CRUZ DEL PALMAR Y SUS CUISILLOS

Recorrido por un territorio Hñähñú

rebelde y celoso de su patrimonio

Un día, hombres de gris llegaron a la región con un conjunto de papeles en mano: planos, proyectos, leyes. Ante los hombres y mujeres del lugar hicieron engañosas propuestas de compra de terrenos. El motivo: una nueva carretera, la cual —dijeron— llevaría a la zona progreso, desarrollo, modernidad. ¿Qué más se podía pedir?

Sin embargo, los lugareños, acostumbrados a las triquiñuelas de los foráneos que, desde 500 años atrás, han hecho de las suyas en casi cualquier lugar del país, se mostraron suspicaces primero, dudosos después y, finalmente, rebeldes. El suelo ancestral no sería hollado por el asfalto; las piedras antiguas deberían ser respetadas.

Panorámica de Cruz del Palmar.

Cruz del Palmar, comunidad de origen Hñähñú (Otomí), perteneciente a San Miguel de Allende, se erigió hace años como pueblo defensor de tradiciones y sitios indígenas de larga data. Rápidamente movilizados, los habitantes lograron exponer su inconformidad ante medios locales y nacionales, para evitar que una autopista entre la capital del estado y la cabecera municipal destruyera su patrimonio histórico.

Los alrededores de la comunidad.

Lo más sorprendente es que lo consiguieron. Ante su firme postura, el proyecto pasó a dormir el sueño de los justos durante varios lustros. Y cuando se rescató, el trazo había cambiado; no pasaría por esa área, sino que se desviaría algunos kilómetros. Los hombres de la tierra habían ganado la batalla a los seres vestidos de gris. Una de cal por las muchas que van de arena.

Kiosco y mural de Cruz del Palmar.

A primera vista, Cruz del Palmar no se diferencia mucho de cualquiera de las numerosas rancherías del rumbo: rectas y planas calles bordeadas por viviendas coloridas, por corrales, huertas y plantas silvestres o domesticadas. Un kiosco, un templo y un pequeño pero limpio y ordenado jardín en el centro. Cultivos diversos en los alrededores; amplios horizontes y límpidos cielos por donde las nubes vagan en lo alto.

Sin embargo, basta con recorrer las calles al lento ritmo del campo y mirar con detenimiento para encontrar lo distinto. Por el rumbo del panteón, lo que parece ser un cerro, sobre el cual se alza una ermita o capilla, llaman la atención del observador atento. La silueta resulta vagamente familiar a otras imágenes guardadas en el recuerdo. Hurgando en los recovecos de la mente, se encuentra la respuesta: parece una pirámide. Prehispánica, por supuesto.

El cerro-pirámide desde el camino de acceso y la Capilla del Calvario.

¿Lo es? Resulta difícil afirmarlo, e igualmente sería temerario negarlo. Siglos de erosión y actividades humanas han deformado el entorno original (hasta hace poco, el camino de acceso se usaba como pista para competencias de cuatrimotos). Con escasa altura, resulta muy fácil llegar a la cima, donde se levanta la ermita mencionada, copia de la original que se destruyó hace unos años al estallar fuegos artificiales almacenados allí para la fiesta.

El círculo de árboles al centro oculta un cuisillo.

El Calvario —tal es su nombre— era una de las muchas capillas de indios construidos en solares y caminos hacia San Miguel de Allende. Varias se encuentran dentro de propiedades privadas, pero son fácilmente identificables por sus torrecitas y viejos muros de piedra encalada. Todas están protegidas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), aunque se carece de fondos suficientes para emprender un rescate en forma.

La maleza cubre una antigua construcción.

En lo que toca al supuesto cerro, desde su cima puede observarse, hacia el este, una planicie cultivada en toda su extensión, excepto por un curioso cúmulo de árboles en forma circular, donde según los lugareños hay restos de otro cuisillo (pirámide), el cual es difícil de identificar por estar rodeado de una maleza casi impenetrable. “Justo por aquí querían que pasara la carretera”, expresan, “y eso no podía ser…”.

Los taludes de la construcción, desde la planicie.

Desde ese lado, la ladera del primer túmulo muestra claramente hileras de piedra con forma de talud, lo que refuerza la idea de que, si originalmente es una formación natural, fue aprovechado para darle forma piramidal. La capilla de la cumbre recuerda que los frailes españoles acostumbraban construir pequeños templos en el lugar donde estuvieron los adoratorios indígenas. Quienquiera que haya visitado Cholula podrá comprobarlo.

Vista del panteón desde El Calvario.

Por supuesto, el INAH no tiene recursos para la exploración sistemática del área, sobre todo cuando hay miles de sitios similares a lo largo y ancho de la República, de modo que todo se limita a la protección brindada por la comunidad, la cual posee una oficina encargada de atender y estudiar la herencia indígena, no solo en el aspecto material, sino también en el rescate del lenguaje y las tradiciones Hñähñú.

El templo y una de las capillas otomíes.

Aún hay más. A un lado del poblado corre el río Xoconoxtle, afluente del Laja, arenoso en tiempo de secas y con un ancho caudal en temporada de lluvias. Aguas transparentes formadoras de pozas aptas para nadar, que forman con pequeños meandros y donde surge repentinamente un sorprendente puente colgante de metal que se bambolea al cruzar de un extremo a otro.

Mural de la Virgen de Guadalupe. Imagen de al lado: el río del Xoconoxtle y su puente colgante.

El agua del río invita. Es irresistible la tentación de recogerla en el cuenco de las manos y refrescar brazos, cara y pelo a la sombra de los árboles. El murmullo de la corriente lleva a un silencioso descanso en la ribera. No hay duda: la belleza del campo mexicano puede encontrarse en cualquier rincón insospechado, igual que los antiguos restos pétreos de una historia casi olvidada, pero siempre presente.

La casa ejidal.