GUANAJUATO CAPITAL, CRISOL DE LEYENDAS FANTASMAGÓRICAS
Veintiocho ediciones del Festival Internacional Cervantino cubrí hasta 2019. A la par, varios amigos que cultivé en Guanajuato, y con quienes tuve una cita anual durante largo tiempo, me contaron historias que en Días de Muertos cobran especial relevancia. Aquí algunas.
Guanajuato capital, ciudad minera y colonial por excelencia en México, es un rico crisol de leyendas fantasmagóricas que involucran a personajes y gente común de otras épocas, sitios que se niegan al paso del tiempo, y hechos que habitan indelebles en el imaginario popular. Son historias que en estos días cobran vigencia de terror, miedo y escalofrío.
Una de las leyendas que más llama la atención del turista es la del Usurero del Baratillo, cuyo verdadero nombre se ha perdido en las tinieblas del tiempo. Lo cierto, porque así lo esgrime la conseja popular, es que su vida transcurrió en los años previos a la Revolución Mexicana. No salía de casa. Su pasión y locura era contar su dinero en monedas de oro.
Sólo una o dos veces al día salía a la calle, seguramente ya atormentado por el hambre. Por las mañanas iba a comprar un vaso, pequeño, de atole, y un tamal. Por la tarde salía para comprar algunos nopales y contadas tortillas. Sólo así se abría el pesado zaguán de su casa, el cual permanecía cerrado a piedra y lodo el resto del día. Hasta daba miedo.

De cuerpo delgado casi seco, y mirada extraviada, era evitado por sus vecinos, pues no era aficionado al baño y su ropa guardaba mugre de muchos años. Era blanco de piel, ni alto ni chaparro, y usaba bigote mal cuidado y una barba de iguales características. Por lo regular usaba un pantalón negro que brillaba de sucio y camisa blanca… en otro tiempo.
Este hombre era tan rico que por haber acumulado tan inmensa cantidad de monedas de oro perdió la razón. De día y de noche, los vecinos escuchaban, por accidente o por la curiosidad que les picaba, el chocar y tintinar de las monedas de oro al estrellarse unas contra otras. Así era el Usurero del Baratillo, como la gente del pueblo dio en llamarle.
Las malas lenguas señalan todavía que esa fortuna era producto del negocio que tuvo en su propia casa por muchos años: prestar dinero con muy altos intereses. A él se le achaca la frase “peso que no deje diez, para qué es”. Prestaba en oro y en oro cobraba, con altos intereses que imponía ante la impotencia de la gente necesitada que caía en sus garras.
Las croniquillas más confiables señalan que un día llegó a su casa un hombre que no era del rumbo. Hábil en su hablar, convenció al Usurero del Baratillo para que le prestara dos mil pesos oro con 25 por ciento de intereses, y le juró pagárselos en el plazo de ocho días. Al desconocido ese nadie lo volvió a ver, ni los vecinos ni el tacaño; él se volvió loco.
Desde entonces, se dice que por las noches, y aún a veces durante el día, se oye el sonido de las monedas. Del tesoro, se sabe que muchas personas llegan a rentar esa casa con la idea de encontrarlo, pues se dice que tras el timo, todavía le quedó mucho oro y que lo enterró en diferentes puntos de la casa. El Usurero del Baratillo aún se aparece, aseguran.

Una leyenda más es la de La Calle del Truco. Primero, hay que aclarar que la palabra truco significa coartada, fraude, ardid, engaño o artificio. En la actualidad se cuenta que en la vía que hoy lleva ese nombre, se puede ver la sombra de un caballero vestido como en la Colonia, o sea, capa larga y sombrero de ala ancha; su rostro no tiene color alguno.
Su sombra se desliza de manera apresurada a lo largo de esa calle tan pronto como el sol se ha ocultado por completo y las penumbras se adueñan del lugar. Es la sombra de “Don Ernesto”, quien sigiloso se detiene delante de una puerta que es la de la casa de juego a la que sólo van los ricos. Llama tres veces. Tras un chirrido de ultratumba, el señor entra.
Un día jugó todo el oro que llevaba encima. Perdió. Apostó sus fincas y las perdió. La mala racha siguió y el maldito juego lo despojó de las haciendas. Don Ernesto perdió tres o cuatro de sus mejores propiedades. Se puso más nervioso que nunca, pensó y advirtió que la fortuna le dio la espalda y que había perdido prácticamente todo lo él que tenía.
“No todo, amigo, todavía no pierdes todo. Posees aún algo valioso. Te lo juego”, le dijo de pronto una voz. Don Ernesto palideció, al ver que ese extraño había escuchado sus pensamientos. Ese raro ser le murmuró algo al oído. “¡No, eso no, nunca!”. El sujeto de voz cavernosa insistió y el desesperado hombre accedió. Jugaron una partida de cartas.
Era esa prenda contra una fortuna como la que había perdido. En una jugada, a la carta mayor. El forastero puso sobre la mesa dos cartas, una sota de oros y un seis de espadas. “¡A la sota!”, gritó don Ernesto temblando. Deslizados los naipes, siete de bastos, tres de oros, caballo de copas y al fin, la carta maligna, el seis. Perdió y con ello, a su hermosa y voluptuosa esposa. El adversario era el diablo. Don Ernesto perdió fortuna y esposa.
Leyenda del Callejón del Beso tiene un sabor a besos amorosos y a tragedia familiar. Doña Carmen, hija única de un hombre enojón, era cortejada por don Luis. El papá se enteró, la encerró y amenazó con enviarla a un convento, y lo peor de todo, casarla en España con un viejo y rico noble, con lo que, además, agrandaría su lánguida fortuna.

La joven y su dama de compañía, Brígida, lloraron a mares. Brígida corrió a ver a don Luis para darle a conocer la infausta amenaza. Cabe decir que la casa de doña Carmen tenía un balcón que daba a un callejón de menos de medio metro de ancho, de tal modo que si se asomaba a la ventana, podía fácilmente tocar la pared de la casa de enfrente.
Don Luis compró la casa de enfrente a precio de oro. Así de grande era el amor que sentía por la hermosa. La sorpresa de ella no tuvo límite cuando al asomarse al balcón, cara a cara, encontró al galán. Sin pérdida de tiempo, iniciaron un gran coloquio amoroso sintetizado en apasionados besos. De pronto, se oyeron fuertes pisadas y malas palabras.
El padre de doña Carmen, inútilmente detenido por Brígida, quien con ello se jugaba la vida y no sólo el empleo. El padre tiró a la alcahueta de su hija y a ella le clavó una daga en el pecho. Don Luis sintió que la mano de su amada se enfriaba en la suya y depositó un tierno beso sobre esa mano tersa y pálida, ya sin vida. Desde entonces las parejas de turistas desean darse un beso ahí, paradójicamente, como augurio de felicidad.

