CUANDO SE APAGA LA SIRENA, ¿QUIÉN NOS CUIDA CUANDO TODO PARECE ACABAR?
Solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente
León Gieco, en la voz de Mercedes Sosa
Lo vi en las noticias y sentí un vacío en el estómago. El humo, los autos calcinados, las sirenas. Lo duro de estas imágenes es que nos golpea el espanto de la vida sin anestesia. Uno puede cambiar de canal, claro. Fingir que no duele. Pero no: algo queda dentro, incómodo, insoportable. Y esa punzada también es empatía. Pequeña, tal vez inútil, pero real.
Las dos de la tarde en el Puente de la Concordia, Iztapalapa. El asfalto hervía bajo el sol y los coches parecían piezas de un rompecabezas detenido. Una pipa de gas se volcó y el combustible empezó a escaparse como un veneno invisible. Minutos después, una chispa cualquiera —el roce de un motor, quizá un encendedor— y el aire se volvió fuego. El incendio se propagó como una grieta en el vidrio: en segundos estaba en todas partes.
De inmediato, el ruido: sirenas, gritos, botes con agua, ambulancias. El espectáculo llenó titulares, trending topics, noticieros. Como siempre, nos quedamos con la imagen más impactante, la del instante que quema. Pero lo realmente insoportable empieza después. Cuando se apagan las sirenas. Cuando lo único que queda son hospitales, trámites absurdos y familias que se desgastan hasta el hueso.

Historias mínimas
Alicia abrazó a su nieta con un gesto instintivo. El fuego la alcanzó a ella, no a la niña. Murió por cuidar. Heroína, dijeron. Y sí, lo fue. Pero antes de eso fue abuela, mujer de carne y hueso. Estaba ahí porque su hija trabajaba y no había guardería pública que recibiera a la niña. Así de simple, así de brutal. Cuando el Estado se desentiende, el cuidado se convierte en una cadena frágil —madres, abuelas, vecinas— hasta que alguien se rompe. Esta vez fue Alicia.
Omar, veintiocho años, vendedor de dulces. Sus planes eran modestos: independizarse, ahorrar, ayudar a su madre. Ahora su cuerpo es un mapa de cicatrices. Cada curación un suplicio, cada espejo un enemigo.
Alfonso, albañil sin contrato. Sobrevive, sí, pero su hermana duerme en una silla de hospital. Ha dejado todo para cuidarlo. Invisible, como tantas mujeres que sostienen al mundo sin que nadie lo note.
En la cuenta de Instagram de @misstercermundo vi un video que todavía me persigue. No era el instante de la tragedia, ya no había llamas. Solo quedaba la negrura del incendio: el puente ennegrecido, el aire pesado como ceniza. Allí, frente a la cámara, Armando, quien vive bajo el puente, contaba que no lo dejaron entrar al hospital para visitar a sus compañeros heridos: “No tiene liga de sangre”, le respondieron. Como si el afecto necesitara papeles. Y añadía, con la voz quebrada que dolía más que los gritos, que también habían muerto varias mascotas. Perros, gatos, esos compañeros de nadie y de todos. El video dura poco, menos de dos minutos, pero contiene más verdad que muchos discursos oficiales. El cuidado también es eso: reconocer vínculos que no siempre figuran en los registros civiles, pero que sostienen tanto como cualquier apellido.

La raíz de lo humano
Margaret Mead, la antropóloga, decía que el primer signo de civilización no fue una vasija ni una herramienta, sino un fémur roto que había sanado. Quizá la historia sea inventada (¿Qué historia no lo es?), pero lo importante no es su exactitud, sino lo que revela: que no sobrevivimos por la fuerza, sino por la ternura. Que la humanidad empezó cuando alguien cuidó de otro. Y quizá también sea cierto lo contrario: solo seguiremos existiendo mientras alguien cuide de nosotros.
Quizá la humanidad empezó con algo tan sencillo como una mano que no soltó a otra. Pero ahora tratamos el cuidado como un castigo. Lo relegamos a lo privado, lo empujamos a las mujeres. Como si la ternura pudiera reemplazar medicinas. Como si la paciencia sustituyera políticas públicas. No basta. No basta.
Lo que nos negamos a mirar
El cuidado sostiene la vida. Nacemos cuidados, envejecemos cuidados, enfermamos y volvemos a depender de ellos. Y, sin embargo, lo tratamos como un asunto menor.
Quizá ahí está el misterio: la empatía es un cuidado diminuto, pero real. Cuando una noticia nos sacude y pensamos “pude haber sido yo, mi madre, mi hijo”, algo se mueve dentro. No cura heridas ni paga medicinas, lo sé. Pero es semilla. Ese instante en el que sentimos lo insoportable de la vida podría transformarse en política pública, en leyes, en justicia cotidiana. Si quisiéramos.

