CHAVELA VARGAS: MUJER QUE NACIÓ, AMÓ, VIVIÓ, BEBIÓ Y MURIÓ COMO LE DIO SU GANA
En el bulevar de los sueños rotos
vive una dama de poncho rojo,
pelo de plata y carne morena.
Mestiza ardiente de lengua libre,
gata valiente de piel de tigre,
con voz de rayo de luna llena.
Se escapó de una cárcel de amor,
de un delirio de alcohol,
de mil noches en vela.
Se dejó el corazón en Madrid,
quién supiera reír
como llora Chavela.
Las amarguras no son amargas,
cuando las canta Chavela Vargas,
y las escribe un tal José Alfredo.
Joaquín Sabina, “Por el boulevard de los sueños rotos” (https://www.youtube.com/watch?v=fyWjmlMK8Qg)
El 5 de agosto de 2012 el poncho rojo fue cubierto por la bandera del arco iris. Había llanto por una mexicana que quiso nacer en Costa Rica, que llevó un dolor joséalfrediano a España y regresó a morir en la ciudad de una eterna primavera, tan eterna como la que amó a mujeres, que forjó mitos y leyendas. Fue y es Chavela Vargas, que nació, vivió y murió como le dio su rechingada gana.
María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano nació un 17 de abril de 1919 en el barrio San Joaquín de Flores, en Heredia, Costa Rica. Su elección fue ser como un niño más que a pesar de regaños y castigos se mantuvo firme en lo que sentía. Fue rechazada en su familia y segregada en su comunidad por su aspecto y sus “modales de hombre”, luego de haber padecido poliomielitis y una especie de virus en los ojos que casi la deja ciega (“Tenía seis años y me curaron unos chamanes, y allí comenzó mi relación con ellos”).

Su biógrafa, María Cortina, así la cita:
“Yo nací en el fin del mundo —solía decir con algo de amargura en el tono de su voz— y ya de niña casi no veía a mi mamá. Mis padres se separaron y fui a parar a lo de unos tíos que me hacían trabajar duramente. Recogía frutas. Unas cinco mil naranjas cada día. Pero yo no sentía odio ni resentimiento, más bien sentía que en todo mi ser, que en mis venas corría un tremendo coraje. Tanto coraje que por momentos pensaba que si me lanzaba contra una pared podía romperla. Y mi único pensamiento era querer irme de allí, noche y día pensaba: «Tengo que irme». Yo quería tener un nombre, tener una carrera, pero era la niña más humilde y la más pobre.”
Ya adolescente, de 14 años, un día se marchó sin dejar una misiva. Sin siquiera mirar atrás. Como era mujer de elecciones, eligió ir al país que la enamoraba:
“Todo mundo sueña con México. Es México el que te atrae con su música. Yo soñaba con un paraíso que se llamaba México”, pero “México me recibió con golpes y patadas, como diciéndome: «¿Con que tú quieres cantar? Pues para eso deberás ser muy macha, porque aquí mandan los hombres». Costa Rica a mí nunca me dio nada, pero México representa a mi padre, porque me enseñó a cantar”.
Empezó su carrera a los 15 años y dos años después logró obtener la nacionalidad mexicana. Chavela fue una mujer hermosa y le sobraban pretendientes, pero ella prefería las mujeres y flirteaba con una y con otra, enamorándose hasta el tuétano:
“En mis primeros shows me presentaba vestida como mujer, con pelo largo, maquillaje, aretes y tacones. Pero era algo absurdo, parecía más bien un travesti. Una vez yo estaba en un pequeño teatro y debía bajar así las escaleras hasta el escenario, y me caí delante de todo el público, por culpa de los tacones. Fue una vergüenza y un fracaso total”.
Aquel episodio marcó entonces el nacimiento de la verdadera Chavela Vargas, orgullosa de su sexualidad y de su imagen hombruna. Todo cambiaría cuando el destino la llevó hacia un tal José Alfredo (Jiménez se apellidaba):
“Yo le conocí en una cantina, y cuando me lo presentaron le dije: «Yo no vengo a ver si puedo, sino que porque puedo vengo, señor». A él, eso le gustó mucho, y me dijo: «Pues así es como me gustan las mujeres». Luego nos hicimos compañeros, grandes amigos, y nos íbamos a las cantinas a cantar y a tomar. Llegábamos un sábado y nos íbamos el lunes”.
