ANDANTE, UN GUARDIÁN DE LIBROS ENTRE CUENTOS Y SECRETOS

La jornada está a punto de comenzar, cada una de las personas que integran la plantilla de la biblioteca aguarda en su puesto. A la hora en punto los niños comienzan a llegar, corren a la sala infantil, lo están buscando. El bibliotecario es su amigo, los hace reír, los protege, les cuenta historias. 

Y ahí está él, saliendo de ese castillo de libros en el que también habitan peluches, juegos y una explosión de color. Andante los recibe, no hay abrazos, solo una mirada que los envuelve con calidez; una mirada de niño herido que se suaviza al encontrarse con la de ellos. Bromean. En medio de aquellos estantes repletos, todos se saben a salvo. 

“Soy bibliotecario por las mañanas y en mi hora de salida, que es a partir de las 4:00, hago de todo: mecánica, plomería, electricidad, soldaduras, serigrafía, pongo canceles de baño. Tipo mantenimiento, porque en algún momento trabajé en mantenimiento industrial”.

En su trabajo en la biblioteca, Andante se sorprendió al saber que también interactuaría con niños.

Para Andante, la dignidad comenzó con una huida. A los trece años, su hogar dejó de ser refugio para convertirse en amenaza.  

“Nací en Querétaro, pero al cumplir trece años me salí de mi casa, me escapé. Para un adolescente vivir solo es muy difícil porque te estás arriesgando y te estás exponiendo a vivir cosas que no conoces, pero lo que me dio valentía es la seguridad de que ya no quería estar ahí porque sufrí abuso y fui parte de una violación”. 

Cuando el desamparo se instaló en su vida, Andante entendió que lo más valioso que tenía era a sí mismo, y necesitaba ponerse a salvo. 

“Llegué a México por un amigo. Yo tenía trece, él dieciocho o diecinueve. Me protegió. Nos fuimos de raite y llegamos a su casa, con su mamá. Ella me sentó en la mesa, me dio de comer, y después, sin filtros, me dijo que necesitaba trabajar, que en su casa había reglas y que el muerto apestaba a los tres días. Yo no sabía qué hacer y le dije que buscaría trabajo para apoyarlos en algo. Mi amigo y yo salimos a buscar trabajo”. 

En un entorno en el que el trabajo escasea, para un niño de trece años es prácticamente imposible, pero para Andante tenía que volverse real, porque tenerlo representaba la diferencia entre dormir bajo techo o en el lugar más inhóspito y cruel: la calle. 

“Conseguí trabajo con un señor que hacía tamales, me pagaba 300 o 400 pesos y si iba a la venta 600. Yo sentía que era mucho, pero en realidad era poco”. 

La sensación de alivio duró muy poco. Su amigo se mudó y la madre le dijo que ya no podía seguir viviendo ahí. La calle volvió a ser su única posibilidad. Así fue como llegó hasta la vida de un personaje que es leyenda en el lugar, y que le ofreció un espacio entre el asfalto.  

“Llegué a una pista de skate en San Cosme, todos ahí la conocen como San Pipi. Arriba de esta pista está el puente y en ese puente hay un agujero en el que todos se meten a dormir. Ahí conocí al Marita, ya falleció. Me dejó quedarme ahí. Lo que cambió en mí fue que yo mismo me propuse no vivir así”. 

Andante afirma que la única manera de salir de cualquier circunstancia por pésima que esta sea, es la voluntad; si no existe, no hay futuro. 

“Empiezo a buscar cuartos en renta y le pido a la mamá de mi amigo que si me puede hacer el paro para que firmara como mi tutor. En ese tiempo ya tenía entre catorce y quince años. Gracias a ella logré rentarlo. La señora me quiso mucho, comprendo que me haya pedido que me moviera de su casa. Así aprendí a trabajar, a vivir”. 

“Después conocí a dos muchachos que se dedicaban a trabajar en los semáforos. Me enseñaron a hacer malabares con pelotas, con machetes, con lo que fuera. Aprendí a usar el yoyo también. Me enseñaron a limpiar el parabrisas. Me gustó mucho pero tampoco era algo que quisiera hacer por siempre”. 

La calle fue para Andante una escuela brutal. Le permitió moverse sin restricciones, pero también le ofreció una red de apoyo que entre desconocidos tendieron para él ayudándolo a sostenerse y a permanecer de pie en un entorno hostil, sin más protección que las manos que se extendían en su paso por esas calles infinitas de la Ciudad de México. 

De los parabrisas pasó a lavar autos, a trabajar como mecánico, soldador, electricista, plomero y albañil y pintor. Siempre con el mismo sistema: mentir diciendo que sabía, entrar, y aprender sobre la marcha. Su escudo fue el ingenio. Creció resolviendo la urgencia del hambre con la audacia del que no tiene nada que perder. 

Como bibliotecario, Andante ensaya por primera vez dejar que emerja su niño interior

“Los amigos que iba conociendo me hacían el paro para que me aceptaran en los trabajos. Cuando empecé como pailero me ofrecieron trabajo en Puebla, y acepté”. 

El panorama comenzaba a abrirse para Andante, ahora, a sus casi dieciocho años era más sencillo emplearse y comenzó un nuevo período como almacenista. 

