CUANDO TOCAN A UNA. LA RABIA APARECE CUANDO EL RESPETO SE VUELVE EXCEPCIÓN
La rabia no es, en modo alguno, una reacción
automática ante la miseria y el sufrimiento.
[…] La rabia solo aparece cuando hay razones para suponer que las condiciones podrían ser diferentes.
Hannah Arendt, Sobre la violencia
Si tocan a la presidenta, ¿Qué nos queda a las demás? Ella lo dijo sin rodeos: cuando era joven también le pasó. No fue un error, ni un malentendido, ni una torpeza política, fue abuso. Y lo peor no fue verlo en cadena nacional, sino escuchar después a los opinadores y opinadoras de siempre, a quienes miden segundos y distancias, a quienes analizan ángulos de cámara, a quienes hablan de protocolos como si el cuerpo de una mujer fuera un terreno táctico. No entienden nada, porque lo que se vio no fue un fallo de seguridad, fue la exhibición pública de una costumbre antigua: la de tocar, invadir, probar límites, la de ver hasta dónde se puede llegar sin consecuencias.
Nosotras lo reconocimos de inmediato. Todas hemos sentido esa mano que se posa donde no debe, esa mirada que revisa sin permiso, esa voz que llama “piropos” a su violencia. Aprendimos a cuidarnos como si la culpa fuera nuestra, a caminar con las llaves entre los dedos, a cruzar la calle cuando alguien nos sigue, a fingir calma cuando el cuerpo tiembla, a mandar mensaje al llegar, a compartir la ubicación, a hablar con prudencia. Pero no hay estrategia suficiente cuando el riesgo no está en la oscuridad sino en la cultura, y una termina viviendo en estado de defensa, con la rabia domesticada, con el miedo normalizado, con la certeza de que ninguna precaución es garantía.

Por eso lo que vimos no sorprendió, pero sí encendió. Encendió la indignación, no el dolor. Dolor sentimos cuando perdemos algo, y aquí no hemos perdido nada: nos lo siguen arrebatando. Si pueden tocar a la presidenta frente a las cámaras, con equipo, con escoltas, con poder, qué puede esperar la mujer que regresa sola de madrugada, la que toma un taxi, la que trabaja en silencio, la que no tiene a nadie que la grabe para probar lo que vivió.
Lo pienso a diario, en el juzgado donde trabajo, cuando leo los casos que llegan y descubro que la misma escena se repite con otros nombres, otras calles y las mismas excusas. No hace falta ver noticieros para saberlo: basta mirar los expedientes. Cada carpeta es una historia que no llegó a los titulares. Cada nombre, una vida que tuvo que explicarse para ser escuchada. Un día, entre esos casos, llegó el de una joven que tomó un taxi rumbo a su trabajo. Era de madrugada, llovía, llevaba prisa. El conductor abusó de ella. No hubo testigos, solo su palabra. En su declaración contó que él le pidió que no lo denunciara porque su padre y su madre eran ancianos y no había quien más los cuidara. Ella escribió que no quería arruinarle la vida. Esa frase se repite con otras letras en muchos casos, como si a las víctimas se les asignara también la tarea de cuidar a sus agresores. Y no son solo mujeres adultas. También llegan niñas y niños. Eso es lo que más duele y más indigna: ver cómo la violencia se repite, cómo el abuso se vuelve rutina y cómo el sistema responde con indiferencia, como si la costumbre pudiera borrar la gravedad.
No es un hecho aislado. Lo que pasa en ese caso pasa en todos los demás: cambian los nombres, los oficios, las calles, pero la historia es la misma. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH 2021), el 49.7 % de las mujeres mexicanas mayores de quince años ha sufrido algún tipo de violencia sexual a lo largo de su vida. De ellas, una de cada cinco reportó tocamientos no consentidos, casi una de cada diez acoso físico o exhibicionismo, y más del 8 % intentos de violación. Y aunque las leyes existen, el 98 % de los agresores no enfrenta consecuencias penales, de acuerdo con estimaciones del INEGI y del Índice Global de Impunidad México 2023, elaborado por el Centro de Estudios sobre la Gobernanza e Impunidad (CEGI). No se trata de estadísticas: son mujeres con nombre y rostro, historias que se archivan en los juzgados como si fueran trámites. A nivel internacional, ONU Mujeres calcula que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia sexual o física, y que menos del 10 % de los casos se denuncian formalmente. El silencio, más que miedo, es una forma de cansancio: cansancio de hablar y no ser escuchadas, de denunciar y ver cómo todo se queda igual.