“Yo cantaba desde los seis años, cantaba en la casa, cantaba en la escuela, cantaba en la iglesia. ¡Es que yo nací cantando! Pero siempre fue ese canto… El canto del alma herida, del final trágico del amor… Por eso lo entendía tan bien a Jiménez. Ahora que, para abrirme camino, yo tenía que ser más macha y más borracha que cualquiera de los cantantes masculinos”.
Hay un dato que se difundió décadas después: quien animó a José Alfredo a apoyar a Chavela Vargas fue Paloma Gálvez, la esposa del compositor, quien apreciaba la voz y estilo de la mexicana nacida en Costa Rica.
Durante esta primera etapa de éxitos al lado de Jiménez, Vargas conoció a Frida Kahlo y Diego Rivera, quienes fueron sus amigos y la hospedaron en su casa. Además, se relacionó amistosamente con Carlos Monsiváis, Pablo Neruda, Picasso, Agustín Lara y Gabriel García Márquez. Así narró su vínculo con la pintora:
“Me quedé en su casa varios días. Yo le cantaba a Frida por las mañanas; estábamos como arrobadas la una con la otra. Hasta que cierta vez le dije que me iba. Ella se puso triste, pero me dijo que no podía y no quería atarme a sus muletas ni a su vida. Así que un día abrí la puerta nomás y me fui”.
El dolorense la impulsó, pero el alcohol y el asumir abiertamente su orientación sexual hizo que a la postre a Chavela le vedaran los grandes recintos teatrales. Cantaba en bares, cantinas o teatros pequeños. En una ocasión fue contratada para cantar en una fiesta que se realizaría en Acapulco, donde se contactó con el mundo de Hollywood: “Y una noche me invitan al casamiento de Elizabeth Taylor (con el actor Eddie Fisher). Una fiesta tremenda donde todos terminaron acostados con todos. Yo amanecí en la cama con Ava Gardner”.

Y se tomaron una botella pa’ todo el año en el rincón de ese Tenampa
En su biografía, en sus relatos y en entrevistas, Chavela Vargas siempre sostuvo una amistad con José Alfredo: macho él, macha ella, con el alcohol y los desamores de por medio. Para la historia generalizada, así fue; para una parte de la descendencia del vate de Dolores, se trata de un mito.
En el Salón Tenampa, de Garibaldi —que este año cumple su primer centenario— están las imágenes de “La Chamana” con su poncho rojo y José Alfredo y su sombrero. Ambos se sentaban en el lado izquierdo de la entrada. Se conserva la mesa donde ambos acostumbraban tomar la copa y pasar no horas enteras, sino días cantando y brindando con tequila.
Fue ahí donde, cuenta la leyenda, tuvieron su última gran borrachera conjunta: cuando a principio de 1973 los médicos desahuciaron al guanajuatense, éste se encerró por tres días en el lugar; una versión dice que llegaron sus amigos, otra señala que sólo fue con Chavela. La historia más aceptada puede ser conocida en https://equisgente.com/2023/08/28/tenampa-parranda-y-canciones-la-ultima-gran-borrachera-de-jose-alfredo/.
Jiménez murió en 1973 de cirrosis hepática. Ahí empieza la otra leyenda, divulgada por su biógrafa:
“Fue después de medianoche, la fila de gente había ido adelgazando, cuando apareció una mujer de cincuenta y tantos años, con el pelo muy corto color gris perla, vestida o más bien tapada con unos anchos pantalones negros y un chaquetón también negro abotonado hasta el cuello. Sin saludar ni mirar a nadie, dirigió sus pasos hacia donde estaba Paloma. Se dieron un largo abrazo, sollozando las dos en silencio. Luego la mujer se acercó al catafalco y durante un rato contempló el rostro de su amigo. Se dejó caer a un lado, medio sentada y medio arrodillada, y empezó a cantar, al principio como en un susurro, canciones del repertorio de José Alfredo. Alzó un poco la voz, dolorida y ronca, mientras se hacía el silencio en la estancia. Sacó de uno de los bolsillos del chaquetón una pequeña botella, dio unos sorbos y siguió cantando. Una de las amigas que acompañaban a Paloma le pidió permiso para mandar sacar a aquella mujer de allí, le parecía irreverente su comportamiento. Paloma se negó. Aquella mujer era amiga suya, había sido amiga de su marido y tenía derecho a comportarse como quisiera, no le parecía que estuviese armando ningún escándalo. La mujer siguió cantando suavemente, como si estuviese arrullando al muerto, y cuando acabó con la primera botella sacó una segunda del otro bolsillo del chaquetón. Se acercaba la madrugada cuando la mujer se levantó y, sin despedirse de nadie, se dirigió con paso seguro hacia la puerta y desapareció.”
