AL BORDE DE LOS PASTITOS
EL HILO DE ARIADNA
Una madeja de callejones va desenredándose desde la cuesta al umbral verde guanajuatense
Es una vista distinta. En descenso por la Carretera Panorámica, desde el Cerro del Gallo, el paisaje observable es menos conocido que otros horizontes urbanos de mayor fama turística. Sin embargo, no faltan puntos de interés: fácilmente visibles son el Panteón de Santa Paula, hogar de las consabidas momias; la añosa ex estación del ferrocarril y, sobre todo, la amplia superficie color ocre o esmeralda de Los Pastitos ―según sea la temporada― y su plaza inmediata cubierta de ranas de cantera de diversos estilos que parecen croar al ritmo de la fuente contigua.

San Cayetano, otrora rústico acceso al Centro de Guanajuato, desprendido del antiguo Camino Real, es un eje del que parten diversas rutas, tan empinadas unas como otras, a la cañada. En un inicio, esa especie de distribuidor de senderos corre casi paralelo a la Panorámica, unos metros ladera abajo, pero luego se pierde entre la intrincada maraña de callejones provenientes del Cerro del Gallo, cuyos tramos finales desembocan bien a la calle de Pardo, a la Avenida Juárez, bien al entorno del Mercado Hidalgo.

Ladera todavía más abajo, inicia otra ruta que recibe el estrambótico nombre de Hoyos Colorados, misma que parte prácticamente del campo de futbol “Nieto Piña”, se angosta paulatinamente y termina por convertirse en un estrecho callejón que se bifurca en dos: un ramal notablemente inclinado que lleva hasta el corredor llamado Atarjea, y otro que conecta con la Libertad. El primero es un largo pasaje que forma una especie de balcón hacia Los Pastitos, recorrido que, por lo mismo, posee singular atractivo al permitir contemplar, sin prisas y desde lo alto, el paso de autos, gente, mascotas, deportistas y apresurados trabajadores.

Por su parte, el Callejón de la Libertad, tras enlazar con Hoyos Colorados, sigue en línea convergente hasta encontrarse con Atarjea, en un punto donde acaba la vista escénica y uno se encuentra con un pasillo al que bordean coloridas viviendas y conduce a la salida del enredijo, mejor dicho, a tres salidas: por un lado, hacia la Plaza Hidalgo, patio de recreo de las mencionadas ranas de piedra y ocasional escenario musical; por otro, a la calle lateral del Jardín El Cantador y, en medio, una rampa que trabajosamente sube hasta conectar con San Cayetano, para completar un ciclo de trayectos que se separan, se dividen y reencuentran, trazo clásico del laberinto guanajuatense.

Como siempre, sorpresas y detalles inesperados brincan al paso del caminante. Desde las pequeñas y llamativas figuras en metal de un hotel a la vera del camino hasta las mascotas que, curiosas o vigilantes, asoman al paso del sujeto armado con una cámara fotográfica con la que, a cada paso, hace toma tras toma de escalones, setos, rinconadas, murales, casas y gente. El ambiente de barrio tradicional aún se percibe, aunque muchos de los habitantes originales hayan emigrado hace ya rato al sur y hoy sean en su mayoría estudiantes los dueños temporales del territorio.

Un arco modernista de ladrillo señala el acceso por la Plaza Hidalgo (“de las ranas”, corrige la vox populi) al conglomerado de construcciones. Pequeño y de trazo simple, agrega no obstante un toque distintivo a la zona, donde la mirada inquisitiva también puede admirarse ante pequeñas y bellas jardineras o con los restos, en forma de blancas columnas, de lo que alguna vez fue un mirador, si bien tampoco faltan baldíos donde algún pepenador acumula y distribuye su mercancía.

No faltan, por supuesto, los hidrantes, recuerdos de un pasado en que contar con agua potable dentro de casa era un lujo, por lo cual era menester hacer fila ante el grifo más cercano para llenar los botes o cubetas con el líquido indispensable para cocinar, lavar y, aunque hoy nos parezca increíble, para beber, pues entonces la gente no temía al sarro, a los maromeros y mucho menos a otros bichos microscópicos que, por su misma invisibilidad a simple vista, ni siquiera se sabía de su existencia.

Hasta la década de 1960 del año pasado, solo existía un par de hileras de casas al borde del río. La construcción de la Calle Subterránea en 1964 provocó una expansión imparable hasta la fecha. Las viviendas fueron subiendo más y más hasta alcanzar la vereda de San Cayetano y fueron más más allá. En cierto momento, rebasaron incluso la Panorámica, llegaron a la cima del cerro y comenzaron a descender por la otra vertiente hasta dar forma a la colonia Municipio Libre y urbanizar Pozuelos.

El conjunto habitacional formado por San Cayetano, Hoyos Colorados, Atarjea y Libertad, visto a la distancia, se asemeja a un multifamiliar anárquico. Para cualquier foráneo, es difícil hacerse una idea de la manera en que los vecinos y caminantes circulan por el área, de tan apretados que parecen estar, uno con otro, los inmuebles. Con todo, los mil y un detalles de la existencia cotidiana tienen lugar, cada día y sin detenerse, entre los coloridos muros y a través de los numerosos pasadizos… al borde de Los Pastitos.