Y aun con toda esa evidencia, con los casos, los números y las historias que se repiten, la reacción no fue vergüenza ni reflexión, sino burla. El meme, la ocurrencia, la risa fácil. Se rieron para mantener el pacto, para no ver, para no admitir lo obvio: que el abuso no necesita fuerza, solo permiso. Y duele más cuando la burla viene de otras mujeres, de quienes prefieren distanciarse antes que solidarizarse, de quienes confunden la ironía con la lucidez, como si burlarse fuera un signo de independencia y no de sumisión al mismo sistema que nos desprecia.
Y ahí están también los expertos y las expertas, quienes nunca han sentido el miedo de caminar de noche, quienes dictan cómo debe comportarse una víctima, quienes reparten consejos de autocuidado como si el problema fuera la ingenuidad y no la agresión. Hablan de reacciones, de segundos, de operativos, de fallas, pero ningún manual protege del país que aún considera el cuerpo de las mujeres territorio disponible. No hay plan de seguridad que alcance cuando el peligro es cultural, cuando la impunidad está tan arraigada que se confunde con costumbre.
No fue una falla de protocolo, fue una falla de respeto. Y eso no se arregla con escoltas, se arregla con vergüenza, con sanción, con cambio. Pero la vergüenza no llega, porque aquí la mirada sigue puesta en la víctima. Se cuestiona su gesto, su tono, su reacción, su vestido, su tiempo. Se analiza si exageró, si lo imaginó, si debió apartarse. Otra vez la misma historia: el abuso se explica, la víctima se interroga y el agresor se excusa.
La presidenta denunció al hombre que la acosó y preguntó: “Si se lo hacen a la presidenta, ¿qué va a pasar con todas las mujeres del país?”. Tiene razón. Pero que tenga que decirlo ella, desde ahí, es ya una derrota colectiva. Que una mujer con poder tenga que explicar por qué un toque no pedido es una agresión significa que seguimos justificando lo injustificable, que seguimos confundiendo cercanía con derecho, que seguimos creyendo que el cuerpo ajeno está disponible para demostrar autoridad o complicidad. Nadie debería justificar por qué quiere que no la toquen. Nadie debería argumentar su derecho a estar a salvo.
Las leyes existen, los códigos penales tipifican, las campañas se repiten, los días naranjas se acumulan, pero mientras sigamos dudando de la palabra de las mujeres, mientras sigamos permitiendo que se explique el abuso como malentendido, todo eso es cartón mojado. La violencia no persiste por falta de ley, sino por exceso de permiso, porque la tolerancia se ha vuelto política de Estado y la burla, cultura nacional.

Por eso hay que decirlo sin metáforas: eso fue abuso, y lo fue porque el país lo permite, porque quienes debieron condenarlo prefirieron medir protocolos, porque quienes debieron proteger se burlaron, porque quienes presumen ser expertos y expertas se desentienden cuando la víctima es mujer. Hay que decirlo con claridad. No se toca. No se toca en la calle, ni en el trabajo, ni en el poder. No se toca con la mano, ni con la mirada, ni con la palabra. No se toca y punto.
La rabia no es histeria, es conciencia. La rabia no es un defecto, es una forma de justicia. Es la respuesta que queda cuando todo lo demás ha fallado. Y sí, seguimos con rabia, porque todavía tenemos razones para suponer que las cosas podrían ser distintas.
Seguiremos hablando, denunciando, gritando. Porque este país podría entender, al fin, lo que significa no tocar. Y el día en que esa rabia deje de ser necesaria no será porque nos hayamos rendido, sino porque el respeto, por fin, se haya vuelto costumbre.
Este texto forma parte de la serie “Violencias de las mujeres”, publicada en el marco del 25N, dedicada a reconocer las múltiples formas de violencia que nos atraviesan y a las mujeres que, desde distintos lugares, siembran justicia.