Tras la muerte de José Alfredo, la marginalidad persiguió a Chavela y sólo alcanzó a grabar unos cuantos discos antes de que su abierto amor por las mujeres le cobrara la factura.
Cuenta otra versión que el origen de su desgracia fue el haber seducido a una novia de Emilio “El Tigre” Azcárraga. Según el documental Chavela, dirigido por Catherine Gund y Dareska Kyi, la cantante mantuvo una relación con Arabella Árbenz Villanova, hija del ex presidente guatemalteco Juan Jacobo Árbenz, quien quedó enamorada de Vargas cuando se encontraron por coincidencia.
Cuando “El Tigre” tuvo el rechazo de su amante y supo por qué, vetó a Chavela. Fue tal su resentimiento, que el veto fue de por vida y post mortem, pues Televisa omitió mencionar siquiera toda producción relacionada con la costarricense. Sólo la muerte de Azcárraga superó esa prohibición.

De Tepoztlán a Madrid
Chavela cayó en el olvido y se refugió en el pueblo de Tepoztlán, donde vivió durante más de veinte años en una humilde y pequeña pieza, alejada de los escenarios, entregada a la bebida. Una vieja amiga —la teatrera Jesusa Rodríguez— la encontró:
“Nosotras habíamos abierto un pequeño club, El Hábito, hacía poquitos meses. Contratábamos artistas que quizás habían quedado algo olvidados, y también artistas nuevos. Hasta que alguien una noche nos dice que en la sala se encontraba Chavela Vargas. «Imposible, si Chavela se ha muerto», dijimos nosotras (en referencia a su pareja, Liliana Felipe). ¡Pero no! No sólo no estaba muerta, sino que estaba allí de cuerpo presente”.
Es en esta etapa, en su regreso a los escenarios, la casualidad cruzó a Chavela con Manuel Arroyo Stephens, un español editor de libros que se encontraba en la ciudad. Se la llevó a España y la presentó en el teatro El Caracol de Madrid, en 1993. La presentó a Pedro Almodóvar y ésta la convirtió en personaje para Kika y Tacones Lejanos, dos de sus grandes filmes.
El arte de Chavela enamoró a Almodóvar, Miguel Bosé, Mercedes Sosa, Lila Downs, Rocío Durcal, Lola Flores, Facundo Cabral, Joan Manuel Serrat y Jeanne Moreau, pero el más seducido por esa voz dolorida, que se hacía más intensa cuando cantaba las composiciones de José Alfredo, fue Joaquín Sabina.
Chavela tuvo su regreso triunfal a tal grado que en 1994 quiso hacer las paces con su tierra natal al presentarse en la Universidad de Costa Rica. Un año después se presentó en el Festival Internacional Cervantino en la ciudad de Guanajuato (ver https://www.facebook.com/watch/?v=1101925189823534).
Los nuevos tiempos le permitieron que en el año 2000 pudiera asumir públicamente su lesbianismo. El resurgimiento continuó:
En 2001 se presentó en la plancha del Zócalo de la Ciudad de México. En 2003 regresó al FIC en Guanajuato. En 2005 dio un concierto en Luna Park de Argentina, allí interpretó “No soy de aquí ni soy de allá” de su amigo Facundo Cabral, además estuvo acompañada por la Negra Chagra.
Con motivo de su cumpleaños número 90, el gobierno del entonces Distrito Federal le dio el título de Ciudadana Distinguida. Durante el evento de condecoración se realizó un concierto donde acudieron artistas como Julieta Venegas, Eugenia León, Joaquín Sabina y Lila Downs. Chavela Vargas ofreció un concierto en la plaza de España de Madrid el 1 de julio de 2006 durante las Fiestas del Orgullo Homosexual. En 2007, fue distinguida con el Premio Grammy a la Excelencia Musical de la Academia de las Ciencias y Artes de la Grabación.
