LA “GATURNA” DE MONSIVÁIS
Alrededor de 20 mil piezas, entre documentos históricos, pinturas, fotografías, grabados, dibujos, caricaturas, partituras, maquetas y miniaturas, integran el acervo del Museo del Estanquillo que fue fundado en 2006 por iniciativa de Carlos Monsiváis. Sus colecciones, reunidas a lo largo de toda su vida, son la base del recinto; siempre las quiso compartir.
El nombre del museo también lo ideó él, en una evocación de los comercios, modestos y casi siempre familiares, que durante el siglo XIX y parte del XX vendían casi de todo en las colonias populares. En esos estanquillos había desde cigarros y refrescos hasta hilos y agujas, así como artículos de limpieza, jarciería, perfumería, juguetes, focos y bonetería.
La pieza más importante y destacada del museo es, sin embargo, el mismísimo Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938-2010), uno de los más grandes intelectuales que ha dado México. Dedicó su vida a reflexionar sobre la historia, cultura popular, política, las minorías, cambios sociales, derechos humanos y arte, entre otros temas, de este país.

Lo anterior, porque las cenizas del escritor, cronista, ensayista y luchador social están en la Sala de Lectura en el cuarto piso del Museo del Estanquillo. Están en la “Gaturna” que el artista plástico mexicano Francisco Toledo (1940-2019) diseñó y realizó con especial cariño para su amigo Monsiváis. ¿”Gaturna”? Sí, una urna fúnebre con forma de gatito.
Impresor, dibujante, pintor, escultor y ceramista, Toledo también se desenvolvió como un activista político y cultural aguerrido, luchó por el respeto, promoción y conservación del patrimonio artístico mexicano, y luchó hombro con hombro junto a quienes defendieron la ley y la justicia. Varios puntos de interés común los convirtieron en amigos entrañables.
Se trata de una urna de barro pintada al óleo, y simboliza a un gatito que juega con una pelota. El minino está recostado y tiene su cola alrededor del cuerpo, y parece cómodo al reposar sobre la urna que contiene las cenizas del erudito. Cabe señalar que los gatos y la lectura fueron las dos grandes pasiones que Carlos Monsiváis tuvo toda su existencia.
Monsiváis y Toledo fueron dos creadores como muy pocos se han conocido en la historia nacional. El primero a través de las letras y la palabra hablada, y el segundo mediante las artes plásticas, son iconos del siglo XX mexicano, pues sus respectivas obras fueron más allá de las fronteras del país, sobre todo, por el espíritu social de todas sus actividades.
La “Gaturna” fue un obsequio que el escultor quiso dar al hombre de letras a manera de homenaje póstumo. El hecho de que las cenizas de quien dio vida al recinto se encuentren allí mismo, hacen del Museo del Estanquillo un sitio especial. La Sala de Lectura es un espacio cálido, reconfortante, con luz y temperatura que cobija mientras uno va a leer.

Por dentro y por fuera, el espacio museístico es realmente hermoso. Ocupa un edificio que fue construido en los últimos años del siglo XIX, en el hoy Centro Histórico de la Ciudad de México. Gracias a los trabajos de conservación se encuentra en excelentes condiciones y, por dentro, resguarda las colecciones privadas de Carlos Monsiváis.
La idea de Toledo fue que Monsiváis reposara eternamente en el Museo que él fundó, junto con sus colecciones que incluyen sus crónicas, juguetes, grabados, arte popular y numerosos objetos más, como revistas de todos los tiempos y su bibliografía completa. Esas colecciones y sus cenizas integran una herencia cultural de invaluable estimación.
La “Gaturna”, de color claro, está a la vista de todo el público visitante en la sala que fue inaugurada en junio de 2011. Su acervo de 2 mil 300 libros y revistas, se puede dividir en tres rubros: Bellas Artes, Literatura e Historia de México. De su propio currículum él dijo: “No tengo personaje. Soy mi biblioteca y mi videoteca”.
Carlos Monsiváis se distinguió por su capacidad crítica, su estatura intelectual y su peculiar estilística. El conjunto de su obra suma más de 90 libros de distintos géneros, entre crónica, ensayo, biografía, literatura, antologías, colectivos, traducciones y en colaboración. Además, sobre su trabajo se ha escrito una muy variada bibliografía crítica.
Es una de las más importantes voces del panorama cultural en español, por lo que en vida y tras su muerte recibió numerosos reconocimientos dentro y fuera de México, entre los que se cuentan doctorados honoris causa, premios literarios, condecoraciones y medallas y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura (2005).
Elena Poniatowska, escritora mexicana nacida el 19 de mayo de 1932 en París, escribió la cédula que acompaña a la “Gaturna”: “La urna la hizo Francisco Toledo y su forma, su volumen, su redondez de tierra, la convierte en un abrazo, un recibimiento excepcional. La urna acoge, cobija, se ahonda, suena a barro. Lentamente pulida, brilla trabajada por las manos del buen alfarero, del creador y del artesano, del que sí sabe hacer las cosas y, sobre todo, sabe rendir homenaje al amigo.

“Es una urna de extraordinario carácter que refleja los muchos experimentos técnicos que ha hecho Toledo con el barro, la madera, todas las sutilezas de la materia, pero sobre todo el sagrado sentido de la vida (…). En realidad, la urna es un gato que se redondea sobre sí mismo para dormir su larga vida de siete vidas. Envuelto en su cola, su pelambre resalta por encima del barro y su cabeza de gato tiene la cara del Monsiváis de los buenos días, el que sonreía.
“En la urna están todas las respuestas de Toledo a Monsiváis, el amor al coleccionista, el amor al crítico, la devoción al pensador, la admiración por los escritos de un hombre que logró catequizar a los indios remisos. Toledo, el pintor de las tenaces raíces zapotecas también llenó la urna de iguanas, de mariposas, de tortugas, de peces, de jaibas, de cangrejos y los puso a cantar al unísono.
“La urna tiene símbolos ocultos, códices y máscaras del México antiguo, la urna es un organismo viviente en el que todo se corresponde, el agua que sigue cantando en el barro, las sutilezas de la materia, su complejidad, responden a las huellas de dedos de Francisco Toledo que moldearon esta corona mortuoria. Porque en verdad, la urna es una corona. Y en verdad también, sólo Toledo podía coronar a Monsiváis”. 19 de junio de 2011.

