo créditos en las tres con el músico poeta Agustín Lara. Su película Aventurera (1950) es considerada obra maestra del llamado Cine de rumberas. Pero la historia el Teatro Lírico es mucho más que dos momentos y, sin embargo, de ese memorable, mítico, emblemático, popular y legendario foro, hoy sólo queda la fachada.