En 2012 regresó a España para presentar su disco El viaje. Fue su última aparición pública, ya que empeoró sus padecimientos de corazón y riñones. Regresó a México. En abril del 2012, ya con 93 años de edad y en silla de ruedas (no le gustaba que la vieran en esa silla, porque era muy coqueta), se presentó en el Palacio de las Bellas Artes de México, acompañada por dos amigas, la mexicana Eugenia León y la española Martirio, para el lanzamiento de su disco-libro Luna Grande, que incluía poemas del poeta español Federico García Lorca. Fue su última presentación:
El 30 de julio de 2012 fue internada en un hospital del por entonces aún México DF, con problemas graves en su corazón, riñones y pulmones, pero pidió no ser entubada. Quería tener una muerte natural y así sucedió el domingo 5 de agosto de aquel año, el día que ella había deseado.
La noticia llegó a través de su cuenta oficial de Twitter, con la siguiente frase: “Silencio, silencio… Las amarguras volverán a ser amargas… Se ha ido la gran dama Chavela Vargas”.
Y la despidieron como las grandes, con homenaje en Bellas Artes, con una gran cobertura que fue seguida en México, España y Costa Rica, principalmente.
Chavela y José Alfredo
Chavela decía que ella era la encargada de cantar en las serenatas que José Alfredo llevaba a sus conquistas y que el dolorense le compuso varias canciones apropiadas para ese estilo de voz desgarrada. En todas las entrevistas con la prensa, siempre contó las grandes aventuras que vivió a lado de José Alfredo Jiménez y aseguraba que pasaban mucho tiempo tomando tequila en el famoso Salón Tenampa, ubicado en la Plaza Garibaldi del centro de la Ciudad de México.
Paloma Gálvez, primera esposa y viuda del vate del Bajío, narró en entrevistas el vínculo entre ambos personajes (ver https://www.tiktok.com/@josealfredojimenezelrey/video/7282386673957162245), pero José Alfredo Jiménez Medel, hijo de la segunda esposa del Hijo del Pueblo, Mary Medel, negó que tal relación existiera y si bien agradecía que la Vargas hiciera famosas las canciones del guanajuatense en España, en entrevistas otorgadas diferentes medios afirmaba que ni “El último trago” ni ninguna otra canción fue dedicada a Chavela.

Chavela y Sabina
Éste es un fragmento del texto firmado por Joaquín Sabina para el diario español El País para hablar de la gran Chavela Vargas:
“Será difícil, por ejemplo, olvidar cómo la conocí. Fue una noche de hace unos veinte años, en Madrid, en la sala Morasol. Dijo: «Yo vivo en el bulevar de los sueños rotos» Y yo tuve que escribirle una canción con esa frase. Ya se había recuperado de su alcoholismo. Calculaba que había bebido algo así como 1,8 millones de botellas de tequila y solía decirme cuando me veía beberlo a mí: ‘Joaquín, ese tequila tuyo es muy malo; el bueno de verdad ya nos lo bebimos José Alfredo Jiménez y yo». Al conocer la triste noticia, que todos veníamos anticipando, he sentido la necesidad de bajar al bar a tomar uno a su salud, aunque el brebaje sin ella siempre será de los malos.
“Aquella primera vez, pedí a Pedro Almodóvar que nos presentara. Al acercarme, escuché cómo él le contaba quién era yo, pues Chavela no tenía la menor idea. «La admiro desde niño», le dije. «Yo también le admiro mucho a usted», contestó. Ante la mentira, exclamé. «Vete a la mierda». Nos fundimos en un largo abrazo que nunca aflojamos hasta ayer mismo, incluso aunque no pudiéramos vernos en su última visita a España, un viaje que quizá no debió hacer, pues no estaba en condiciones. Entonces, yo estaba de gira y a ella la ingresaron en un hospital.”
“Con su desaparición, se pierde una manera de cantar llorando, un quejío inigualable, una expresividad fuera de lo común. Unos cojones y unos ovarios nunca vistos en la música popular desde la muerte de Roberto Goyeneche. Ella no vendía una voz, vendía un estilo. Era una maestra en perder la primera al tiempo que ganaba lo segundo. Algo en lo que yo, sin duda, tengo mucho que aprender. En estos momentos de pérdida me digo, como en la canción: ¡Quién pudiera reír como llora Chavela! Y recuerdo estas palabras de Almodóvar: «Desde Jesucristo, nadie ha abierto los brazos como ella».”
Y hay que rematar con esta joya audiovisual: https://www.youtube.com/watch?v=Phuzor-icyU

