EL CALLEJÓN “IMPOSIBLE”

Casas cuelgan —literalmente— sobre la cañada

en un atajo escénico del Tecolote al Espinazo

Hace algunas décadas, muchos creíamos muy improbable poder construir allí. “La Laderita”, le llamábamos, y era famosa porque, además de tener una inclinación tremendamente pronunciada, estaba poblada por numerosas plantas de garambullo, las cuales satisfacían el antojo frutal de la chiquillada en la época previa a las lluvias de cada año.

¡Era una verdadera odisea trepar a los cactus con forma de candelabro para arrancar las dulces bayas color púrpura, una a una, con riesgo no solo de caer sobre la peña marrón del cerro o hasta desbarrancarse, sino de sufrir una antológica espinada, en un espacio también cubierto de nopales, biznagas y otras plantas xerófitas del matorral guanajuatense!

Aquí comienza el Callejón, a un costado de la Cuesta del Tecolote. Casi de inmediato, una de las bardas que sirven de balcón escénico. Desde ese lugar: vista al jardín del Conjunto Administrativo Primer Ligero; a la izquierda, el final de la Calle Belaunzarán.

Sin embargo, como bien señala un refrán, “la necesidad es la madre de la invención”. La población creció y, con ella, las viviendas. El Centro Histórico de Guanajuato, siempre insuficiente para satisfacer la demanda habitacional, vio cubrir prácticamente todos sus montes circunvecinos. Los callejones se alargaron cuesta arriba, la Carretera Panorámica prácticamente se volvió calle; inverosímilmente, ni la empinada ladera se salvó.

Callejones que suben o bajan sirven de acceso a las viviendas.

Ubicada entre la Cuesta del Tecolote y el Callejón del Espinazo, el área en cuestión va siguiendo el trazo de la calle Belaunzarán. Aunque sobrevive uno que otro retazo vegetal o con la roca desnuda a la vista, el panorama general es un apretado cúmulo multicolor de construcciones de todos tamaños, donde resulta difícil imaginar vías de acceso para los vecinos. Pero existe: un callejón relativamente reciente lo cruza longitudinalmente, con la suerte de que, en el tramo más abrupto, se erigió un muro de contención para evitar alguna caída eventualmente trágica, mismo que sirve de espectacular mirador al centro de la ciudad.

Al fondo, se aprecia el siempre verde cerro de Chichíndaro.

Al comenzar el recorrido por el lado del Tecolote, la ruta anuncia apenas su presencia semioculta entre un poste y una pared rojiza. Mas apenas doblar el recodo, una barda de ladrillo, pintada de blanco, ofrece las primeras muestras del paisaje urbano, siempre hermoso en esta antigua ciudad minera. Metros abajo, un verde espacio señala el jardín posterior del conjunto administrativo Primer Ligero, y más allá, la transitada vía de Belaunzarán, a la altura del túnel La Galereña, símbolo del esfuerzo por solucionar el constante aumento del tráfico.

Un perrito observa el caminar de los extraños, más curioso que atemorizado, y después prosigue su interrumpido descanso al calor del sol matutino. Otros callejoncitos suben o bajan para llevar a los inmuebles edificados en la zona, sin duda con enorme esfuerzo, no solo por la dificultad para trasladar los materiales de construcción, sino para levantar un edificio superando el considerable desnivel.

Un perrito, curioso, observa a los visitantes. Siguiente imagen: los cerros de Sirena (izquierda) y del Meco (derecha) sirven de fondo al panorama.

El trayecto no es muy largo, pero ofrece varias ocasiones imperdibles para admirar el paisaje. Si en un sitio puede apreciarse la espectacularidad de Chichíndaro, en otro se ofrece una vista poco común de Cuévano y su laberinto, salpicado de torres religiosas, sendas ocultas, rincones casi desconocidos y sinuosos callejones. Los cerros de Sirena y el Meco cumplen su función de guardianes eternos del enclave capitalino.

Por fin, en cierto punto se avista un cruce importante, con un letrero que indica el final: “Callejón del Espinazo”, se lee en la placa alusiva. Antes de iniciar el descenso, algunos de quienes conocieron ese lugar años atrás quizá sientan nostalgia; tal vez lamenten la falta de la diversa muestra vegetal que lo cubría. Ahora predomina el cemento sobre el pasto y las hierbas (romero, doradilla, verdolaga) que allí brotaban. Las espléndidas vistas en algo compensan esa pérdida, pero siempre quedará una sensación agridulce por el dilema entre la importancia de conservar el entorno y la satisfacción de las necesidades humanas.

Ojalá algún día encontremos un punto de equilibrio.

Vista al paisaje hacia “Las Comadres”; cerca, el cruce con el Callejón del Espinazo.