“Después de Bombardier me fui a ITR en el mismo puesto. Ahí conocí a Luis. Él me obligó a estudiar, me metió al INEA y terminé la secundaria, luego me condicionó a seguir estudiando para trabajar ahí y así terminé la prepa. Me daba libros para leer, así cayeron en mis manos historias como Dios vuelve en una Harley, La cabaña, El Hobbit y El señor de los anillos. Incluso comencé a estudiar Derecho, solo que después me involucro con una mujer mayor que yo sin saber que era la jefa. El día que terminamos me corrieron”. 

Y como si de una espiral infinita se tratara nuevamente se queda a la deriva. Nuevamente sin techo, sin trabajo y sin sustento. La estabilidad se percibía como un eterno sube y baja que no le daba tregua. 

“Conozco a una señora que necesitaba a un asistente. Al entrevistarme me pregunta que por qué quiero trabajar y le dije que necesitaba comer, que no tenía donde quedarme, que había dejado de estudiar por lo mismo. Me llevó a su casa y me dio un cuarto. Empecé a trabajar para ella, era también su chófer. Me sentí muy agradecido porque confió en mí y me dio trabajo. Luego me ayudó a entrar a trabajar por honorarios a la Secretaría de Promoción y Finanzas”.

A esa plaza le siguieron otras, finalmente, gracias a quienes sí le tendieron la mano, la estabilidad comenzó a ser parte de su vida.  

“En Guadalajara conocí a la que actualmente es mi esposa, ella se vino a Querétaro y aquí nos quedamos. Tuve dos plazas más, la última fue en una librería, y finalmente salió la plaza de bibliotecario, la concursé y la gané. Siempre me han gustado los libros, para mí fueron un escape a la vida que tenía con mis papás. Yo quería tener una vida igual a la de esos libros, eran mi refugio”. 

“Hoy trabajo con niños en la biblioteca. Pensé que solo manejaría libros, así que fue una sorpresa saber que también interactuaría con niños. Brota mi niño interior cuando estoy con ellos. Sé que a veces me comporto como niño, y mis compañeros mismos me lo dicen, pero claro, es que no tuve infancia… Nunca pude celebrar un cumpleaños, no tenía con quién. Solo he festejado dos veces en mi vida: el año pasado y este. Mi esposa me dio la sorpresa y lloré a chorros porque fue algo completamente nuevo, algo que nunca había vivido…”. 

Andante vivió la crudeza de las calles y logró salir adelante gracias a su fortaleza y a que tenía muy claro lo que no quería para su vida. 

“Fui golpeado por mis padres, maltratado y abusado por una persona cercana a la familia. Ahora puedo contarlo, pero es una historia que hasta ahora solo conocía mi esposa y una terapeuta con la que fui porque ella me dijo que debía ir. No podía dormir, lo soñaba, me despertaba en las noches, tenía muchas pesadillas que ahora se han apaciguado. Cualquier sonido que escuchaba me despertaba. No dormía de corrido… Toda mi vida he estado alerta y viviendo rápido. Sin descanso. Para mí fue muy difícil tener pareja y lograr una conexión carnal. Quienes me conocen no saben esta parte de mi vida. Es hasta hoy que la estoy contando abiertamente”.

A través del otro, Andante ha logrado reparar poco a poco todo lo que ha estado roto en su interior. “No le deseo esto a nadie, pero en dado caso que les llegue a pasar ¡Corran, no volteen atrás y cuéntenlo! Y si no les creen sus padres busquen a otras personas que los puedan escuchar y entender. Desgraciadamente yo se lo conté a mis padres y se rieron, lo que obtuve fueron golpes porque decían que no era posible, que estaba mintiendo… Desde que salí de mi casa ya no tengo contacto con nadie de mi familia. No sé qué hacen o si siguen vivos”. 

“Al trabajar con niños tengo muchas precauciones, cuido que no se me acerquen mucho, no controlo la parte del contacto físico, trato de evitarlo, incluso con mi esposa. Ella ha batallado mucho conmigo, me ha tenido mucha paciencia. No tolero ni siquiera que me corten el cabello, yo mismo lo hago, lo dejo crecer, lo rapo, solo yo lo manipulo”. 

Andante quiere ser la persona que escucha a los niños y adolescentes.

Todo este dolor se borra cuando los pequeños llegan, gustosos, para pasar unas horas con él.

“Cuando trabajo con chicos de secundaria los comprendo mucho porque también estuve en ese lugar, quiero ser la persona que los escuche”. 

“Si me preguntaran si me arrepiento: no. Si regresara al pasado volvería a irme y a dejar todo atrás, de lo único que me arrepiento es de las personas que en ese trayecto llegué a lastimar y a ofender. En una ocasión a una persona que me rentaba un cuarto, que tenía a sus hijos y me trataba como a uno de ellos, le dije que yo no era uno de ellos. Sin embargo, cuando me accidentaba siempre corría a mi lado. El día de hoy ya no está aquí y me arrepiento de no haberle dicho lo agradecido que estoy”. 

“Soy una persona muy herida, pero he tratado de parchar esas heridas. Es hasta ahora que estoy dejando que en medio de esa cura mi esposa se acerque y me ayude a cicatrizar”. 

“Yo corrí y nunca volví atrás, incluso al día de hoy. Viviendo el día a día”. 

Hoy, mientras Andante lee y juega con niños que aún tienen tiempo de serlo, ensaya por primera vez una infancia que le fue arrebatada. 

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