EL BONDADOSO PEDRO ROMERO DE TERREROS
Pedro Romero de Terreros, Primer Conde de Regla, nació en España el 28 de junio de 1710 y murió en la Nueva España el 28 de noviembre de 1781. Dueño de tierras, minas, y numerosas haciendas altamente productivas, fue uno de los hombres más ricos del mundo que le tocó vivir. Buen cristiano y educado en noble familia, supo ser agradecido, por lo que gran parte de su fortuna la consagró a obras de caridad, filantrópicas y de patrocinio.
Pasó a la historia y aún se le recuerda en España y en México, sobre todo aquí, porque el sábado 25 de febrero de 1775 fundó el Sacro y Real Monte de Piedad de Ánimas, actual Nacional Monte de Piedad, en el edificio del antiguo Colegio de San Pedro y San Pablo, que había sido de los jesuitas, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Destinó a la institución unos 300 mil pesos de oro; hoy tiene más de 300 sucursales en todo el país.
Luego de 61 años en el edificio del antiguo Colegio de San Pedro y San Pablo, en 1836 la institución adquirió el predio donde hasta 1521 estuvieron las casas viejas de Moctezuma, Palacio de Axayácatl, que después sirvieron de alojamiento para Hernán Cortés, entre las actuales calles de Palma, calles 5 de mayo y Monte de Piedad. En ese espacio se levanta un irrompible edificio con decenas de pasillos, escaleras, salones, laberintos y recovecos.

El inmueble, coronado con un busto de su fundador, destaca por su belleza y fortaleza frente a la Plaza de la Constitución, a un costado de la Catedral Metropolitana. Ofrece préstamos prendarios en todas sus sucursales del territorio nacional, y en promedio, otorga más de 9 millones de préstamos cada año. Atiende a más de 6 millones de familias y en su casa matriz, se lleva a cabo el 50 por ciento del total de préstamos en todo el país.
Pareciera que el espíritu del próspero minero y hacendado Don Pedro Romero de Terreros ronda el edificio del Monte de Piedad, y sus ideas también, pues la gente cuenta y repite, a la menor oportunidad, que a mediados del siglo XVIII ese hombre alma de dios, dulce como un pan, ideó otorgar al reino de la entonces Nueva España una institución que ayudara a quienes más lo necesitaban, y los salvara de recurrir a los agiotistas o usureros.
Fue en 1767 que Don Pedro expresó ante el Virrey Marqués de Croix sus intenciones y, además, le comunicó su propósito de donar un capital de 300 mil pesos para la fundación. Pero al igual que en esta época, los procesos burocráticos y en aquel entonces también aristocráticos, eran bastante tardados y pasaban por muchas manos antes de tener una decisión final. Ese hecho retrasó la apertura del organismo alrededor de media década.

Los documentos que se enviaron subrayaban la utilidad de establecer en la Nueva España una institución para socorro de la población más necesitada. Fue hasta julio de 1773 que Carlos III se dignó a aceptar la oferta, alabando la bondad del Primer Conde de Regla y después de juntas, asignaciones de puestos, acuerdos y creación de diferentes documentos legales, los cinco largos años de trámites y esfuerzos llegaron a una feliz culminación.
El día de la inauguración, después que las autoridades eclesiásticas ofrecieran una misa a la que asistieron personalidades importantes de la Corona Española y de la sociedad en general. Juan Francisco Carabantes fue la primera persona en ir a empeñar, empujado por sus apuros económicos. Su prenda fue un aderezo de diamantes por el que le prestaron 40 pesos oro, recuperándola en agosto de ese mismo año y dejando una limosna de 8 reales.
Durante el primer año de operación 17 mil personas acudieron a empeñar alguna prenda, lo que equivalía a un cuarto de la población de la ciudad. De entonces a la fecha, ha pasado un respetable número de personajes, artículos y habladurías invaluables que han dado una vida paralela a la existencia real del Monte de Piedad, una vida de fantasía. Y sean ciertas o no, hay tres relatos que bien vale la pena anotarlos en este contexto.

A lo largo de sus 250 años de existencia, el Monte de Piedad ha vivido varias anécdotas históricas, empeños que se antojan inverosímiles, y acontecimientos que conmueven las fibras más sensibles de las personas. El legendario revolucionario Pancho Villa, el dolor de un hombre que perdió a su madre, y un violinista que no soportó dejar de tocar un sólo día su instrumento, son los protagonistas de estas fábulas que han trascendido los siglos.
A inicios del siglo XX el país se convulsionó con el inicio de la Revolución Mexicana en 1910. La falta de fuentes de trabajo y la necesidad de la gente de llevar el sustento a sus hogares, hicieron brillar al Monte de Piedad. Se cuenta que Pancho Villa, en una de sus campañas, se negó rotundamente a tomar por asalto la institución, como se lo aconsejaba con avara insistencia uno de sus lugartenientes, por considerarla “el banco de los pobres”.
Antes, a la mitad del siglo XIX, un hombre llegó hasta una de las ventanillas de empeño. Llevaba abrazando amorosamente una urna mortuoria. La mostró al valuador y preguntó cuánto le podían prestar. Sorprendido, el empleado le explicó que allí no recibían urnas, por salubridad. Con lágrimas en los ojos, el hombre dijo que lo que contenía la urna era un gran tesoro, valiosísimo… las cenizas de su madre; se dice que sí obtuvo el préstamo.

Un siglo después, en los pasados años 50, otro señor llegó a ese lugar con la apremiante necesidad de empeñar su violín. Una vez hecho el trato, el señor señaló que separarse de su instrumento musical resultaría para él algo muy doloroso. Pidió que aun estando bajo la custodia del Monte de Piedad, se le permitiera acudir, diariamente, para tocar algunas obras del repertorio clásico escritas para cuerdas. Sin reparos, se le concedió el permiso.

