LA ILUSIÓN ANCESTRAL DE LOS REYES MAGOS
Cada 6 de enero, los infantes de México y
otros países esperan un anhelado regalo
“Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta:
‘Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá;
Porque de ti saldrá un guiador,
Que apacentará a mi pueblo Israel’”.
Así menciona el Evangelio de Mateo —único que lo consigna— la aparición de los personajes que cada año, el 6 de enero, traen regalos a los niños en los países de tradición católica, sin precisar nombres, ni que fuesen reyes ni que fueran tres. Fue hasta el siglo III d. C. cuando se estableció su linaje monárquico y se fijó el número, uno por regalo (oro, incienso y mirra), ya que hasta entonces se hablaba de dos, tres cuatro e incluso 12, como los apóstoles y las tribus de Israel.

Los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar aparecieron por primera vez en el mosaico de San Apolinar el Nuevo de la iglesia de Rávena, el cual data del siglo VI d. C. Y fue hasta finales del siglo XV d. C. cuando se dio a Baltasar tez negra, para poder así representar a las tres razas conocidas en la Edad Media: Melchor por los europeos, Gaspar por los asiáticos y Baltasar por los africanos, montados respectivamente en un caballo, un camello y un elefante.
De ese modo, los frailes españoles inculcaron tal creencia entre los indígenas de la Nueva España y como los Reyes Magos empezaron a ser parte de los nacimientos o belenes que se levantan en diciembre para celebrar la Navidad. Sin embargo, la costumbre de hacer regalos a los infantes no se estableció hasta el siglo XIX, al parecer como respuesta a la tradición anglosajona relacionada con Santa Claus.

Lo cierto es que ya a principios del siglo XX tal costumbre se había establecido en México. Desde entonces, dicha fecha es, posiblemente, la más esperada por los niños y niñas, aunque en las últimas décadas la creencia en la mágica visita de los Reyes Magos se limite a las edades más tempranas, pues el uso cada vez más extendido de las redes sociales entre los menores deja muy poco espacio a la ilusión.
En otras épocas el Día de Reyes era un suceso increíble. Escribir una carta a los ilustres visitantes nocturnos con la petición personal, para colocarla en un zapato (entonces no se usaban globos) era todo un ritual, en el que los hermanos mayores ayudaban a los más pequeños a redactarla. Dejar agua para los cansados monarcas o pasto para sus animales se hacía con la convicción firme de hacer menos pesado el largo viaje alrededor del mundo.
La noche del 5 de enero era un crispar de nervios. La oscuridad ocultaba las emociones de cada uno, a la espera de la sorpresa. Las miradas furtivas a las ventanas y el oído presto a cualquier sonido exterior alargaban el insomnio, hasta que el sueño llegaba al fin. Al otro día, había quien aseguraba haber oído el relinchar de un caballo o haber visto la silueta coronada de un rey sobre la pared.

El 6 de enero es el único día en que los niños son capaces de levantarse, sin protestar, antes del amanecer. Los corazones infantiles laten aceleradamente desde que se atisba el brillo del plástico o las cajas de los obsequios. Surgen entonces los gritos de alegría y emoción. Aunque también aparece uno que otro lamento de decepción, por no recibir el regalo deseado, la certeza de vivir un momento mágico supera pronto el desencanto.
Hoy se vive la era de los videojuegos, los cochecitos y patines eléctricos, los robots, los dinosaurios, los sets médicos y de belleza, los teléfonos celulares reales o de fantasía, pero en otros tiempos los juguetes eran más artesanales. Increíblemente, han sobrevivido al tiempo los rústicos luchadores de plástico, reflejo de la gran afición de los mexicanos por la lucha libre y origen de héroes legendarios como El Santo, Blue Demon o Mil Máscaras.

En la década de 1970, una empresa mexicana, Lilí-Ledy, creó toda una línea de juguetes de gran calidad, cuyos productos eran deseados tanto por los niños como por las niñas mexicanas. La muñeca “Lagrimitas” o los personajes de Star Wars son ejemplos de artículos elaborados con altos estándares. Lamentablemente, dicha compañía cerró sus puertas en 1985, dejando casi todo el mercado juguetero a las marcas extranjeras.
Otros juguetes de gran demanda fueron —y son— los triciclos metálicos de marca Apache o los “patines del diablo”, aunque el máximo símbolo de estatus infantil era que los Reyes se lucieran trayendo una bicicleta “Vagabundo”. Otro objeto de enorme deseo, sobre todo entre los niños, era encontrar junto a su lustrado zapato un futbolito, aunque los más común era hallar juguetes más modestos: un plateado revólver de fulminantes, un juego de té, una batería de cocina o una planchita que de verdad calentaba (nunca se supo de alguna niña que sufriera un toque eléctrico por usarla).

Incluso los astros celestes se alinean con la tradición. La aparición en el Hemisferio Norte de la Constelación de Orión, con su brillante cinturón estelar de tres estrellas, a lo largo del invierno, ha servido para convencer a las inquietas mentes infantiles que los Reyes Magos, antes del 6 de enero, vienen en camino, y después van de regreso, suceso confirmado cuando dejan de verse en mayo. ¿Quién se atrevería a decir lo contrario?
Ya en la noche del mismo día, la Rosca de Reyes, cierra no solo un día festivo, sino señala el fin del extenso periodo de fiestas que, en México, comienza el 12 de diciembre y tiene la popular designación de “Puente Guadalupe-Reyes”. Al día siguiente, regresa la actividad escolar y laboral. La “cuesta de enero” es una especie de resaca por los excesos financieros, pero aun así se planea desde entonces la tamaliza del 2 de febrero, Día de la Candelaria.
Lo bueno de vivir en un país enormemente festivo.


