TODO EMPEZÓ EN EL ESTUDIO DEL VENADO

“Una vieja casa en el callejón del Venado, pobremente amueblada, cuyo mayor lujo era un tocadisco de 78 revoluciones y 4 o 5 álbumes de música llamada clásica. Tal era el Estudio de un grupo heterogéneo en el cual, ciertamente, destacaba su figura (de Olivares). Era de todas suertes un refugio, en aquella etapa de estancamiento pueblerino de un Guanajuato económicamente mal. Con la industria minera casi muerta y una Universidad incipiente nacida de un Colegio que no contaba arriba de mil alumnos ni más de cuatro carreras”.

Así describía Eugenio Trueba ese espacio que ahora es una finca ocupada por particulares, perdida en un anonimato derivado de estar en un callejón que no es de paso turístico, aunque se ubica cerca del emblemático Callejón del Beso.

En 1938, un grupo de jóvenes, entre los que estaban Enrique Ruelas, Alicia Barajas, Eugenio Trueba y Estela Oyanguren, comenzó una aventura teatral con el montaje, en el Teatro Juárez, de Cuadrigémino, escrita por Pedro Muñoz Seca.

Placa que anuncia al afamado callejón, arribita de la Plaza de Los Ángeles. (Fotografías de Google Earth)

El Colegio del Estado, entidad educativa que los acogía, carecía de espacios suficientes y adecuados para esos fines, amén de que la inquietud de la juventud les exigía algo más íntimo y discreto.

Por eso consiguieron esa casa del Barrio del Venado, en la calle del Venado, ubicada atrás del Callejón del Beso. A esa casa de adobe cubierto con cal y cemento —que tenía como número el 20— le llamaron pomposamente “Estudio del Venado”.

Entre 1942 y 1947, el estudio del Venado fue el centro de reunión para la creatividad y la tertulia de la “chaviza” de su tiempo: una juventud que vivía la lenta resurrección de una ciudad en ruinas ante la casi muerte de la minería, industria que le había dado proyección mundial y que la Independencia y la Revolución provocaron su dramática disminución.

Ahí surgió el Teatro Universitario que daría lugar a los Entremeses Cervantinos en 1953, que darían lugar al Festival Internacional Cervantino en 1972. Fueron 30 años para pasar de la marginalidad a la gloria mundial.

En Barrio del Venado era periferia en una ciudad compactada en torno a una cañada, de calles donde algunos autos circulaban por las rutas que antaño fueron para el tranvía de mulitas.

Fue el centro de tertulias a las que acudían Armando Olivares Carrillo (quien fue distinguido abogado y el primer rector de la Universidad de Guanajuato cuando dejó de ser Colegio del Estado), Eugenio Trueba Olivares (cuentista, director escénico), José Guadalupe Herrera (narrador, cuentista), Enrique Ruelas Espinoza (aficionado a la dirección escénica y luego creador del Teatro Universitario), Manuel Leal (pintor, cuentista y bohemio), Josefina Zozaya, Manuel Ezcurdia (otro bohemio), Paula Alcocer (poeta), Luis García Guerrero (pintor), Luis Pablo Castro, Salvador Lanuza, Rodolfo González (escultor), Jesús Villaseñor (a la postre distinguido abogado y hombre de cultura) entre otros y otras.

Luis Miguel Rionda ha escrito que Luis Pablo “el Palillo” Castro pagaba la renta. Era un momento histórico de la transición de Colegio del Estado a Universidad de Guanajuato (1945). Eran tiempos donde, gracias a la Segunda Guerra Mundial, México se abrió al mundo y se sentaron las bases para el desarrollo estabilizador que habría de conocerse como “El Milagro Mexicano”.

Se dice que la casa recibió a visitantes ilustres: Alfonso Reyes, Nemesio García Naranjo, Andrés Fernando Soler, Margarita Paz Paredes, Luis Echeverría Álvarez, Joaquín Pardavé y Carlos Fuentes. También se dice que aquí nació la inspiración de comenzar a exhibir la obra Las Buenas Conciencias, novela que retrata el provincianismo y la doble moral a partir de tener a una familia guanajuatense como base de la narración. En la obra, la historia se desarrolla en la Plazuela de San Roque, no lejos de la de Los Ángeles, la más cercana a El Venado. Bueno, en ese Guanajuato nada estaba lejos.

Esa banda de jóvenes era la intelectualidad que inspiró a Ibargüengoitia a llamar a Cuévano-Guanajuato “la Atenas de por acá”. Era lo que había y había bien que ya algunos daban clases. El 25 de marzo de 1945, el Colegio pasó a ser universidad y comenzaron a crearse grupos y peñas artísticas, revistas literarias y de opinión en las que se leían y analizaban las novedades llegadas de la Ciudad de México y, aunque escasas, de Buenos Aires y Madrid.

En 1949 llegó a la gubernatura de Guanajuato un egresado del Colegio del Estado: José Aguilar y Maya, quien designó como rector universitario a Antonio Torres Gómez, otro joven abogado, nacido en León y formado en la UNAM. Fue él quien trajo a la ciudad de Guanajuato a exiliados republicanos españoles como Luis Rius y Horacio López Suárez (para fundar la Escuela de Letras); Luis Villoro, Ricardo Guerra (para fundar la Escuela de Filosofía); al leonés José Rodríguez Frausto, residente en la capital del país (para fundar la OSUG, el Cuarteto Clásico y la Escuela de Música); a Jesús Gallardo, también de León (para fundar Artes Plásticas)… y a Enrique Ruelas, quien pese a haber nacido en Pachuca había estudiado en Guanajuato y había vuelto a la capital, para crear la Escuela de Arte Dramático y un grupo de Teatro Universitario.

Surgieron nuevos espacios de encuentro, como el Café Carmelo, ubicado en un costado de la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, casi en plena Plaza de la Paz. En 1947, la “chaviza” se mudó a una zona más visible. La ciudad resucitaba gracias a la economía de su condición burocrática de capital y la paulatina restauración de sus espacios le convertía poco a poco en destino turístico.

Casa donde estuvo el “Estudio del Venado” (fotografía de Google Earth) en cuyo interior existía el ahora viejo piano.

En 1950 comenzó a construirse el nuevo edificio universitario. Tiraron la parte frontal de la vieja casona jesuita donde estuvo el Colegio del Estado. También tiraron “La lucha por la vida”, cantina que fue el centro del encuentro informal universitario.  Las escalinatas comenzaron a cambiar el paisaje que desde el mirador de El Pípila se contemplaba.

Las ruinas que vio Ibargüengoitia empezaban a ser reparadas y pintadas. La ciudad comenzaba a tener un maquillaje urbano y a presumir festivales y edificaciones reparadas. Películas y novelas se crearon para honrar a la antigua urbe virreinal que se convertía en centro de cultura y pisteo.

Atrás se quedó el “Estudio del Mercado”, inspiración de lo que también serían las famosas “casas de asistencia” para estudiantes. Si esa casa hablara, nos diría quién fue novia de quién, quién terminaría casándose con quién, quién le recitaba poesía a quién, quién pedía reunirse para ir a llevar serenata a quién, quién no regresaba los libros prestados, quién traía —a escondidas— las revistas prohibidas, quién o quiénes tocaban el piano -ahora ya avejentado- que se encuentra en una de las piezas de la casa, quién tenía “ideas extranjerizantes ajenas a nuestra idiosincrasia” y quién llegó corriendo a esconderse porque la tira lo seguía por haberse miado en la fuente que estaba en la Plaza de la Paz.