“BONITO LEÓN, GUANAJUATO…”

Un periplo por la mayor urbe del Bajío al

celebrarse los 450 años de su fundación

Visitante de otra época a la ciudad, José Alfredo dedica una de las primeras estrofas de su canto a Guanajuato a la población más grande y poblada de la entidad: León. Cierto que en aquel entonces la mancha urbana era mucho menor, y la población representaba aproximadamente la sexta parte de la de hoy, así que al compositor dolorense le tocó presenciar una comunidad más sosegada, con aires aún provincianos; “bonita”, como dice la letra de la melodía.

Y no es que León haya dejado de ser atractiva, pero entre el ruido de sus miles de automóviles, la intensa actividad industrial y comercial y sus enormes avenidas no es fácil encontrar sus bellos detalles, sus sitios de interés, su importancia histórica. Por lo pronto, son miles las personas atraídas cada mes de enero por el fulgor de neón de su feria, donde ahora predominan la diversión, la música y ya no tanto “se apuesta la vida y se respeta al que gana”.

Para alguien procedente de un lugar más pequeño, la impresión que produce León puede ser ambivalente: por un lado, el shock debido al frenético movimiento de transeúntes y vehículos, el clima tórrido y los sonidos múltiples de la calle; por el otro, el azoro ante las imágenes de modernidad, el afán constructivo y la enorme oferta comercial. Es necesario darse tiempo para equilibrar las sensaciones y, así, impregnarse de la atmósfera leonesa.

Imágenes de la Feria Estatal de León y del “Puente del Amor”.

León cumple en este mes 450 años de existencia. Antes de que los españoles llegaran a molestar a los indígenas, la región estuvo habitada por otomíes (hñañús), guamares y guachichiles. Tras imponerse, los europeos establecieron haciendas agrícolas y ganaderas, pero los desplazados aborígenes no cesaban de hostigar a los invasores, así que estos pidieron ayuda al virrey Martín Enríquez de Almansa, quien ordenó fundar una ciudad. Juan Bautista de Orozco, obediente, trazó calles y manzanas y nació así la Villa de León, el 20 de enero de 1576, día de San Sebastián, mártir convertido por ese motivo en patrono de la localidad.

Durante varios siglos, León estuvo a la zaga de Guanajuato, ciudad rica en plata, a la que abastecía de alimentos y otras materias primas, pero al decaer la minería tras la Revolución Mexicana, la orgullosa y señorial capital perdió relevancia económica, mientras la cuna de los hermanos Juan e Ignacio Aldama crecía en tamaño e importancia, merced no solo a la laboriosidad de su gente, sino a estar situada sobre la ruta principal entre la Ciudad de México y Guadalajara, con las ventajas comerciales que eso conlleva.

Antiguamente, el Arco de la Calzada señalaba el inicio de la ciudad. En contraste, el Puente del Milenio señala el inicio de la ciudad en el presente.

Por muchos años, León se hizo llamar “capital mundial del calzado”. Aunque actualmente chinos y coreanos, sumados a la industria automotriz, han restado peso al sector, las manufacturas basadas en el cuero son todavía el soporte principal de la actividad económica de la urbe, que pronto rebasó sus antiguos límites para convertirse en el núcleo de una zona metropolitana que extiende sus tentáculos hacia Silao y los llamados “pueblos del Rincón”.

Si bien las grandes plazas comerciales son orgullo de los pequeñoburgueses y la gran feria atrae a multitudes de una gran parte de la república, barrios tradicionales como El Coecillo, San Miguel y San Juan de Dios guardan aún el ambiente plácido de otros tiempos, siendo todavía posible una lenta caminata, la plática en una banca de jardín o la convivencia vecinal de antaño durante las calurosas noches de verano.

En otra época, el Arco de la Calzada señalaba el inicio de la zona urbana. Ahora, marca el comienzo del centro histórico, conectado a través de la Calzada de los Héroes y el “Puente del Amor” con el muy importante bulevar Adolfo López Mateos, a orillas del cual se ubican el gigantesco Polifórum, la sede ferial y el legendario estadio “Nou Camp”, y en sus cercanías el Museo de Arte e Historia, el Parque Explora y el Fórum Cultural, espacios con que se busca combatir las críticas por años de atraso en materia artística, científica y cultural.

