UN CALLEJÓN MODELO

EL HILO DE ARIADNA

Temezcuitate, empinada cuesta donde tiene su sede San Miguelito, es ejemplo de gestión vecinal

Eran años difíciles. A mediados de la década de 2010, la creciente delincuencia asolaba barrios y colonias guanajuatenses. Caminar por alguno de los muchos callejones del centro histórico, particularmente por la noche, era arriesgarse a perder el dinero, el celular, la mochila o incluso la chamarra, bajo amenaza de una navaja cuyo brillo a la luz de las farolas delataba el filo amenazante.

Así fue por casi cualquier rumbo. Mas un día, algunos vecinos del céntrico callejón del Temezcuitate decidieron tomar cartas en el asunto. ¿Por qué mantenerse en la pasividad? ¿Acaso nada podía hacerse? “El valiente vive hasta que el cobarde quiere”, reza un viejo adagio que recordaron los habitantes del vecindario, y se propusieron aplicarlo a sus circunstancias.

El callejón del Temezcuitate (centro), visto desde el cerro de San Miguel. Al lado, un gatito voltea curioso al paso del caminante.

Primeramente, puerta por puerta, lograron convencer a la mayoría de los vecinos de participar en la solución del problema. Se reunieron, platicaron, hicieron propuestas, establecieron acuerdos y desarrollaron un meditado plan de trabajo. Hubo reuniones con las autoridades para instalar un sistema de comunicación inmediata con Seguridad Pública, distribuyeron silbatos de alarma, colocaron cámaras y carteles de advertencia y organizaron un esquema de vigilancia rotativa. Fue un acierto.

A las pocas semanas, el sistema demostró su eficacia. Los maleantes, sin sospechar, volvieron a las andadas, pero fueron rápidamente detectados. Algunos lograron huir al ser sorprendidos por los atentos y furibundos residentes; otros fueron capturados y entregados a las autoridades. La comunidad respiró aliviada. Los moradores estrecharon sus vínculos y entonces decidieron ir por más: hacer de su callejón un modelo de coexistencia y gestión colectiva.

Accesos al callejón desde la calle Sangre de Cristo (izquierda) y desde la carretera Panorámica (derecha).

Determinaron acabar con la basura, esos desechos que afean tantos lugares hermosos del viejo Real de Minas. También, pintaron sus fachadas e instalaron jardineras. Una década después, aunque varios de los impulsores del proyecto se han mudado y el entusiasmo inicial se ha ralentizado, a lo largo del ascendente trayecto se percibe una atmósfera de orden, pulcritud y tranquilidad.

Entrada al callejón de Peñaranda por el Temezcuitate.

Miles de turistas, durante sus recorridos cercanos a la Plaza Allende, al tiempo de tomarse fotografías y selfies junto a las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza, suelen voltear a la parte superior de la pared rocosa ubicada a espaldas de ambos personajes, admirados por las coloridas casitas sostenidas al borde del barranco, y preguntándose cómo logran los habitantes llegar a sus hogares. A solo unos pasos de distancia, da comienzo el ascenso a esa cuesta: el Temezcuitate.

Mural, fuente y nicho en la intersección con los callejones Santo Niño y Ciudadela.

Dicho vocablo es de origen náhuatl y posee el significado de “suciedad de plomo” o “estiércol de plomo”, usado para referirse a los desechos terrosos de la minería, lo que indica que, al parecer, cuando comenzó a poblarse Guanajuato, se arrojaban en ese sitio los sobrantes de los procesos de extracción, aunque actualmente resulta difícil hacerse una idea sobre cómo era eso posible en una ruta tan inclinada.

Baldío, un remanente del cerro original. Casa abandonada en el callejón.

Actualmente es uno de los callejones principales del corazón urbano. Inicia sobre la calle Sangre de Cristo, mediante un ancho acceso permanentemente animado debido a que allí se ubica una popular cafetería, muy frecuentada por académicos, estudiantes y extranjeros. Luego, sube en línea casi recta hasta la Panorámica, aunque antes solo llegaba hasta una ruta transversal que aún enlaza los callejones de Ciudadela y Santo Niño de Pastita (existe otro de igual nombre en Pósitos).

Jardineras y macetones adornan la ruta.

Hace ya tiempo, nuevas construcciones rebasaron ese límite y el trayecto llegó a la vía escénica. Unos pocos parches de vegetación delatan al paraje silvestre desplazado. Un hotel aprovechó tal circunstancia para diseñar un amplio mirador con una vista de la ciudad poco conocida. No obstante, desde el inicio hasta el final, el pavimento lo forma el tradicional adoquín de cantera local, pero con una notable particularidad: la limpieza. En todo el recorrido, no se observa un solo papel, envoltura o envase tirado en el suelo.

Los callejones de Santo Niño y Ciudadela y la privada de San Juan.

Los inmuebles, en la parte baja, presentan el aspecto típico de las viviendas cuevanenses, mientras las del sector superior son de estilo más contemporáneo. Casi al principio conecta con el callejón de Peñaranda y a medio camino se abre la privada de San Juan, paralela a la ruta principal. En la intersección con los otros callejones, se pintó un gran mural de temática indígena y religiosa, e igualmente se alzan allí una fuente, una ancha banca y un nicho católico, lamentablemente casi siempre ocultos por autos aparcados.

La capilla de San Miguel y la placa conmemorativa de la fiesta del arcángel.

Aproximadamente a la mitad, se localiza la capilla de San Miguel, epicentro de una de las fiestas tradicionales más importantes de la ciudad —desde 1950, según dice una placa— y meta de varias romerías, particularmente el 29 de septiembre o en fechas cercanas. También de allí parten peregrinaciones (a pie o a caballo) a la ciudad de San Felipe, sede principal en el estado de la festividad del arcángel vencedor del demonio, cuya influencia -creen algunos- ha convertido esa ancestral ruta minera en un vecindario ejemplar.

Sobreviven dos hidrantes en el callejón.