VACAS ESFÉRICAS AL FINAL DEL AÑO. ENTRE LO QUE SE MIDE, LO QUE SE CREE Y LO QUE SE DECIDE

Mi hija Farah dice que los números sirven para contar, no para prometer. Que están ahí para medir lo que ocurre, no para adivinar lo que vendrá. Mi hermana Viridiana, en cambio, cree que los años tienen carácter y que se comportan como las personas: algunos llegan para cerrar cosas, otros para empujarlas a empezar de nuevo. Dice que el 2025 fue un año nueve, de cierres inevitables, y que el que viene es uno. Inicio. Movimiento. Esperanza. A ella le gustan los números así, cargados de sentido. A Farah le gustan para hacer ecuaciones que a mí se me pierden en cuanto intento seguirlas, como cuando una cuenta mentalmente y se equivoca a la mitad.

Con esas dos formas de mirar el mundo rondándome, estaba haciendo fila para comprar un helado. Iba repasando el año sin orden, pensando en los propósitos: recordando algunas cosas con cariño y dejando otras atrás sin demasiada ceremonia.

—Usted resolvió un asunto mío.

No hubo saludo ni rodeos.

—Mi clienta está inconforme. Se quejó de que no se hubiera usado la perspectiva de género. Y ella es mujer.

El expediente apareció de inmediato, como si también él estuviera a la defensiva, los hechos, el planteamiento, la resolución. Expliqué, con calma, que podía atender el asunto en el juzgado para conversarlo. Nada más. La conversación terminó ahí. El helado empezó a derretirse sin apuro, recordándome que el tiempo seguía corriendo. 

La resolución quedó donde estaba. Todo lo demás perdió sitio.

Me sentí juzgada. Con ganas de defenderme. Pero “el mal ya estaba hecho”.

Una mujer se quejó de que no se hubiera usado la perspectiva de género. No dijo que la resolución fuera injusta. Dijo algo más simple y más difícil de responder: que esos lentes violeta debían estar ahí. Hoy se espera, a veces se exige, que estén siempre. Decidí no usarlos. En ese expediente, esa mirada no encajaba. No lo vi. O no lo vi entonces. Hay lentes que iluminan y otros que, cuando se fuerzan, dejan zonas en sombra.

El helado seguía goteando y, sin buscarlo, regresé a los números. A los de Viridiana, que sirven para cerrar ciclos y dar permiso al inicio. A los de Farah, que no prometen nada, pero tampoco engañan. Farah estudia física. No le interesan el tarot ni las explicaciones cósmicas. Se fía de lo que se puede contar, de lo que se puede probar. Hace poco me explicó, con paciencia, por qué muchas versiones populares de la física cuántica y de las teorías de cuerdas no se sostienen como se cuentan. Se rio y dijo algo que se me quedó: para poder pensar, la ciencia a veces hace trampa. Usa modelos imposibles. Vacas esféricas. Así las llamó.

Animales perfectamente redondos, irreales, útiles solo mientras nadie los confunda con el mundo verdadero. Sirven para avanzar, para calcular, para no quedarse paralizadas. El problema empieza cuando se olvida que no existen.

En el derecho hay decisiones que se resuelven con relativa claridad y otras que obligan a elegir entre cosas que no encajan bien. Ronald Dworkin llamaba casos fáciles a aquellos en los que el propio derecho, tal como está, ya ofrece una respuesta clara. No porque sean simples, sino porque no hay ahí una disputa real sobre cómo decidir.

Para pensar qué pasa cuando el derecho no ofrece respuestas evidentes, Dworkin imaginó al juez Hércules. No es un juez que improvise ni que decida por corazonadas. Su tarea es tomarse en serio todo lo que el derecho ya ha dicho, tratar de que la decisión encaje con ese conjunto y ofrecer una razón que no sea caprichosa, aunque no deje a todas las personas conformes.

Los jueces reales decidimos en otro mundo. En México hay poco más de cinco jueces por cada cien mil habitantes. En España la cifra ronda los doce. En varios países europeos supera los veinte. No es un dato para la estadística comparada. Es la diferencia entre volver a mirar o seguir. Entre detenerse o cerrar.

Cuando se les exige a las decisiones reales parecerse a las decisiones ideales, se borra el contexto. Y cuando el contexto desaparece, el error deja de verse como un problema del sistema y se vuelve una falta individual, como algo que no debía haber pasado, y en ese desplazamiento cambia también la pregunta. En lugar de pensar qué está fallando en el sistema, la atención se concentra en quién decidió. La decisión deja de leerse como parte de un entramado más amplio y se juzga como un error personal, como si hubiera sido posible hacerlo todo distinto. Así, la justicia se mide menos por sus condiciones reales y más por la expectativa de que alguien, en algún punto, debió haber acertado siempre.

“Mujeres”, grabado de Julio Prieto.

Hay una señal que el oficio enseña con el tiempo: cuando una decisión sale demasiado limpia, cuando no deja resto ni incomodidad, cuando todo encaja sin resistencia, conviene detenerse. Juzgar no es confirmarse ni salir intacta.

Decidir, al menos cuando importa, suele exigir torcer algo propio. Una intuición, una preferencia, una manera cómoda de mirar. Hay resoluciones que se sostienen precisamente porque no coinciden del todo con lo que una habría querido, porque obligan a ir contra sí misma. Cuando eso no ocurre nunca, cuando la decisión siempre confirma, no siempre es certeza: a veces es apenas reflejo.

No todas las personas llegan a juzgar desde ese lugar. Algunas confunden decidir con mandar, el cargo con una recompensa, la firma con una afirmación personal. No dudan, no porque sepan más, sino porque no sienten el peso. Deciden sin fricción, sin resto, sin esa pequeña pérdida que debería acompañar cualquier decisión que toca la vida de otras personas. No cargan nada después. Y esa ligereza, más que la falta de talento, es lo que vuelve peligrosa la función.

El helado terminó por derretirse. El año también. La duda no. Ningún modelo alcanza del todo. Ninguna vaca es perfectamente redonda. Ningún lente sirve para todo. Mi hermana diría que eso es propio de los finales, que los cierres preparan el comienzo. Mi hija diría que ningún número explica el mundo completo, pero que aun así seguimos contando, aun cuando sabemos que vamos a equivocarnos a la mitad.

Tal vez el año nuevo, el que empieza con el número uno, no venga a tranquilizarnos. Tal vez venga a recordarnos algo más difícil: que decidir nunca es limpio, que siempre habrá alguien esperando otra cosa, otra respuesta, otro lente. Que juzgar no es elegir entre el bien y el mal, sino entre pérdidas distintas.

Y aun así, decidimos. Como al final del año: sin tener todas las cuentas claras, pero sabiendo que quedarse inmóviles no es una opción.