LOS RINCONES DE SAN GABRIEL DE BARRERA

Amplios jardines, mohosos muros y una casona de aspecto colonial configuran un museo sui géneris

Desde que se cruza el puente de acceso, sobre el río Guanajuato, el entorno tiene cierto sabor arcaico. La fachada de lo que fue la mansión muestra sus ventanas enmarcadas en cantera rosa y tres arcos asoman a la corriente, aunque para llegar al acceso principal aún falta un trecho. El área a la derecha del camino ha sido transformada en hotel, y aunque algo se conserva, las modificaciones allí han sido mucho más radicales, en aras de las modernas necesidades de hospedaje.

Con aire arcaico, la fachada de lo que fue la mansión muestra sus ventanas enmarcadas en cantera rosa.

Mas por ahora lo que interesa es el espacio de enfrente, donde a mitad de la enorme pared se abre la puerta de entrada. Puesto que ahora es museo, hay que pasar primero a la taquilla, obtener un ticket, sortear a los insistentes guías que ofrecen sus servicios y, por fin, ingresar a un patio rodeado de macetas por todos lados. La casa señorial se alza enseguida, al lado izquierdo, pero optamos por hacer el recorrido, primeramente, por los extensos jardines.

La casa señorial de la ex hacienda. Pasos adelante, dos músicos hechos de chatarra resguardan un gran arco.

El conjunto fue levantado en el siglo XVII por el capitán Gabriel de la Barrera, fundador de la dinastía del mismo apellido. Al igual que sitios similares, el complejo se utilizaba para beneficiar los minerales, así que contaba con varios patios para la amalgamación, galeras, almacenes, caballerizas, etc., pero al contrario de otros lugares, cuyos ruinosos restos salpican Guanajuato y sus alrededores, esta hacienda fue rescatada por el gobierno estatal y convertida en museo en la década de 1970.

Una hermosa fuente, junto a la cual puede leerse un soneto escrito en mosaico. En otro espacio: ¿altar o cantina?

Por supuesto: no todo es auténtico. Los altos muros, que antaño sostenían techos ya desaparecidos, enmarcan hoy fuentes, jardineras, mosaicos y otros motivos decorativos sobre los cuales es difícil determinar si existían o no en el pasado. La idea del rescate, sin duda, fue reorganizar los restos de manera que lucieran atractivos al visitante. Encontramos así esculturas evidentemente antiguas con otras que parecen nuevas y algunas de manufactura evidentemente moderna, como lo prueban dos chatarrizados músicos de metal que resguardan un gran arco.

Vista a una serie de jardineras escalonadas. Muro y vitral rodean el “Jardín de las Rosas“.

De cualquier manera, el acomodo de los elementos, originales o no, es plausible y equilibrado. Así, por un corredor lateral, se sucede una serie de arcos con el piso en desnivel que se compensa por pequeñas escaleras, donde luce una hermosa fuente de cantera adornada por una columna salomónica que se aprovecha como base para una lámpara esférica. Cerca, hay una especie de altar de mármol que a otros les parece una barra de cantina, en un conjunto que evoca bien devoción o bien un estilo de vida mundano.

La “Fuente de las Conchas”. En otro espacio de la hacienda, un cánido es el motivo de una fuente.

Tras cruzar una puerta angosta, se extiende una senda empedrada, bordeada por plantas, que lleva a varios jardines (17 en total, según la guía digital, aunque no logramos identificarlo todos) y espacios que funcionan como plazoletas. La impresión es que se quiso edificar una vasta área verde en la que surgieran redondeles, foros, estatuas, fuentes, a la manera de los grandes palacios franceses, aunque la verdad es más prosaica: en esas zonas abiertas, esforzadas mulas y hábiles galereñas trituraban las piedras que aprisionaban la plata, en un ambiente tóxico por los compuestos químicos que se empleaban para separar el precioso metal. La renovación con fines turísticos cambió el entorno.

Un círculo de columnas sirve de antesala al edificio de la noria. Al fondo, la noria, llena de agua.

Sin embargo, el recorrido es bastante agradable y cumple el objetivo de hacer sentir al visitante en otra época. Cierto que la presencia de una piscina evidentemente moderna, aunque sin agua, rompe el encanto, pero es un detalle menor. Dado que ese espacio solía rentarse para eventos, es probable que una alberca se concibiera como parte del atractivo. En contraparte, una fuente de cantera rodeada por 12 columnas de orden dórico nos devuelve al singular encanto del lugar, mismo que se acentúa al asomarse a un inmueble que permite observar la noria, esta sí con agua filtrada desde el cauce del río que se desliza a unos cuantos metros.

La escultura de un monje con lúgubres reminiscencias.

Otra escalinata conduce a un mirador de nombre con reminiscencias macabras: el Ángel sin Cabeza, donde se levanta un árbol cuyo retorcido tronco semeja una criatura celestial a la que le falta la parte superior. La referencia tétrica se ve complementada más allá por la estatua de un monje que recuerda la escultura del niño de sonrisa siniestra que aparece en la película El libro de piedra, filme nacional de terror que, pese a los años, todavía provoca escalofríos a quien la presencia. Sin duda, la lúgubre sensación se ha de realzar notablemente durante la noche.

Acceso al mirador del “Ángel sin cabeza” y el tronco que le da nombre.

La casona también hace juego. En primera instancia, es de admirar un retablo muy antiguo, del siglo XV, en lo que fue la capilla familiar. El dorado de su decoración luce esplendoroso y enmarca coloridas imágenes sagradas. Por si fuera poco, dos bellos vitrales permiten iluminar el recinto. Contrariamente, los espacios civiles son más sombríos, cual corresponde a recámaras de gruesos muros de los cuales cuelgan pinturas hechas a la vieja escuela. No obstante, los corredores y el comedor, abiertos a los jardines y al río, respectivamente, presumen una notable luminosidad.

El hermoso retablo dorado de la capilla.

El resto es un desfile de piezas de moblaje antiguo: camas, roperos, sillas, mesas, filtros de agua, sillones, espejos, taburetes, candiles, permiten darse una idea bastante aproximada de cómo se vivía dos o tres siglos atrás, sin luz eléctrica pero con las comodidades de que gozaba una familia rica. Eso sí: los muebles de baño, aunque de estilo tradicional, son nuevos y están conectados a los servicios de agua y drenaje de la actualidad.

Comedor, oficina y recámara de la mansión.

Muy al fondo, sobre el muro que da al río, se levanta una escultura, tan carcomida que es difícil determinar si representaba a un personaje o era una alegoría a los elementos naturales. Lo cierto es que desde allí aún pueden verse los restos de una escalera que desciende al cauce y, más allá, asomando entre la vegetación de la ribera fluvial, se alzan rectas columnas en espiral, como flacos fantasmas del pasado. Una prueba de que, pese a su gran tamaño y la remodelación de que fue objeto, la ex hacienda de San Gabriel de Barrera aún posee secretos por descubrir.

Una erosionada escultura parece vigilar el muro. No muy lejos de allí, varias columnas asoman entre el follaje de las riberas del río.