El Templo Expiatorio y sus laberínticas criptas.

Traspuesto el Arco, con su simbólico León de Bronce en lo alto, la Calle Madero representa algo así como el acceso a la ciudad antigua, con algunas joyas arquitectónicas, destacándose en primerísimo lugar la mole neoclásica del Templo Expiatorio, el cual tardó tanto en terminarse (casi un siglo) que alimentó la leyenda de que una vez concluido iniciaría el juicio final. Afortunadamente no fue así y hoy es una aventura perderse entre sus laberínticas catacumbas.

Metros adelante, a una cuadra de la Calle Francisco I. Madero, se encuentra el neoclásico Teatro Manuel Doblado que, si bien ha perdido primacía escénica desde la existencia del Teatro del Bicentenario, posee la magnificencia de su cantera color rosa. Muy cerca, la Catedral Metropolitana muestra huellas de dos etapas constructivas: iniciada en estilo barroco en 1746 por los jesuitas, para ser el Templo de La Compañía Nueva, cuando la orden fue expulsada de la Nueva España, en 1767, quedó sin terminar, hasta que en 1864 recomenzó a cargo del afamado y genial arquitecto Luis Long, con el resultado de que en la fachada pueden notarse dos colores distintos de piedra.

Los teatros Doblado y Bicentenario.

Así se llega a la Plaza Peatonal, cuyo centro está integrado por dos plazas. La primera, Mártires del 2 de Enero, se llama así en recuerdo de una matanza de civiles durante una protesta política en 1946, justamente frente al Palacio Municipal. La segunda, Plaza de los Fundadores, está adornada con una fuente con cuatro leones. Varias calzadas exclusivas para el tránsito de peatones sirven de acceso a ambos espacios, sitios de encuentro amistoso o romántico, rodeados de cafeterías, fondas, tradicionales restaurantes y todo tipo de comercios.

La Catedral-Basílica, dedicada a la Virgen de la Luz. De construcción más reciente, el Museo de Arte e Historia, con la escultura de San Sebastián.

Una ciudad tan grande no puede ser conocida en pocos días. Tienen uno que darse tiempo para visitar sus muchas iglesias de interés (los leoneses tienen fama de “mochos”); hacer un recorrido por el Parque Bicentenario, donde se celebra uno de los festivales de globos más importantes del mundo, o bien reservar algún sábado en la noche para presenciar un juego del conjunto local, León. En el “Nou Camp” se puede constatar que el balompié es otra religión para los leoneses, transformados en enfervorecidos hinchas que no dejan de alentar al cuadro de casa a la vez que hostigan sin cesar al rival. No por nada el equipo ha ganado ocho títulos de liga, cinco de Copa y otros tantos Campeón de Campeones.

Por otro lado, la aglomeración leonesa se extiende como una inmensa extensión de cemento, donde se extraña la presencia de áreas verdes. Los parques Metropolitano, Explora y Los Cárcamos no bastan para compensar la pérdida de zonas silvestres que supone un crecimiento desmedido. No obstante, a sus alrededores también se alzan montañas y cerros, con parajes dignos de ser visitados por senderistas y excursionistas, como el Cerro del Gigante, con sus más de 2 700 metros de altitud, desde cuya cima puede apreciarse la magnitud de la mancha urbana, sus largas avenidas e innumerables colonias.

El “Nou Camp” es la catedral del futbol leonés y la Torre 40 Lumiere es el edificio más alto de la urbe.

Desde esos lugares, lejos del mundanal ruido, pero con la metrópolis a la vista, puede atisbarse el futuro: las hoy todavía pequeñas localidades de San Francisco del Rincón y Purísima de Bustos, no tardarán en convertirse en barrios leoneses y Silao en un suburbio. La ciudad pronto rebasará el límite entre los estados de Guanajuato y Jalisco. El reto es armonizar tamaño crecimiento con un desarrollo equilibrado. Entonces hará falta como nunca el ímpetu leonés de ser más, pero también mejor.

Vista nocturna del bulevar Adolfo López Mateos, eje vial de la ciudad.