Ecos de papel
Me topé en un informe de la CEPAL con una frase que casi parecía escrita para subirse a un cartel: “El cuidado debe reconocerse como un derecho humano y un pilar de la justicia social”. Una frase seca, técnica, pero luminosa. Sí, lo sé, suena raro encontrar poesía en un documento lleno de tablas y porcentajes. Pero pasa. A veces pasa.
La Corte Interamericana, en cambio, escribe con solemnidad de piedra: “la vida digna exige condiciones materiales que la hagan posible”. Y yo pensé: condiciones materiales… ¡pues claro! Medicinas, rehabilitación, manos que acompañan. Nada del otro mundo. Lo básico. Lo que nunca llega cuando más se necesita.
Y la Fundación Friedrich Ebert lo dijo con toda la seriedad del caso: las mujeres regalan millones de horas invisibles en trabajo no pagado. Cocinan, limpian, cuidan. Yo lo leí y pensé: al fin alguien lo pone en números, porque nosotras lo sabemos desde siempre.

Justicia y cuidados
La justicia no es solo un juicio ni una sentencia. Tampoco es castigar culpables. La justicia también se mide en lo cotidiano: en quién puede sanar y quién no, en quién recibe apoyos para sostener a los suyos y quién queda abandonado en la intemperie.
El cuidado es justicia. No lo digo solo yo: lo dicen tratados internacionales, lo repite la Suprema Corte. Los cuidados son un derecho humano en construcción, pero indispensable para hacer efectivos todos los demás.
¿De qué sirve hablar del derecho a la salud si no hay quien acompañe a un enfermo en su tratamiento? ¿De qué sirve proclamar la igualdad laboral si las mujeres siguen renunciando a sus empleos porque nadie comparte con ellas las tareas de cuidado?
Los cuidados son la llave que abre o cierra la puerta de otros derechos. Sin ellos, la libertad es un lujo, la igualdad una promesa hueca, la dignidad un discurso vacío.
Y hay algo más: negar los cuidados es también una forma de violencia. Una violencia lenta, institucional, silenciosa. Una violencia que cae sobre quienes se sacrifican hasta la extenuación y sobre quienes nunca reciben lo necesario para vivir con dignidad.
Por eso hablar de justicia es hablar de cuidados. Porque un sistema que no los reconoce ni los garantiza es un sistema que multiplica la injusticia.

La propuesta que no puede esperar
Necesitamos imaginar un país que cuide. No como quimera, sino como estructura real: guarderías, centros de rehabilitación, apoyos económicos, descanso para quienes cargan con otros. Un sistema nacional de cuidados que funcione como un acueducto invisible, repartiéndose como el agua, sosteniendo la vida.
Porque la civilización empezó con un hueso sanado y solo seguirá existiendo si somos capaces de sostenernos unos a otros.
El humo del Puente de la Concordia ya se disipó. El tráfico volvió a fluir. Los noticieros pasaron a otro tema. Pero Alicia ya no está, Omar carga cicatrices que no duelen solo en la piel, Alfonso depende del cuidado de su hermana, y aquel hombre del puente sigue esperando que lo dejen acercarse a los suyos. Y no olvidemos a las mascotas: perros, gatos, compañía silenciosa de tantas vidas, también arrasados por el fuego. Sus nombres no aparecerán en informes ni en estadísticas, pero son el rostro real de lo que llamamos cuidados. Y entonces me viene a la memoria la voz de Mercedes Sosa: “Solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente”. Tal vez de eso se trate: de no volvernos indiferentes al dolor de Alicia, de Omar, de Alfonso, de la hermana que cuida, del hombre del puente y de esas mascotas que fueron, también, familia.
Y yo sigo dándole vueltas a la misma pregunta, terca, incómoda, casi insoportable: ¿Quién cuidará de los que sobreviven cuando se apaga la sirena?

