RAMÓN BERNAL: ARTE ENTRE PACIENTES Y PINCELES
El arte que nace y no renuncia
El arte en México es una herida abierta: una vocación que exige entrega total y, al mismo tiempo, una lucha constante contra la indiferencia y la falta de apoyo. En esa tensión se mueve la vida de Ramón Bernal, un hombre que aprendió desde niño a amar el arte, pero que con el tiempo también entendió que ese amor, por sí solo, no alcanza para sobrevivir.
Dentista de profesión y artista por destino, su historia es la de un creador que se niega a renunciar, que pinta aun en medio de consultas, que anima cuentos y crea, porque sabe que la verdadera salud del espíritu solo se logra a través del arte. Y esta es su historia.
“Terminé la carrera de Artes en la Universidad de Guanajuato, en el área de grabado, pero la cosquilla llegó por una beca que me dieron en la primaria José Ma Morelos y Pavón en la ciudad de Irapuato. La obtuve porque yo era el niño de 12 años que venía haciendo, desde 3 años antes, los dibujos de Héroes Nacionales en los honores de los lunes. Gracias a la maestra Laura que vio que podía dibujar rostros y la dirección me eligió por ese motivo. La beca fue patrocinada por la familia Nassar (dueños de la tienda de ropa Titán, del cine Gaby y del terreno donado para la escuela Marina E. de Nassar que es donde se impartió la beca). El artista pintor encargado de las clases fue el Maestro Antonio González, artista afamado en Irapuato egresado de San Carlos. Las clases eran de dibujar y pintar solo en blanco y negro, y al final del año pintar a color. Nos reuníamos los sábados. Mi primera exposición llegó 4 años después”.

Gracias a la visión de una docente que supo que tenía ante ella a un potencial artista con gran talento, se nutrió el alma del pintor que Ramón llevaba dentro, aunque muy pronto entendió que era necesario complementarlo con algo práctico que le permitiera tener ingresos seguros, y aunque culminó su licenciatura en Artes en la UG, optó por una segunda carrera universitaria: la Odontología con especialización en Ortodoncia y Periodoncia.
“Realmente, la mayoría de los egresados en Artes combinan esa pasión con otra actividad. Todos sabemos lo difícil de dedicarse solo al arte, desde joven me di cuenta de lo indispensable que era complementar mi labor artística, que genera gastos, con otra actividad. En este caso con mi servicio profesional Odontológico como una articulación necesaria de 2 mundos. Ahora podría decir que, por salud emocional, mental y espiritual, puedo hacer una o dos acuarelas y dar consulta el mismo día. Como no me gusta perder tiempo, tengo colores, lienzo y papel en mi casa y en mi consultorio para trabajar en donde se pueda”.
Ramón pone el dedo en la llaga en una verdad incómoda: vivir solo del arte, en nuestro país, es casi imposible. No tanto por la ausencia de políticas culturales —aunque también pesan— sino por la indiferencia cotidiana de quienes rodeamos a los artistas. Nos acostumbramos a admirar su trabajo, pero no siempre a reconocerlo con justicia, menos aún a pagarlo en tiempo y forma. Su testimonio es doloroso:
“Viví 5 años solo de pintar. En ese entonces ya me habían dado un premio nacional de pintura en Orizaba, Veracruz, fue en 1982. También pinté un mural en Uruapan, Michoacán y tomé cursos con Luis Nishizawa, aún no tenía a Fabián y Santiago, mis hijos, pero ya había terminado la carrera de Odontología. Todo mundo me debía dinero, se quedaban con la pintura y me la pagaban en plazos, hacía rifas de pinturas, tenía un dealer o marchante que vendía mis pinturas. Viajé a los museos de Europa… me compré mi primer carro gracias a las pinturas. ¡Fue fabuloso! Pero, cuando nació mi primer hijo no tenía para sus pañales, leche y los gastos básicos que se requieren. Quienes me debían me decían ‘date la vuelta en una semana’. Fue crítico, tenía 6 meses viviendo en Guanajuato y decidí poner mi consultorio. Comprendí que no por mi pasión iba a sufrir gente a la que amaba. Fue difícil entenderlo”.

La crudeza de esa experiencia deja claro que no basta con aplaudir el talento: hay que sostenerlo. No hacerlo tiene consecuencias: carreras truncas, vocaciones ahogadas, talentos que se pierden en el camino. Ramón encontró un modo de sostenerse sin abandonar su pasión, pero no todos logran esa fuerza: demasiados talentos quedan varados antes de florecer. Y aquí surge la gran pregunta: si el arte es tan vital para nuestra vida, ¿por qué seguimos tratándolo como algo prescindible, algo que se puede regatear o incluso no pagar?
“Siempre sucede la revelación constante que te da el testimonio de que una buena obra te abre mundos que conoces de la mano del lienzo y pintura. El quehacer artístico tiene sin duda un poder reflexivo no importa la trascendencia del tema, la actividad por sí sola lo consigue. El otro lado de la moneda también es importante, cada venta que se presenta de mi trabajo por pequeña que sea me hace sentir y observar el valor que imprimí en cada obra. Que alguien más lo reconozca y esté dispuesta a pagar por ello sin conocerme y sin saber quién lo hizo me permite ver cómo la obra ha adquirido su propia aura y su importancia para ese comprador”.
La historia de Ramón Bernal es la de miles de artistas que, como él, resisten en un país donde el talento suele chocar con la precariedad. Su vida es un recordatorio de que el arte es indispensable: no se trata de un lujo, sino de un alimento del alma que debería ser valorado y sostenido por todos. Porque cada obra que nace, cada trazo que sobrevive a pesar de las dificultades, es también una forma de esperanza.
Pude atestiguar lo poderosas que son sus obras en una exposición que terminó el 27 de septiembre en la Creativería, en el mercadito de la Presa, un lugar que siempre está dispuesto a abrir sus puertas a los artistas. Verlas, me llevó a preguntarme ¿qué inspira a un artista como él?

“La actividad artística es un hecho creativo. Tiene que ver mucho con el tributo a la comedia y el drama de la vida y con la necesidad de trascender. Tener conciencia de la brevedad de la existencia también es abrir una puerta al subconsciente y, así, poder entender y conocer al ser auténtico que habita en nuestro cuerpo”.
Ramón no se detiene. Además de pintar esculpe, anima cuentos, escribe guiones, compone música. Es un artista integral. Actualmente lleva sus acuarelas al Bazar del Truco. Lo hace con humildad, convencido de que el ego estorba y que la creación es, ante todo, un acto de amor.
“Mi intención es la de llevar la pintura a la gente y no la gente a la pintura”.
Ramón Bernal crea en los espacios donde la vida le permite abrir un resquicio a la inspiración. Porque su trayectoria demuestra que el arte sobrevive gracias a quienes lo sostienen con el corazón. Ramón es prueba de que la verdadera trascendencia no está en los premios ni en los aplausos, sino en la capacidad de no renunciar a lo que nos ilumina: el talento, la pasión y la certeza de que, aunque herido, el arte nunca muere.

